El efecto García: la razón por la que rechazamos comer algo que nos sentó mal

¿Alguna vez le has cogido asco a un alimento que te encantaba, solo porque una vez te sentó mal? Esto se conoce como efecto García y aquí te explicamos en qué consiste este curioso efecto.
El efecto García: la razón por la que rechazamos comer algo que nos sentó mal
Cristina Girod de la Malla

Escrito y verificado por la psicóloga Cristina Girod de la Malla el 01 diciembre, 2020.

Última actualización: 01 diciembre, 2020

¿Recuerdas haber dejado de consumir algún tipo de alimento porque alguna vez te sentó mal? Esto se conoce como efecto García o aversión condicionada al sabor. Pongámonos en situación, quizá te suene familiar: domingo de verano, estás en una terraza tomando unas tapas con amigos. Entre ellas, una ensaladilla rusa con mayonesa casera, tu favorita. Todo es perfecto, hasta que llegas a casa y te empiezas a doler horrores el estómago.

Acabas en urgencias, de donde sales con un diagnóstico de intoxicación por salmonelosis. Desde ese día, no solo no vuelves a probar la ensaladilla, sino tampoco nada que lleve mayonesa. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué rechazamos un alimento que nos sentó mal en un pasado, a pesar de saber que es poco probable que nos vuelva a ocurrir lo mismo? ¿Y por qué pasamos tantos años sin tomarlo? Aquí te vamos a contar todo lo que necesitas saber sobre el efecto García.

Mujer con dolor de estómago por el efecto García

¿En qué consiste el efecto García?

El efecto García, efecto García- Koelling, o aversión condicionada al sabor, es la tendencia a rechazar un alimento que en alguna ocasión nos produjo algún tipo de malestar estomacal o indigestión. Esto ocurre porque tendemos a asociar la aparición de una patología digestiva aguda (dolor de estómago, vómitos, diarrea…) con el último alimento que comimos, sea o no el causante del problema.

Cuando identificamos un alimento como el origen del problema (por ejemplo, haber sufrido una intoxicación alimentaria por haber comido algo en mal estado) la asociación es más que lógica. Sin embargo, otras veces, la presencia de náuseas no tiene nada que ver con haber consumido un determinado alimento.

Por ejemplo, las náuseas pueden ser un pródromo de la migraña. Si nunca antes has tenido migraña y no identificas este síntoma, seguramente, sin pensar mucho, asocies esas nauseas al último alimento que consumiste.

Pero, ¿por qué se produce esta asociación de manera tan automática? Esto ocurre porque se produce un condicionamiento selectivo acorde al tipo de estímulo. Esto quiere decir que el cerebro asocia la naturaleza de la respuesta -interna- (dolor de estómago) a un estímulo previo de esa misma naturaleza -también interna- (comida).

Esta asociación entre alimento y malestar puede ser tan fuerte que un solo ensayo (una sola ocurrencia) es suficiente para que se mantenga la respuesta de evitación a dicho alimento. Asimismo, esta asociación se realiza aunque haya pasado mucho tiempo entre el estímulo y la respuesta de malestar, y esta respuesta perdura en el tiempo, aunque haya pasado mucho tiempo entre el suceso (intoxicación) y la nueva presentación del alimento en cuestión.

¿Cómo se descubrió el efecto García? John García y sus experimentos

John García fue un psicólogo estadounidense. Estudió los efectos de la radiación en ratas (malestar digestivo, entre otros). García descubrió que si les daba a las ratas botellas de agua de plástico antes de la radiación (que les producía malestar digestivo), después evitaban beber agua de esas botellas. Pero esto no ocurría si se les daban botellas de cristal.

García se interesó por este fenómeno y quiso investigarlo más a fondo. Se le ocurrió dar a las ratas usa solución de sacarina antes de la radiación. Comprobó que si les ofrecía esta solución tras la radiación, las ratas la evitaban. Esta aversión a la sacarina persistía más de un mes a pesar de haber sido adquirida tras un único ensayo.

También descubrió que las ratas rara vez evitaban el compartimento en el que se les administraba la radiación, y si lo hacía, la evitación no era tan estable en el tiempo. Es decir, las ratas asociaban con mayor facilidad el sabor del agua con el malestar digestivo, aunque este no fuera el causante del malestar.

Se dio cuenta de que esto significaba que no todos los estímulos se condicionaban tan fácilmente. Y quiso seguir investigando, aunque esta vez lo hizo acompañado de su colega Robert Koelling.

El experimento de García y Koelling

Para comprobar si realmente resultaba más fácil condicionar dos estímulos de la misma naturaleza, García y Koelling realizaron su experimento más famoso en los años 50. Utilizaron unas botellas para dar de beber a las ratas, cuyos pitorros activaban una luz y un sonido. Cuando la rata bebía la solución dulce, y tras la activación de la luz y el sonido, se les administraba la radiación.

Las ratas empezaron a evitar la solución con sacarina, aunque esta no fuera acompañada de luz y sonido. Sin embargo, si a las mismas ratas se les presentaba una botella con una solución sin sacarina, no evitaban beber, aunque esto activara la luz y el sonido.

Esto demostraba que era mucho más fácil asociar un sabor determinado a un malestar digestivo, que una luz o un sonido, a pesar de que los tres estímulos estaban asociados al malestar provocado por la radiación.

Por otra parte, demostró que cuando estos tres estímulos se asociaban a una descarga eléctrica, eran la luz y el sonido, y no el sabor, los que las ratas asociaban a la descarga y, por tanto, evitaban.

Pero los hallazgos no se quedaron ahí… Demostraron uno de los efectos más curiosos y característicos de la aversión condicionada al sabor: la increíble fuerza y duración de la asociación. Si tras beber una solución glucosada, se les administraba una inyección de apomorfina, que producía vómitos, las ratas adquirían la aversión aunque el tiempo entre la administración de la solución dulce y la aparición de los vómitos fuera superior a 1 hora.

Rata en un laboratorio

Cómo curiosidad, ¿qué pinta Martin Seligman en toda esta historia?

El experimento de García y Koelling parecen indicar que existen estímulos más fáciles de condicionar que otros, y que en función del tipo de respuesta que desencadenen, la duración de la evitación será mayor o menor. En efecto, la teoría de la preparación de Seligman, enunciada en los 70, explica que estamos filogenéticamente más preparados para evitar unos tipos de estímulos que otros.

Estos estímulos, llamados estímulos preparados, son estímulos biológicamente señalados para aprenderse como nocivos, ya que pueden atentar contra la supervivencia de una especie. Como, por ejemplo, asociar un sabor desagradable que se sigue de malestar digestivo (guiño a García y Koelling).

Pero no queda todo aquí. Seligman no solo le puso nombre al fenómeno hallado por García y Koelling. ¡También fue víctima del efecto García! Aunque él prefirió llamarlo “síndrome de la salsa bearnesa”. Seligman nos cuenta este “divertido” episodio en su libro No puedo ser más alto, pero puedo ser mejor.

“La salsa bearnesa solía ser mi preferida hasta una noche de 1966, cuando tomé un delicioso filet mignon con dicha salsa. Alrededor de medianoche me puse enfermo, y vomité […] Después de eso, la salsa bearnesa tenía un sabor horrible para mi paladar […] Mi aversión hacia la salsa bearnesa parecía concordar con la teoría de Pavlov […] Al día siguiente de ponerme enfermo […] supe que la salsa era inocente; una gripe estomacal, no la salsa, había sido la causa de mi enfermedad. No creía que fuese a vomitar si volvía a comer salsa bearnesa una vez más. Pero el conocimiento no sirvió para nada; la salsa bearnesa continuaba teniendo mal sabor […]”

-Martin Seligman-

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  • Garcia, J., D. J. Kimeldorf, and R. A. Koelling. 1955.
  • . Science 122:157–158. Garcia, J., F. R. Ervin, and R. A. Koelling. 1966.
  • . Psychonomic Science 5:121–122. Garcia, J. 1981.
  • . American Psychologist 36:149–158. García-Vega Redondo, L. (2010). 
  • . Universidad Complutense de Madrid, Servicio de Publicaciones.