¿El mundo ya no necesita a los viejos?

Edith Sánchez · 26 febrero, 2014

El concepto de vejez y las formas de abordarla han sufrido grandes cambios en los últimos tiempos. Hace apenas menos de un siglo, los viejos eran integrantes legítimos de cualquier hogar. Se consideraba natural comprenderlos, honrarlos y quererlos. La respetabilidad de los ancianos jamás era puesta en duda.

Los profundos cambios culturales impuestos por el nuevo orden internacional y la revolución tecnológica, también tuvieron un impacto sobre la visión tradicional del adulto mayor. Actualmente es como si nadie quisiera envejecer. Y los ancianos se han vuelto objeto de rechazo, cuando no de desprecio.

Una cultura para la producción

En la sociedad actual hay una hipervalorización de la productividad. La eficiencia, la habilidad y la eficacia ocupan el lugar cumbre en la jerarquía de valores. Si eres capaz de producir más, mejor y en menos tiempo, tienes el mundo a tus pies. Si, en cambio, no engranas tan ágilmente en la maquinaria, deberás conformarte con algún lugar marginal. Al menos eso te hacen creer.

Esto no aplica solamente para el mundo del trabajo. La familia no ha sido ajena a la influencia de esa lógica de la producción económica. El ingreso de la mujer al mundo laboral la ha convertido también en consumidora autónoma. El tema de cómo pagar las cuentas, para ellos y para ellas, es un ítem a considerar a la hora de elegir pareja.

Los hijos se educan como sujetos hiperformados e hiperinformados. No hay curso en el que no quepan. No hay novedad que ellos no quieran y que sus padres no estén dispuestos a concederles. Ahora están creciendo casi sin padres, porque son niños con la agenda ocupada todo el día. Y en los tiempos libres, la televisión o el internet los amamantan.

Así, la pareja termina siendo una suerte de “sociedad” para la producción y el ascenso económico. Y los hijos, unas personitas a las que se debe mantener ocupadas la mayor parte del tiempo en actividades “productivas”, básicamente para que no interfieran con la producción de sus padres.

En ese esquema mental, un abuelo termina siendo un estorbo. El adulto mayor no representa la promesa implícita en un niño, ni tampoco el aporte concreto de un adulto. Es más lento para todo y demanda cuidados especiales que toman tiempo. El tiempo es oro y casi nadie está dispuesto a invertirlo en algo que no le reporte alguna utilidad evidente.

La negación como fórmula

Lo paradójico de todo es que en casi todos los países del mundo la sociedad está envejeciendo. La tasa de natalidad en muchas partes bordea el cero y eso indica que en pocas décadas tendremos una gran mayoría de ancianos en el planeta. Esto también ha dado lugar a un nuevo conteo en las etapas de la vida. Hace cuatro o cinco décadas, ya eras un viejo cuando alcanzabas los 40 años. Ahora a los 70 debes sentirte pleno.

El deseo de no envejecer se ha vuelto tan fuerte que ya hay toda una industria de métodos para evitarlo. Al menos aparentemente. Las canas te las puedes pintar. Las arrugas te las puedes alisar. Cada flacidez tiene su cirugía y cada señal del tiempo su remedio. Los complementos vitamínicos te devuelven la energía perdida. El viagra y toda su parentela te dejan como en los 20. Todo, cualquier cosa, para negar que la vejez existe y que por más que corras, siempre te alcanza.

El terror a la vejez se deriva de una realidad que nadie quiere admitir del todo. Si no sirves, sales del juego. Nadie te quiere ver, nadie quiere tratar contigo. Más que para darle un manejo razonable a los problemas de la edad avanzada, los asilos de ancianos (que ahora tienen muchos nombres eufemísticos) se inventaron para deshacerse elegantemente de los viejos. Allí pueden entregársele al olvido sin mayor culpa que atormente.

El abandono de los viejos les ayuda a muchos a lidiar con la angustia de la decadencia, de la muerte. Los abuelos se dejan en una institución y quizás nunca vuelven a visitarlos, mientras ellos entran en una horrible espera sin esperanza. Otras veces, simplemente los dejan en una calle o los tratan como un mueble inservible dentro de la casa. No producen. Son nadie.

Quienes son víctimas de esas formas de egoísmo no saben de lo que se pierden. Cuidar de un abuelo te reconcilia con la vida, con los grandes valores de la humanidad. Te ayudan a entender y a aceptar los ciclos de la existencia. Te recuerdan que la muerte es una realidad ineludible. Por eso, tomándoles la mano y diciéndoles que los quieres, te permiten a sentir el infinito pulso de la vida.

Imagen cortesía de Mario Izquierdo