El Hoyo: ¿dónde queda la solidaridad?

13 octubre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
Un pozo de diversos niveles, dos personas por nivel y una plataforma llena de comida que irá descendiendo hasta el fondo. ¿Cómo sobrevivirán los de los niveles inferiores? ¿Cómo romper las reglas de esta cárcel vertical? Así es El Hoyo, la distopía española que va a dar mucho que hablar.

La ciencia ficción española está de enhorabuena, se pueden hacer películas de género desde la simplicidad, sin la necesidad de contar con adornos superfluos que terminan por desviar la atención. Lejos de los presupuestos desorbitados que manejan las superproducciones de ciencia ficción contemporáneas, El Hoyo se alzó con el Premio del Público en su estreno mundial en el Festival de Toronto. Y en el Festival de Sitges ha recibido el de Mejor Película.

El Hoyo nos sitúa en un escenario distópico, gris y desolador. En una especie de cárcel vertical con un número desconocido de niveles, sobreviven dos individuos en cada nivel; su alimento proviene únicamente de una plataforma que desciende atravesando todos los niveles. De esta manera, aquellos que se encuentran en los niveles superiores podrán disfrutar de copiosas comidas, mientras quienes estén en los niveles más bajos deberán luchar para sobrevivir.

Los niveles son aleatorios y, una vez al mes, los individuos cambiarán de nivel, pudiendo estar un mes en lo más alto y, al siguiente, en el fondo de este pozo. ¿Se puede repartir la comida de manera igualitaria o quienes estén en la cima olvidarán que podrían acabar en lo más bajo?

La película, firmada por Galder Gaztelu-Urrutia, plantea un mensaje universal y fácilmente reconocible, satirizando nuestro propio mundo e invitando al espectador a proyectarse en la misma, a reconocerse y a plantearse cómo actuaría en cada uno de los niveles. Te ofrecemos un pequeño adelanto de esta película que a muchos les recordará a Cube (Vicenzo Natali, 1997).

Entre la intriga y la crítica social

El Hoyo es una distopía planteada en clave de thriller y que alberga un mensaje claro que se hace patente desde los primeros minutos de metraje. La estética sobria y heladora acompaña un relato bastante desesperanzador, pero con un importante componente de verdad. El espectador no tardará en reconocer la alegoría, en ver en esta cárcel un espejo de nuestra propia sociedad.

Así, seguimos a Goreng, interpretado por un genial Iván Massagué, un hombre que accede voluntariamente al hoyo con el único fin de obtener un título homologado, dejar de fumar y leer El Quijote. De hecho, la obra cervantina estará muy presente en el relato y Goreng, como el ingenioso hidalgo, experimentará su propio descenso por la Cueva de Montesinos -salvando las distancias, claro-.

Goreng despierta en uno de los niveles intermedios y descubre que su compañero es un hombre mayor, Trimagasi, que ya lleva bastante tiempo en prisión y conoce al detalle la mecánica de la misma. El egoísmo de Trimagasi contrasta, en un primer momento, con las buenas intenciones de Goreng, pero ambos terminarán por adaptarse a la convivencia, aunque no por mucho tiempo…

A pesar de ser conscientes de que un mes pueden estar abajo sin apenas alimento, los individuos de los niveles superiores apenas dejan comida para aquellos que se encuentran en el fondo de la prisión. Mientras los del extremo inferior luchan por su supervivencia, realizan sacrificios y actos que jamás se habrían llegado a imaginar.

Así, se va perfilando una cruel alegoría de nuestro mundo, un mundo lleno de desigualdades en el que tan pronto estás en la cima como en lo más bajo de la pirámide.

En medio de esta alegoría, de este espacio austero y gris que pronto se empapará de sangre y vísceras, también hay lugar para la intriga, que se irá hilando progresivamente y mantendrá al espectador alerta en todo momento. La tensión se irá incrementando hacia el final, nos hará preguntarnos qué haríamos en esa situación, cómo resolveríamos los problemas que se van planteando y, al mismo tiempo, trataremos de comprender qué está ocurriendo exactamente en el hoyo.

Mujer con restos de comida

El Hoyo: de lo satírico a lo desesperanzador

No será fácil romper las reglas del hoyo, dar con la clave para poner fin a esta cárcel vertical en la que quienes verdaderamente manejan los hilos son totalmente ajenos a lo que ocurre en el hoyo. ¿Cómo hacer llegar un mensaje a quienes no quieren oír, a quienes no quieren ver? ¿Cómo cambiar las reglas si estás abajo?

El mensaje que transmite el filme es claro y contundente, pero no supone una imposición, sino que busca encontrarse con la ficción más pura y alejarse del adoctrinamiento. El Hoyo nos hace partícipes de algo que todos sabemos, pero solemos olvidar con facilidad, mirando hacia otro lado y pensando únicamente en lo que tenemos ante nuestros ojos.

¿Puede surgir una solidaridad espontánea en una sociedad vertical? Algunos personajes se mostrarán idealistas, pero pronto la desesperanza y la necesidad de supervivencia se adueñarán de los ideales.

Parece que no hay lugar para la solidaridad y la empatía, ni siquiera cuando las personas han vivido la cara más amarga del hoyo en sus propias carnes. La avaricia y el egoísmo priman en los niveles superiores; en los inferiores, será la supervivencia; mientras en los intermedios, las cosas parecen tomar diversos rumbos.

Y así, como en nuestras sociedades, los problemas y las necesidades difieren mucho de un lugar a otro del mundo. De alguna manera, El Hoyo nos recuerda la propia estructura de nuestros sistemas y nuestra tendencia natural a olvidar la escasez cuando nos encontramos ante la abundancia.

Mujer sentada en la película El Hoyo

A su vez, el elemento satírico está muy presente en El Hoyo, incluso lo escatológico se mueve en perfecta sintonía con la crudeza del filme. No, no nos va a sacar una sonrisa, pero sí obtendremos una especie de catarsis en algunos momentos clave. Las distopías parecen amoldarse muy bien a nuestro presente y consiguen que el espectador pueda ver las consecuencias de sus propios actos en un futuro no tan lejano.

En la era del cambio climático y las desigualdades, este tipo de filmes nos sacan un poco de esa burbuja de comodidades en la que muchos vivimos, nos invitan a la reflexión y nos abren los ojos ante algo que, en realidad, tenemos delante.

Aunque el espacio sea inventado, las reglas y los personajes parecen estar sacados de nuestra vida cotidiana. Personajes bien definidos, que encarnan distintos valores y que se irán adaptando para cubrir las necesidades del nivel en el que les toca vivir.

Todo parece indicar que la ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia dará mucho que hablar, pues aborda una cuestión universal y, pese a la crudeza de sus imágenes, puede ser vista y comprendida por cualquier espectador. En definitiva, nos encontramos ante una distopía que no es rebuscada, engancha y nos mantendrá en vilo hasta el último minuto para, finalmente, invitarnos a pensar en el futuro.