El ave que no sabía quién era, una historia sobre la identidad

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 11 marzo, 2019
Edith Sánchez · 11 marzo, 2019
Esta historia sobre la identidad nos cuenta que la esencia de cada ser está presente, aunque los avatares de la vida nos lleven por caminos que nos obligan a comportarnos de una manera que no concuerda del todo con lo que de verdad somos.

Esta historia sobre la identidad nos cuenta que en una región remota había un humilde pastor de cabras apasionado de su oficio. Llegó un año de lluvias escasas y se preocupó porque la hierba no crecía. Las cabras no tenían qué comer.

Como cerca de allí había una montaña, el pastor decidió llevar a su rebaño hasta la cumbre, que era más húmeda. Seguramente allí habría suficiente hierba para que se alimentaran.

Muy de mañana salió con sus cabras rumbó a la cumbre que veía a lo lejos. Efectivamente, allí había suficiente hierba. Los animales pastaron todo el día y, ya de regreso, el pastor vio algo que llamó su atención.

Había un pequeño nido de águila tirado en uno de los riscos. Él odiaba a las águilas, porque ya en el pasado habían atacado a sus gallinas. Sin embargo, el hombre sintió curiosidad y se acercó.

En el nido había dos polluelos. Uno de ellos estaba muerto. Al parecer, el nido había caído de algún lugar y el pequeño no había resistido el golpe. El otro polluelo estaba herido y apenas respiraba. Según esta historia sobre la identidad, el pastor sintió compasión y decidió llevar el polluelo herido hasta su casa.

Mi antorcha despejando la noche de tus labios libertará por fin tu esencia creadora”.

-Ernestina de Champourcín-

Nido en un árbol

Los efectos del cuidado

Pacientemente nuestro pastor curó las heridas del polluelo. Lo alimentó, lo cuidó y logró salvarlo. Pensó que el águila todavía estaba muy pequeña como para dejarla ir, así que la mantuvo por algún tiempo. Sin embargo, a medida que creía, el hombre empezó a preocuparse. No quería que ese animal atacara a sus gallinas o a sus cabras.

El polluelo se convirtió en un águila adulta y entonces el pastor decidió que ya había llegado el momento de dejarla marchar. Dice la historia sobre la identidad que una mañana tomó al animal y lo llevó a campo abierto para que sus alas lo llevaran lejos.

Para su sorpresa, el animal comenzó a dar brincos tratando de seguirlo de vuelta a casa. Nuevamente el hombre se compadeció y la llevó consigo.

Intentó durante varios días que el águila se fuera, pero esta siempre encontraba la manera de volver a la casa del pastor. No volaba, sino que daba saltos.

Parecía muy apegada a él, así que el buen hombre desistió de su propósito. Simplemente la llevó al corral de las gallinas para que conviviera con ellas. Estas se asustaron al ver llegar el águila, pero pronto se dieron cuenta de que era inofensiva. Así que comenzaron a tratarla como una de las suyas.

Un visitante extraño

Pasó el tiempo y el águila se comportaba como cualquier gallina. Hasta aprendió a cacarear como ellas. También era asustadiza y melindrosa, como cualquiera de esos animales. El pastor también comenzó a tratarla como a una gallina más.

Sucedió entonces que, por el lugar pasó un naturalista que era experto en águilas. Cuenta la historia sobre la identidad que el científico pasó casualmente por el corral y casi no da crédito a lo que vio: un águila conviviendo con gallinas y cacareando.

El naturalista buscó al pastor y le pidió que le explicara los pormenores de ese extraño fenómeno. Este le contó toda la historia y concluyó diciendo que, a su juicio, el ave ya era una gallina más.

El naturalista no estuvo de acuerdo. Cada animal tenía una esencia y resultaba imposible que el águila hubiera olvidado quién era. Así que le pidió permiso al pastor para probar su teoría. Este accedió.

Águila

Una historia sobre la identidad

El naturalista le ofreció carne al águila, pero esta la rechazó. Ahora comía pequeños gusanos y maíz. Parecía como si la carne le asqueara. Entonces, dice la historia sobre la identidad, que el científico subió por una escalera con el animal y lo soltó desde allí.

Esperaba que volara, pero para su sorpresa, el águila cayó al piso como un saco viejo y se lastimó. Después de varios días de pensarlo, miró hacia los riscos y creyó encontrar una respuesta: era necesario ir a donde todo había comenzado. En el origen estaba la solución.

Cuenta la historia sobre la identidad, que al día siguiente el naturalista llevó el águila hasta los riscos en donde el pastor la había encontrado. Al llegar allí, el animal se veía incómodo. Sin embargo, el experto esperó. Intuía que en cualquier momento el animal se reencontraría con lo que verdaderamente era.

Pasó toda la noche y llegó un nuevo día. Entonces el águila se mostró inquieta. No quería que los rayos del sol dieran sobre sus ojos. Al ver esto, el naturalista la tomó del pescuezo y obligó a mirar el sol de frente.

Fue entonces cuando el águila se liberó de las manos del científico y se sacudió, molesta por los hechos. Luego, extendió las alas y comenzó a volar para apartarse del hombre.

  • Revilla, J. C. (2003). Los anclajes de la identidad personal. Athenea digital: revista de pensamiento e investigación social, (4), 54-67.