El dolor como maestro y no como enemigo de la vida

Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Bernardo Peña Herrera
El dolor nos acompaña en la vida. Muchas veces el problema no es el dolor en sí, sino cómo lo afrontamos.
 

Decía Albert Schweitzer que el dolor era para la humanidad un tirano más terrible que la misma muerte. ¿No es cierto? Alguien nos escribió una vez sobre su experiencia con el dolor. Porque, a veces, es bueno escribir lo que uno siente. Aunque respetaremos su identidad, queríamos compartirlo con vosotros, por lo que vamos a transcribirlo literalmente:

“Soy un espectro de la sombra que fui, la huella de la distancia que marcó mi evitación y sigo sin entender el objetivo de mi vida. ¿Quién nos trajo aquí?

Pasan los años y cambio según sople el viento, cambio según mis sucesos, y cuando más lo necesito más ruego porque aquello que me contaron sea cierto. Me aferro al póster, a la guía, al pilar que soporta mi peso, sin darme cuenta de que hundo el suyo hasta hincarlo en la fría y dura tierra.

Las mañanas se hacen gigantes y las noches eternas, ojalá tuviese la energía de un cometa, aunque solo me conformaría con su estela. ¿Por qué el destino nos hace sufrir? Y lo más triste ¿por qué he de hacer sufrir con mi destino a los demás?. Mantenerme solo quizá debiera pero mi egoísmo me lo impide, necesito arroparme con unos brazos, calentarme con el latir de un corazón y sentir el viento del aliento de un alma amiga.

El dolor, me enseñaron, que debo evitarlo, huir de él, negarlo. Sin embargo, vuelve con más fuerza y no me abandona, y se aferra…

Dolor amargo dolor, no te quiero, déjame, vete.

Dolor amargo dolor, ¿por qué te me aferras?

Me enseñaron a no pensar en él, me ensañaron a buscarle siempre remedio, me enseñaron a tomar medicamentos, ungüentos y mil remiendos. Me dijeron que lo ignorase, que focalizase la atención a otra cosa, que huyese de su presencia como huiría del diablo en persona”

 

El dolor como maestro y no como enemigo de la vida

En algunos momentos de nuestra vida, quizá para muchos, esto que nos cuenta una persona que sufre nos puede ser familiar. Sea físico o psíquico el dolor, nuestra cultura nos enseña a huir de él, a buscarle remedio a costa de lo que sea. Nuestra cultura está basada en buscar el placer y evitar el dolor.

A veces abusamos de los fármacos, vamos a la «solución» rápida, nos hipermedicamos, dañamos nuestro organismo y generamos nuevas dependencias a sustancias. Un fármaco, no va a proveerte de las habilidades necesarias y del crecimiento personal necesario para abordar futuras crisis.

Los problemas físicos muchas veces tienen solución, otras no. En algunos casos, la «solución rápida» es necesaria, en otros, no tanto. Por lo que podemos sentir la necesidad del fármaco en todo caso, o sufrir los efectos secundarios de la medicación, generando un mal peor del que adolecíamos.

Ladrona

¿Pero y los problemas psíquicos? ¿Los dolores del alma…? ¿Qué hacer con ellos? ¿Huir de ellos? ¿Luchar contra ellos? Esto no es lo más recomendable. No se puede huir de aquello que te acompaña porque forma parte de ti, de tu experiencia… Evitarlos a toda costa, sin confrontarlos, sin aprender de ellos tampoco es algo muy recomendable. AHora veremos por qué.

 

Síndrome de evitación experiencial y terapia de aceptación y compromiso

Para enfrentarse al dolor podemos optar por la huida, por aquello que viene en denominarse síndrome de evitación experiencial”. Caer en este síndrome implica que el problema se cronifique y le añadimas más tristeza, angustia, amargura o desazón.

Pero esto nos deja sin defensas, ¿no podemos hacer nada con él? Sí que podemos, y es verlo no como algo antinatural, ni como algo de lo que huir, sino como algo que forma parte natural de la vida.

Esta es, la otra forma de verlo, y es mirarlo a los ojos, sin hacer juicios de valor, observarlo tal cuál es, sin pensamientos, con atención plena. Sin hacer valoraciones del mismo, sin darle palabras, ni emociones, solo mirándolo y aprendiendo de él. Sin evitarlo, sin huir, desmontándolo poco a poco, sin controlarlo.

En definitiva, aprendiendo que el dolor es solo dolor, y que su alivio depende sencillamente de cómo nos enfrentamos a él, o bien cronoficándolo, o bien aceptándolo como forma inevitable de la vida. Ojo, aceptar no quiere decir resignarse. Es conocer su origen, comprenderlo y crecerse frente a él. En este artículo de Moix y Casado (2011) podrás profundizar mucho más en el tema.

 

En resumen, para vencer el dolor no hay que huir de él sino aprender a afrontarlo. Y aunque en muchos casos es difícil, y aunque nos aterre; con el dolor también se puede aprender a vivir, a disfrutar del momento y de otras cosas buenas que nos da la vida. Cuando nos descentramos de él, sin rehuirlo, dándole su justo significado, incluso a veces, parece que duele menos.

“Y con él al final aprendí, y aunque en un principio no supe apreciarlo,  me formó como persona… y crecí”