El complejo de inferioridad

El complejo de inferioridad

Edith Sánchez 13 septiembre, 2013 en Psicología 69 compartidos

Lo de los “complejos” se ha convertido en un hobbie para algunas corrientes de la psicología. Al día de hoy existen complejos a la carta, que van desde elaboraciones tan absurdas como el “Complejo de Brummel” (tendencia a vestir con excesiva elegancia) hasta ingenuidades como el “Complejo de Caperucita” (servilismo puntual, aunque haya lobos al acecho).

En realidad, esas clasificaciones se ocupan más de ponerte una etiqueta que de darte una explicación para entender cómo eres y por qué actúas como actúas.

Estrictamente hablando, sólo existen dos complejos y fueron postulados por el psicoanálisis: el Complejo de Edipo y el Complejo de Castración. Sin embargo, de esa jerga psicoanalítica se han derivado muchos otros “complejos”, dentro de los cuales tuvo especial calado el de “inferioridad”, planteado por Alfred Adler a comienzos del siglo XX. De ahí en adelante la palabra se convirtió en una especie de comodín que puede endosársele a casi cualquier acto humano.

El complejo es un abrazo de oso


Para no remontarnos a honduras que oscurezcan el tema, vayámonos por una definición sencilla. Complejo es un pensamiento irracional o una idea distorsionada que tenemos de nosotros mismos. Y por más equivocada que sea, la creemos a pie juntillas y actuamos en concordancia con ella, como si fuera cierta.

El asunto se vuelve interesante si miramos la etimología de la palabra. “Complejo” viene del latín “complectere”, que significa “abrazar” o “abarcar”. Así que si seguimos esa línea de significado, también podríamos decir que el complejo es una fuerza invisible que nos aprisiona. Que se filtra en todo nuestro ser: nos abarca.

Si tenemos “complejo de inferioridad”, estamos seguros de que somos peores que los demás seres humanos. Más pequeños. Más indefensos. Más inútiles. Más miserables… Menos aptos, menos capaces, menos valiosos. La pregunta sería ¿qué tanto de eso es verdad? ¿Cómo se instaló esa idea en nosotros? ¿Realmente pensamos así de nosotros mismos, o estamos atrapados (abrazados, abarcados) en la mirada de otro?

El círculo fatal


Si el tema fuera sólo de opiniones, vaya y venga. El problema es que quien tiene uno de estos “complejos de inferioridad” sufre mucho. Y lo peor: actúa de forma inconsciente y desesperada, bien para reafirmar la pobre opinión que tiene de sí mismo, o bien para demostrar que no es cierta. Ahí tenemos entonces a quienes se exponen a empresas riesgosas o excesivamente ambiciosas que luego, obviamente, terminan en estruendosos fracasos. También tenemos a los que nunca se atreven, porque de antemano se sienten derrotados.

El asunto no es como para darte una receta de autoestima. Nada de “repite 40 mil veces frente al espejo lo hermoso, valiente, inteligente y exitoso que eres”. Esas fórmulas de autosugestión son falacias que sólo funcionan como distractores.

Lo único que podría sugerirte, en un espacio tan corto como éste, es que reflexiones en torno a algunas preguntas:

• Lo que te impide ser la persona que quieres ser, ¿son tus “defectos” o la actitud que asumes frente a ellos?

• ¿Te involucras en situaciones que están acordes con lo que realmente estás preparado para hacer, o prefieres ir por más?

• ¿Cómo te va con los conceptos de “humildad” y “honor”?… ¿Eres del tipo “yo soy peor que la partida de idiotas que me critican”? ¿O, quizás del rango de “nací para sufrir y no descansaré hasta lograrlo”?… ¿Cuál es tu tipo?

Foto: Ricardo BAEZ-DUARTE

Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

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