El dolor que nos hace vulnerables

Paula Aroca · 12 noviembre, 2013

Tal como en la obra de Molière, El enfermo imaginario, hay personas que se obsesionan con la idea de que sufen de algún mal sin tenerlo, y por esa razón se hacen “médico-dependientes”. En dicha obra, Argán, el protagonista, es manipulado por su esposa y por su médico, quienes se aprovechan de su hipocondría para sacarle dinero.

Lamentablemente, las personas que padecen de hipocondría se sienten asustadas y vulnerables, lo que las puede hacer presa de gente inescrupulosa… Sin embargo, en la obra, Argán, con la ayuda de su hermano, descubre a los impostores y toma el control de la situación. La moraleja que podemos extraer es que la hipocondría puede ser superada con ayuda. Pero es necesario abrir los ojos, como lo hizo Argán, y ver que esta condición no es más que una trampa… de la mente.

Cuerpo sano en mente no tan sana

La palabra hipocondría proviene del griego hypos (debajo) y khondros (costillas), porque los griegos creían que la ansiedad generada por las enfermedades imaginarias provenía de sustancias producidas en esa zona del cuerpo.

Aunque la medicina moderna no sustenta esa idea, el término hipocondría aún se utiliza para categorizar a aquella condición psicológica que lleva a una persona a preocuparse excesivamente por su salud, sin basamento real.

SIN EMBARGO, PARA QUE UNA PERSONA SEA DIAGNOSTICADA COMO HIPOCONDRÍACA DEBE CUMPLIR CON LOS SIGUIENTES CRITERIOS:

Preocupación y temor a tener, o la convicción de padecer una enfermedad grave, según cómo la persona interpreta ciertos síntomas físicos.

• Esta preocupación persiste aunque los exámenes médicos resulten negativos.

• Debe tener una duración de por lo menos seis meses.

• Hay sufrimiento emocional significativo o deterioro laboral, social, o de otras áreas importantes de la vida de la persona. Por ejemplo: ausentismo laboral importante, aislamiento social, etc.

Sorprendentemente, esta condición ataca, por lo general, a gente relativamente joven (entre los treinta y cuarenta años). Quienes la padecen se convierten en unos expertos en la enfermedad que creen tener, investigando hasta el mínimo detalle toda la información que pueden encontrar acerca de la misma. Incluso, llegan a discutir con el médico, y si éste no confirma SU autodiagnóstico, peregrinan de clínica en clínica para satisfacer su obsesión.

El deterioro social ocurre cuando su enfermedad se vuelve el único tema de conversación, o cuando se aíslan del mundo exterior por miedo a contagiarse.

Cuerpo y mente pueden hacer las paces

Irónicamente, la principal barrera para el tratamiento de la hipocondría es la persona misma. La razón es que está tan convencida de que tiene una enfermedad física, que es muy difícil que recozca que todo está en su mente.

Por eso, tal como Molière sabiamente plasmó en su obra, la persona hipocondríaca necesita de alguna persona o situación que le haga ver en la trampa en que se encuentra. Una vez dado este primer e importante paso, lo más acertado es acudir a un especialista que, objetiva y profesionalmente, le ayude a tener una nueva perspectiva, acorde con la realidad. El adecuado apoyo terapéutico está dirigido a liberar gradualmente a la persona del sufrimiento y el desgaste emocional, económico y social que produce la hipocondría.

Bien sea que la hipocondría surja como resultado de experiencias traumáticas en la infancia, de sobreprotección o simplemente de una inadecuada interpretación de los síntomas corporales, hay que aprender a reconocerla y así poder, tal como hizo Argán, dejar de ser el enfermo imaginario.

Imagen cortesía de bruckerrlb