El hijo de la novia

Horacio Otheguy Riveira · 28 septiembre, 2014

Catorce años ya de una película que mejora con el tiempo, como cualquier obra maestra de cualquier signo, más aún en estos tiempos donde la tecnología hace milagros y a través de Internet o de restauraciones en DVD se pueden recuperar imágenes que antes se daban por perdidas. Pero, además, el caso de esta película argentina impacta de tal manera mundialmente, que se hacen versiones teatrales (en Madrid llena a diario un teatro, después de exitosa gira) y en Estados Unidos han comprado los derechos para producir un remake.

El mar de fondo de “El hijo de la novia” es la facilidad con que provoca emociones encontradas que congenian. Me explico. Es una combinación propia del cine y el teatro italianos que Argentina heredó con naturalidad, a causa de su riquísima inmigración: un punto creativo casi único en el mundo para llorar ante acontecimientos graves a los que se les tiene miedo, y hacerlo entre sonrisas e incluso una carcajada. Es el acierto grande de varias películas a lo largo de la historia del cine argentino, pero que en este caso completa un círculo personal de un guionista y director muy comprometido con este género, con los sentimientos a flor de piel, y el arte de la buena sonrisa para afrontar las peores situaciones de la vida.

DE LA PROPIA VIDA A LA VIDA DE TODOS

Juan José Campanella (“Luna de Avellaneda”, “El secreto de sus ojos”, “Vientos de agua”) trasunta datos de su autobiografía para contarnos una historia de padres e hijos con el conflicto clásico, y tan amargo, y tan enfermizo, del hijo que crece convencido del desprecio de su madre. Por eso la escena más importante de la película, en la que resulta imposible no emocionarse, es cuando la madre, enferma de Alzheimer le dice al hijo ya cuarentón que sí, que le quiere, y le abraza. Al fin llega la liberación, pues él arrastra la cruz del fracaso, “por no ser el crack que ella siempre deseó”.

Para llegar a este encuentro fantástico que liberará de pesadillas cotidianas al protagonista, vivimos junto a su novia el dolor de aguantar malamente el egocentrismo del hombre abrumado por deudas, malos negocios, y hasta un infarto, incapaz de darse cuenta lo mucho que el amor de la chica le puede ayudar, y también seguimos de cerca, con muchas risas, el retorno de un viejo amigo que manipula una risa nerviosa, que hace de bufón para fortalecerse ante el drama de haber perdido a su familia en un accidente.

EL ABRAZO DEFINITIVO

La maravilla de esta película es que la vida cotidiana más elemental resulta atravesada por temas muy profundos como la convivencia con el dolor, la vejez, las enfermedades… y todo bien amasado con imaginación, esa imaginación arrolladora de un anciano no creyente que se alza sobre sí mismo para gestionar una boda por iglesia con su esposa enferma de Alzheimer, 50 años después de casarse por lo civil.

Hay quien llora despacio y quien lo hace abiertamente, pero en el cine como en el teatro estos personajes entrelazados con precisión lanzan un puente de fraternidad tan bien articulado que confirma la existencia de un abrazo singular en todos los idiomas. Un llanto entre sonrisas para llegar al abrazo más esperado: el de los padres que nos dan su aprobación incondicional para que podamos seguir re-construyéndonos día a día.