El legado humano de un científico. Parte II

22 Marzo, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Bernardo Peña Herrera
Albert Einstein es considerado uno de las más grandes científicos de la historia, aunque no solo es conocido por sus hallazgos en ciencia. ¿Quieren saber por qué más se le conoce?

Su concepción del ser humano es uno de los motivos principales que llevaron a Einstein a denunciar insistentemente los excesos cometidos por el nazismo. Es de destacar que lo hizo incluso antes de que se alzaran los primeros campos de exterminio.

Pese a ello, nunca dejó de insistir en que la responsabilidad de lo sucedido en Europa antes y después del ascenso de Hitler al poder no recaía exclusivamente sobre los alemanes. Tampoco sobre los autores materiales y directos de uno de los episodios más oscuros y terribles de nuestra historia. Por el contrario, era algo que la humanidad entera debía compartir, y sobre lo cual era necesario reflexionar profundamente.

La inacción, el silencio y la permisión del mal convierten al espectador pasivo en cómplice. La permisividad y la tolerancia del mal, convierten la vida en algo peligroso. Para Einstein, es la otra cara de la moneda, algo moral, ética y políticamente inaceptable para el Nobel de Física alemán.

A la frase que ha inspirado esta breve reflexión podríamos añadir muchas más, pero sólo elegiremos una que destaca especialmente sobre las otras por su belleza y por la fuerza que emana de ella: “Creo en el Dios de Spinoza, idéntico al orden matemático del universo”.

El legado humano de un científico. Parte II

El guiño de Einstein a Baruch Spinoza (1632-1677) no es para nada casual. Hemos visto cómo el eclecticismo religioso de Einstein rebasaba su profesión judaica. Tanto es así que el físico se adscribe abiertamente al panteísmo de Spinoza.

Declaraba que, si Dios existe, no determina las acciones humanas, sino que dispone el escenario para que ocurran. Por cierto, siendo estas acciones una responsabilidad única y exclusiva de los seres humanos. Dios se manifiesta en todo lo existente. Se halla en las bellas proporciones del mundo y en un orden universal de corte matemático.

Es, al fin y al cabo, la gran razón que permite a los humanos usar su condición de seres libres como mejor les plazca, sujetándola a unos u otros criterios morales y éticos según su elección. Spinoza, no da a la libertad el mismo espacio que le reserva Einstein, pero comparte con él algunos de los principios racionalistas que inducen al físico alemán a convencerse de la existencia de un código moral universal.

Filosofía, moral y religión en la obra de Einstein

Este código moral, el motivo por el cual Einstein diferencia entre el bien y el mal en términos absolutos, es también la razón por la que insta a toda la humanidad a responsabilizarse de las acciones que convierten la existencia en algo precario y peligroso, aunque éstas las cometan otros.

Es más, Einstein afirma que la razón por la que la vida es algo tan peligroso la encontramos en la actitud de aquellos que “se sientan a ver lo que pasa”. Aquellos que podrían evitar los males evitables pero que prefieren sentarse cómodamente sin intervenir en el curso de los acontecimientos.

Pensar por uno mismo en el bien y en la libertad

Einstein nos alienta a pensar por nosotros mismos y a compartir nuestras propias ideas y experiencias para crecer con los demás. Pero no olvidemos que este principio de reciprocidad también nos exhorta a intervenir para evitar las acciones cometidas por otros que contribuyan a convertir la vida en algo peligroso.

Nos invita a compartir los éxitos del prójimo pero, también, nos obliga a responsabilizarnos de las penas, los dolores y las aflicciones ajenas. Y es aquí, en esto mismo, donde se halla la principal motivación por haber invocado hoy a Einstein.

En definitiva, las enseñanzas morales y religiosas de Einstein son el mejor legado humano que podríamos resaltar de un científico de su talla. En tiempos tan revueltos como los que corren no está de más recordar que nos debemos los unos a los otros. Algo verdaderamente simple y, a la vez, tan importante como olvidado.

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