El consuelo, un bálsamo para el alma

El consuelo, un bálsamo para el alma

Marian García 4 enero, 2014 en Psicología 9 compartidos

Hay ocasiones en las que te sientes triste o afligido. Sientes la necesidad de refugiarte en alguien. Entonces llega un abrazo o un simple apretón de manos que parece que tuviera el poder de aliviar tu dolor emocional. Es el consuelo, un acto que alivia la pena de quien lo recibe y regala una dosis de bienestar a quien lo entrega.

Cuando vemos llorar a alguien, parece como si se activara de manera automática un impulso por brindar nuestra ayuda a esa persona, aunque ni siquiera sepamos quien es. Las lágrimas en el otro despiertan en nosotros un extraño instinto de protección cuando percibimos la necesidad en otra persona. Esta necesidad de ayudarnos los unos a los otros se debe a nuestra condición de seres sociales. Nos necesitamos para sobrevivir. Por eso, cuando la vida nos castiga para amortiguar su golpe, buscamos en el otro el bálsamo que alive nuestra pena.

APRENDER A CONSOLAR

Aunque parezca sencillo, saber consolar es importante. No es que haya una fórmula mágica para que el consuelo, pero si existen una serie de pautas a tener en cuenta a la hora de brindar nuestra ayuda al otro. Hay personas a quienes les resulta incómodo enfrentarse al sufrimiento del otro porque no sabe cómo actuar o comportarse. En otras ocasiones, en nuestro afán por ayudar a quien sufre, recurrimos a frases o gestos que lejos de mejorar, empeoran la situación.

Lo más importante es saber escuchar al otro sin juzgarle. Hacerles ver y sentir que nos importa, que nos preocupamos por esa persona y que queremos lo mejor para ella. Los especialistas recomiendan desechar para esos momentos desechar frases del tipo “no estés triste” o “no llores”. Llorar, a veces, es necesario y tiene un efecto beneficioso ya que permite que el dolor fluya.

La empatía es otro recurso que nos servirá para brindar consuelo. Resulta muy positivo ponerse en el lugar del otro y pensar en qué podemos ayudarle sin necesidad de que nos lo pida. Esto evitará que le preguntemos demasiado y que le agobiemos, algo que no es muy práctico cuando se intenta consolar a otra persona. Es una manera de transmitirle que no está sola en ese duro momento.

El contacto físico resulta también muy positivo a la hora de aliviar el dolor del otro. Acariciar, abrazar o coger de la mano de la otra persona mientras escuchamos o nos esccuha, refuerza la sensación de cercanía y seguridad.

EL CONSUELO PROPIO

Desgraciadamente, no siempre encontramos un hombro donde refugiarnos y donde aliviar nuestras penas. En ocasiones, tenemos que enfrentarnos solos a los vaivenes de la vida, es decir, buscar nuestro propio consuelo. En estas circunstancias es cuando hay que bucear en nuestro interior y encontrar dentro de uno mismo los recursos necesarios para superar esta situación. Está permitido llorar, pero hay que buscar distracción y refugio en esas actividades que nos brindan placer y nos hacen olvidar nuestra aflicción. Pasear, leer, pintar, disfrutar de nuestra mascota o hacer deporte son algunas opciones a las que podemos recurrir como terapia para que nuestro pesar nos abandone.

El consuelo, ya sea a otros o a uno mismo, es un acto de generosidad. Aliviar una pena, empieza por no dejar al otro solo. Se trata de acompañar y de comprender. De dar y compartir. En esto consiste el arte de consolar.

Marian García

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