El legado humano de un científico. Parte II

El legado humano de un científico. Parte II

Esteve Gràcia Esteve 30 enero, 2013 en Psicología 0 compartidos

Su concepción del ser humano es uno de los motivos principales que llevaron a Einstein a denunciar insistentemente los excesos cometidos por el nazismo, mucho antes de que se alzaran los primeros campos de exterminio. Pese a ello, nunca dejó de insistir en que la responsabilidad de lo sucedido en Europa antes y -sobre todo- después del ascenso de Hitler al poder no recaía exclusivamente sobre los garantes del nazismo, ni sobre los autores materiales y directos de uno de los episodios más oscuros y terribles de nuestra historia: era algo que la humanidad entera debía compartir y sobre lo cual era necesario reflexionar profundamente.

La inacción, el silencio y la permisión del mal convierten al espectador pasivo en cómplice. La permisividad de acciones que convierten la vida en algo peligroso, para Einstein, es la otra cara de una misma moneda, algo moral, ética y políticamente inaceptable para el Nobel de Física alemán. A la frase que ha inspirado esta breve reflexión podríamos añadir muchas más, pero sólo elegiré una que destaca especialmente sobre las otras por su belleza y por la fuerza que emana de ella: “Creo en el dios de Spinoza, idéntico al orden matemático del universo”.

El guiño de Einstein a Baruch Spinoza (1632-1677) no es para nada casual y, aunque a buen seguro nos ocuparemos del filósofo holandés en un futuro próximo, no está de más que sigamos ahora, fugazmente, el rastro de la estela que de ella se desprende. Hemos visto cómo el eclecticismo religioso de Einstein rebasaba su profesión judaica. Tanto es así que el físico se adscribe abiertamente al panteísmo de Spinoza, declarando que, si dios existe, no determina las acciones humanas -ni siquiera se preocupa por ellas- sino que dispone el escenario para que ocurran siendo éstas una responsabilidad única y exclusiva de los seres humanos. Dios se manifiesta en todo lo existente; se halla en las bellas proporciones del mundo y en un orden universal de corte matemático.

Es, al fin y al cabo, la gran razón ordenadora que permite a los humanos usar su condición de seres libres como más y mejor les plazca, sujetándola a unos u otros criterios morales y éticos según su elección. Spinoza, como veremos en otra ocasión, no da a la libertad el mismo espacio que le reserva Einstein, pero comparte con él algunos de los principios racionalistas que inducen al físico alemán a convencerse de la existencia de un código moral universal. Este código, el motivo por el cual Einstein diferencia entre el bien y el mal en términos absolutos, es también la razón por la que insta a toda la humanidad a responsabilizarse de las acciones que convierten la existencia en algo precario y peligroso, aunque éstas las cometan otros. Es más, Einstein afirma que la razón por la que la vida es algo tan peligroso la encontramos en la actitud de aquellos que “se sientan a ver lo que pasa”, de los que podrían evitar los males evitables pero que prefieren sentarse cómodamente en el banquillo de la vida, dejándola pasar sin intervenir en el partido.

No hace falta decir que quien escribe no comparte plenamente el universo ideológico de Einstein: afirmarlo socavaría los fundamentos del respeto a la diferencia que profesaba el científico. Einstein nos alienta a pensar por nosotros mismos y a compartir nuestras propias ideas y experiencias para crecer con los demás. Pero no olvidemos que este principio de reciprocidad también nos exhorta a intervenir para evitar las acciones cometidas por otros que contribuyan a convertir la vida en algo peligroso. Nos invita a compartir los éxitos del prójimo pero, también, nos obliga a responsabilizarnos de las penas, los dolores y las aflicciones ajenas. Y es aquí, en esto mismo, donde se halla la principal motivación de haber invocado hoy a Einstein, de haber sacado a la palestra las que, según el humilde criterio de un servidor, son algunas de sus mejores enseñanzas. El mejor legado humano que podríamos heredar de un científico de su talla. En tiempos tan revueltos como los que corren no está de más recordar que nos debemos los unos a los otros. Algo verdaderamente simple y, a la vez, tan importante como a menudo olvidado.

Esteve Gràcia Esteve

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