Cómo el hambre emocional devora el amor

10 febrero, 2020
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Elena Sanz
El hambre emocional nos lleva a devorar al otro, a consumirle, a no respetar sus límites personales. Y la única forma de saciar este vacío es nutrirnos de amor propio.

¿Recuerdas la última vez que sentiste hambre de verdad?, esa sensación que provoca pinchazos en el estómago y te lleva a devorar el primer alimento que encuentras, incluso si este es perjudicial para tu salud. O, más bien, especialmente si se trata de alimentos perjudiciales. Algo muy similar ocurre con el hambre emocional. Al igual que el vacío en el estómago, el vacío en el alma nos lleva a actuar por impulso, por carencia y sin medir las consecuencias. 

El amor ha de provenir de dos seres completos que deciden compartir su abundancia. Pero, cuando uno o ambos se encuentran carentes de alimento emocional, el amor se convierte en una necesidad. Y el compañero en un prisionero. Desde el momento en que nuestro bienestar y estabilidad recaen sobre su persona, los dos dejamos de ser libres. Nosotros, presos de un vacío voraz y el otro, encarcelado en su rol de proveedor.

Cada adulto ha de hacerse responsable de sí mismo. Es su deber sanarse y proveerse del afecto que necesita. Cuando se carga esta responsabilidad en hombros ajenos, o cuando asumes el trabajo que le corresponde a tu pareja, la relación se vuelve dañina y destructiva para ambos. Por eso, al igual que recomiendan no ir al supermercado con hambre, hemos de asegurarnos de estar saciados de amor propio al relacionarnos con los demás. 

Niño triste y solo

Las secuelas de la falta de amor

El apego que establecemos en la infancia con nuestros principales cuidadores tiene repercusiones a lo largo de toda nuestra vida adulta, condicionando la forma en que nos relacionamos. Así, si de niños obtuvimos el amor, sustento y seguridad que necesitábamos, seremos adultos capaces de establecer vínculos sanos y significativos con los demás.

Pero si durante estos primeros años nuestros padres no cubren adecuadamente nuestras necesidades de afecto y protección, creceremos inseguros. Inconscientemente nuestra prioridad será siempre asegurarnos de obtener y mantener el amor de los demás. Y para ello recurriremos a estrategias dolorosas y poco productivas que, sin embargo, nacen de la pura necesidad.

Si sufriste carencia de afecto es posible que te hayas convertido en un adulto excesivamente complaciente, capaz de anteponer los deseos ajenos por encima de tus propias necesidades. Experimentarás una gran dificultad para poner límites y un inmenso miedo al abandono. Por mucho afecto que te muestre tu pareja, nunca te parecerá suficiente y vivirás con la duda constante de cuándo dejará de amarte.

Así, en tu afán por asegurar la lealtad y el aprecio del otro es posible que te vuelvas excesivamente invasivo, controlador o exigente. Tu conducta no estará motivada por el amor sino por el temor a perder. Pero, paradójicamente, estos comportamientos serán los que terminen alejando a la otra persona de tu lado. Traspasar sus límites personales y exigir un nivel de intimidad insostenible hará que la persona se sienta asfixiada y poco respetada.

Padre abrazando a su hijo

Saciar el hambre emocional

El hambre emocional no sólo afecta a las relaciones de pareja. Puede llevarte a cometer las mismas transgresiones con tus amistades y familiares. E, incluso, puede afectar a la educación de tus hijos. La excesiva necesidad de contacto emocional conduce a conductas de sobreprotección e invasión que impiden que el niño desarrolle su autonomía.

Hemos de respetar la libertad y la intimidad de todas las personas de nuestra vida. Y si nuestras propias heridas nos impiden hacerlo, es momento de sanar. Ocúpate de observar y comprender tus vacíos y toma la firme decisión de llenarlos por ti mismo. La única forma de saciar el hambre emocional que te acompaña desde la infancia es nutrirte de amor propio y autocuidados.

Comienza a colmarte tú mismo del amor, apoyo y comprensión que no recibiste. Escucha tus necesidades y atiéndelas. Complétate de tal forma que no necesites recurrir a nadie más para cubrir tus espacios. Comprende que nada de lo que otros puedan darte te resultará suficiente, porque la verdadera ausencia que sientes es la tuya.

Así comprométete a estar presente para ti en todo momento y a ser tu mayor fuente de alimento emocional. Solo de esta forma podrás conectar con otros de una forma genuina que os permita a ambos ser libres, iguales e independientes. Vive desde el amor y no desde el temor.

  • Sánchez Herrero, M. (2011). Apego en la infancia y apego adulto: influencia en las relaciones amorosas y sexuales.
  • Risso, W. (2006). ¿ Amar o depender?.