El hombre sin nombre: la reinvención de un género

8 marzo, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
El cine forma parte de nuestras vidas, deja huella, un legado inmortal e imborrable. Por mucho tiempo que pase, las películas de Sergio Leone siguen cultivando fans. Clint Eastwood adquiriría el éxito gracias a estos filmes, encarnando al inconfundible hombre sin nombre.

Sombrero raído, poncho inmortal, cigarro eterno y mirada penetrante son algunas de las señas de identidad de este misterioso personaje conocido como «el hombre sin nombre». Un hombre que cambió para siempre la imagen del héroe en el Salvaje Oeste, un personaje que cobró vida de la mano de Clint Eastwood.

A este arquetipo, lo conocimos en Por un puñado de dólares como Joe que, en slang estadounidense, puede utilizarse para referirse a alguien como «chico», «muchacho». En La muerte tenía un precio, se le conoce con el apodo de «manco» y, finalmente, en El bueno, el feo y el malo, como «rubio». Su nombre, como su pasado, es un absoluto misterio.

Su imagen se asocia a un género que no duró demasiado tiempo, pero dejó una importante huella en la historia del cine. Hablamos del spaghetti western y de una de las más importantes revoluciones del género: el nacimiento del hombre sin nombre.

El spaghetti western

El western norteamericano se había empeñado en presentarnos héroes cuyos valores contrastaban con los territorios por los que se movían; territorios plagados de indios, bandidos y ciudades sin ley.

En Europa, el género entusiasmaba; en un continente tan viejo en el que ya no había nada que descubrir, toparnos con territorios lejanos e inexplorados resultaba fascinante.

En un artículo de la revista Área Abierta de la Universidad Complutense de Madrid, se aborda la idea mitificada de los estereotipos y cómo el género cautivó a Europa. Siguiendo la estela medieval, el western plasmaba el arquetipo del héroe trazando una firme línea que distinguía entre buenos y malos.

En Europa, ya no podíamos creer en hadas o en seres místicos, pero sí en culturas lejanas, en los salvajes hombres de «piel roja». Los cineastas europeos adoptaron el género más americano que existía. Los alemanes fueron los primeros en intentarlo y, poco a poco, la ola del western europeo arrasaría en el resto del continente.

Entre los años 60 y 70, comenzaron a darse infinidad de producciones en las que participaban distintos países europeos, entre los que destacan España e Italia. España, por su especial geografía, resultaba el lugar idóneo para recrear los áridos paisajes norteamericanos.

Estas producciones no solían contar con demasiado presupuesto y generaban rechazo en la crítica; por ello, comenzaron a denominar al género spaghetti western, de forma claramente despectiva. Sin embargo, hubo un hombre que logró revalorizar el género, ese hombre era Sergio Leone.

Su impronta es fundamental y ha servido de inspiración a cineastas como Quentin Tarantino, Martin Scorsese o incluso George Lucas. Pero el reconocimiento no acompañó siempre a Leone y, especialmente en Estados Unidos, la reivindicación de su cine se daría de forma tardía.

Leone reinventó un género y le brindó la oportunidad a Clint Eastwood, que entonces era casi un desconocido, de encarnar a uno de los personajes más emblemáticos del cine: el hombre sin nombre. Rompió el arquetipo del héroe del western norteamericano para regalarnos a un personaje de dudosa moralidad, misterioso y que no solo dispara a indios, sino a cualquiera que se interponga en su camino.

El hombre sin nombre: rompiendo la dicotomía entre el bien y el mal

En la tradición medieval, se presenta al héroe desde sus orígenes y se ensalzan sus valores. Esta huella ha pervivido en nuestra cultura, es algo que solemos ver en los superhéroes de los cómics.

Conocemos todo sobre el héroe y, por supuesto, encarna una moral arraigada a la sociedad en la que vive. Sirve para mostrarnos el honor y la nobleza y lo lleva al extremo, a la perfección.

La idea del héroe está profundamente ligada al momento en el que se concibe. Así, en el western, el orgullo de su historia, de la conquista del oeste y de los valores de la civilización están muy presentes. Pero no ocurre así en el spaghetti western de Leone.

En las películas que conforman la famosa Trilogía del dólar, Clint Eastwood le dio vida al hombre sin nombre, un personaje que desdibujó los valores y transformó el género.

El hombre sin nombre podríamos catalogarlo más como antihéroe que como héroe. No conocemos nada acerca de su pasado, se mueve por dinero y posee una frialdad absoluta. Su aspecto y su vestuario nos invitan a intuir que ha conocido diversas culturas y su origen es incierto.

Vaqueros hablando

Los silencios se apoderan del cine de Leone y se convierten en una seña de identidad de su protagonista. Los personajes no resultan planos, sabemos bastante acerca de ellos, un buen ejemplo sería Tuco en El bueno, el feo y el malo o la oscura trama entre Indio y el coronel Mortimer en La muerte tenía un precio.

El hombre sin nombre contrasta con el resto de personajes de los que sí conocemos sus intereses, motivaciones y pasado. ¿Es bueno o malo? ¿Es un héroe o un villano?

La dicotomía se rompe, se funde en el hombre sin nombre para presentarnos a un personaje que se encuentra en medio de esa línea. Parece que su única motivación es el dinero y no duda en usar la violencia ante cualquier situación. Sin embargo, tampoco podemos decir que sea malo del todo.

Su aspecto sucio, su ceño fruncido y su fría apariencia contribuyen a crear esa atmósfera de estar ante un hombre inquietante y totalmente impredecible. Un arquetipo que se repite a lo largo de la trilogía y que puede ser versionado, modificado, reutilizado y trasladado a otros escenarios. Así lo vimos en el filme El jinete pálido, dirigido y protagonizado por Eastwood, en el que el protagonista es también un forajido que se mueve entre el bien y el mal y se le conoce como «el predicador».

Sergio Leone no quería plasmar personajes nobles y bondadosos, sino que la violencia y la desesperanza se apoderan de sus filmes. En lugares inhóspitos, lo que prima es la supervivencia y los intereses personales. El hombre sin nombre no actúa en defensa de los demás, muestra indiferencia ante las injusticias y no salvará a nadie si no puede obtener beneficio de ello.

El cine como parte de nuestra cultura

Esa frialdad de la que hablamos se ve enmarcada por un mundo violento, hostil y, desde luego, nada alegre. Para lograr esa atmósfera, Leone presentó a personajes sucios, vestimentas polvorientas y desgastadas, rostros inquietantes y arrugados. De este modo, logró aportar un mayor realismo que contrasta enormemente con la imagen impoluta de los personajes del western norteamericano.

El rostro del hombre sin nombre es perfectamente reconocible, pero Leone se encargó de retratar minuciosamente a todos sus personajes, incluso a aquellos que solo aparecen unos minutos en escena. De hecho, fue bastante criticado por mostrar altos niveles de fealdad. Una fealdad que se respira en el ambiente, que enmarca rostros atípicos, desgastados por el tiempo y que esperan a la muerte.

Primeros planos de manos, pies, caras y miradas que son eternos; silencios infinitos y una música inconfundible son algunas de las señas de identidad de su cine. Un cine en el que el bien y el mal son relativos y que ha sido homenajeado en incontables ocasiones.

El género arrastró a infinidad de personas a las salas de cine y su éxito conllevo una sobreexplotación que le haría caer por su propio peso.

Parte de la magia de estos filmes reside en su banda sonora, compuesta por Ennio Morricone, autor de buena parte de las bandas sonoras más inolvidables del cine. A sus 90 años sigue en activo, aunque este año será su última gira.

Leone y Morricone formaron un tándem inconfundible y tenían una premisa: la música se escribía primero, es decir, antes de rodar la escena. De este modo, se logra una simbiosis excepcional que traspasa la pantalla.

El propio Stanley Kubrick admiró la obra de Leone Once upon a time in the West y aplicó la misma técnica que el italiano a su película Barry Lyndon.

La huella permanece imborrable hasta tal punto que, el pasado año, se estrenó el documental Desenterrando Sad Hill, que fue nominado a los Goya y en el que nos presentaron a la asociación homónima encargada de recuperar el mítico cementerio de El bueno, el feo y el malo en la provincia de Burgos. Y es que el cine también es arte, cultura y, por supuesto, patrimonio; por ello, debemos contribuir a su recuerdo, a que no caiga en el olvido.

«Duermo tranquilo porque mi peor enemigo vela por mí».

-El hombre sin nombre, El bueno, el feo y el malo-