El dolor como maestro y no como enemigo de la vida

Juan Antonio Díaz Garrido · 7 abril, 2015

“Soy un espectro de la sombra que fui, la huella de la distancia que marcó mi evitación y sigo sin entender el objetivo de mi vida. ¿Quién nos trajo aquí?

Pasan los años y cambio según sople el viento, cambio según mis sucesos, y cuando más lo necesito más ruego porque aquello que me contaron sea cierto. Me aferro al póster, a la guía, al pilar que soporta mi peso, sin darme cuenta de que hundo el suyo hasta hincarlo en la fría y dura tierra.

Las mañanas se hacen gigantes y las noches eternas, ojalá tuviese la energía de un cometa, aunque solo me conformaría con su estela. ¿Por qué el destino nos hace sufrir? Y lo más triste ¿por qué he de hacer sufrir con mi destino a los demás?. Mantenerme solo quizá debiera pero mi egoísmo me lo impide, necesito arroparme con unos brazos, calentarme con el latir de un corazón y sentir el viento del aliento de un alma amiga.

El dolor, me enseñaron, que debo evitarlo, huir de él, negarlo. Sin embargo, vuelve con más fuerza y no me abandona, y se aferra…

Dolor amargo dolor, no te quiero, déjame, vete.

Dolor amargo dolor, ¿por qué te me aferras?

Me enseñaron a no pensar en él, me ensañaron a buscarle siempre remedio, me enseñaron a tomar medicamentos, ungüentos y mil remiendos. Me dijeron que lo ignorase, que focalizase la atención a otra cosa, que huyese de su presencia como huiría del diablo en persona”

 

En algunos momentos de nuestra vida, quizá para muchos, este diálogo interno de una persona que sufre nos puede ser familiar. Sea físico o psíquico el dolor,nuestra cultura nos enseña a huir de él, a buscarle remedio a costa de lo que sea.

A veces abusamos de los fármacos, hipermedicándonos, y es que los remedios son remedios no remiendos con los que tapar aquello que nos asusta.

Y es que la sociedad moderna no admite el dolor, lo entiende como antinatural y ahí empieza el gran problema, lo desnaturalizamos con lo que lo convertimos en un enemigo del que debemos huir y no en algo molesto que es natural

Los problemas físicos tienen solución, otros no, en muchos casos es necesario, en otros nos volvemos adictos y en algunos otros los efectos secundarios de la medicación generan más mal que aquello que nos dolía.

Ladrona

 

¿Pero y los problemas psíquicos? ¿Los dolores del alma…? ¿Qué hacer con ellos? Ante el malestar emocional, no hay pastilla, ni terapia, ni remedio que lo palie, no hay nada que lo alivie y cuanto más huimos de él, es decir, menos intentamos pensar en él, o más evitamos su pensamiento con más fuerza reaparece.

Para enfrentarse al dolor podemos optar por la huída, por aquello que las nuevas terapias modernas dan el nombre del “síndrome de evitación experiencial” con lo que según aseguran conseguimos que el problema se cronifique y le añadimos más aspectos que el dolor solo no conlleva, como tristeza, angustia, amargura o desazón.

Pero esto nos deja sin defensas, ¿no podemos hacer nada con él? Sí que podemos, y es verlo no como algo antinatural, ni como algo de lo que huir, sino como algo que forma parte natural de la vida.

Esta es, la otra forma de verlo, y es mirarlo a los ojos, sin hacer juicios de valor, observarlo tal cuál es, sin pensamientos, con atención plena, sin valoraciones del mismo, sin darle palabras, ni emociones, solo mirándolo y aprendiendo de él; sin evitarlo, sin huirlo, desmontándolo poco a poco, sin controlarlo.

En definitiva, aprendiendo que el dolor es solo dolor, y que su alivio depende sencillamente de cómo nos enfrentamos a él, o bien cronoficándolo, o bien aceptándolo como forma inevitable de la vida.

El dolor aparece como las mareas, viene y va; así, aprendiendo a vivir con ello, no desde la sumisión, no desde la indefensión, sino desde la aceptación y luchando por nuestra vida de forma activa.

Para vencerlo no hay que huir de él sino aprender a afrontarlo. Y aunque en muchos casos es difícil, y aunque nos aterre; con el dolor también se puede aprender a vivir, a disfrutar del momento y de otras cosas buenas que nos da la vida.

Y es que cuando nos descentramos de él, sin rehuirlo, dándole su justo significado, incluso a veces, parece que duele menos.  

“Y con él al final aprendí, y aunque en un principio no supe apreciarlo,  me formó como persona… y crecí”

 

Imagen cortesía de Leon Chong