Emodiversidad: variedad de emociones como clave de salud mental

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 27 septiembre, 2018
Valeria Sabater · 28 septiembre, 2018

En la naturaleza, cuanta más diversidad exista en un ecosistema más fuerte, rico y resistente será ese escenario. La emodiversidad sigue ese mismo principio. Así, cuanto más heterogénea sea nuestra paleta de emociones, mayor será nuestra flexibilidad y fortaleza, porque entender ese universo sin quedarnos solo en los extremos es invertir en salud, es ganar en inteligencia y madurez.

Si lo pensamos bien, una idea que promociona la propia sociedad, además de un gran número de libros de autoayuda, es que para alcanzar el bienestar debemos experimentar en exclusiva emociones positivas. Algo así nos aboca, casi sin darnos cuenta, a un viaje artúrico en busca de ese grial de la felicidad donde esquivar a toda costa colores como la tristeza, la decepción, la frustración o la rabia.

Se nos olvida quizá, que no hay mejor estrategia que comprender al propio enemigo. Huir de las emociones negativas es ponernos una venda en los ojos, es vetarnos un aprendizaje vital donde poder lidiar con mayores recursos ante cualquier circunstancia. Porque la vida, como las emociones, es diversa y altamente compleja. Solo quienes se permiten profundizar en todo sentimiento y emoción para comprenderlos se adaptará mejor a los vaivenes del cotidianos.

Hemos sido condicionados para creer que los sentimientos negativos son un enemigo del bienestar. Aún más, no falta quien piensa que quien pasa de la alegría al enfado, de la decepción a la ilusión en un mismo día es inestable y hasta voluble. Es momento por tanto de aclarar términos, es momento de introducir en nuestro lenguaje una idea esencial para la salud mental: la emodiversidad.

“No me cansaré de resaltar la importancia de aprender a usar las emociones negativas por lo que son, llamadas para la acción”.

-Tony Robbins-

planeta simbolizando la emodiversidad

¿Qué es la emodiversidad?

Emodiversidad define nuestra capacidad para sentir y experimentar una amplia gama de emociones, y cuantas más mucho mejor. Esta habilidad o, mejor dicho, el permitirnos sentir cada sentimiento sin bloquearlo o negarlo, supone una ventaja adaptativa. Es decir, no solo logramos ser más auténticos sino que nos permite tener mayores recursos para afrontar las dificultades y ganar en salud mental.

Esta idea no es nueva. Ya en el 2012 y a raíz de un estudio publicado en la revista Emotion, quedó respaldada una conclusión para reflexionar. La Universidad de Queensland investigó cómo podría afectar a la población australiana y japonesa la clásica expectativa de que felicidad es igual a emociones positivas. Este principio cultural aboca a la población a no saber cómo lidiar con las emociones negativas, a rehuir de ellas. La búsqueda de la felicidad (anclada a este marco) genera tarde o temprano infelicidad. 

Desmontando la felicidad

Para aprender a ser felices debemos, por así decirlo, oprimir el botón de reinicio de nuestro disco duro mental. Empecemos de nuevo borrando gran parte de lo que hasta el momento nos han dicho (desaprender). Un primer aspecto que debemos considerar es el siguiente: las emociones negativas no son dañinas. Toda emoción sentida y aceptada es un compromiso con nosotros mismos. Un compromiso para comprendernos, para asumir realidades y ser responsables a la hora de buscar soluciones o generar cambios.

Un segundo aspecto que integrar en nuestra “programación” interna es que permitirnos experimentar el mayor número de emociones posibles es ganar en resistencia emocional, en salud mental y en habilidad psicológica. De este modo, quien se sitúa en exclusiva en el polo de las emociones positivas carecerá de herramientas para lidiar con las dificultades y frustraciones. Asimismo, quien oscila solo en el polo de la negatividad y la pesadumbre presenta un mayor riesgo de desarrollar depresiones, trastornos de ansiedad, etc.

ojo simbolizando la emodiversidad

Emodiversidad como clave de salud

En el 2014, las Universidades de Yale, Pompeu Fabra de Barcelona y la Universidad de Cambridge realizaron un extenso estudio para analizar los beneficios de la emodiversidad. Esta dimensión, entendida como esa capacidad para permitirnos experimentar una amplia gana de emociones, impacta de forma directa en nuestra salud física y emocional.

Algo que vieron los responsables de este estudio es que aquellas personas que o bien negaban sus emociones negativas o bien enfocaban su vida en ese estado perpetuo de frustración, desánimo y mal humor, no solo desarrollaban más trastornos psicológicos. También presentaban menos defensas, mayor inflamación orgánica y tendencia a desarrollar más enfermedades.

Las emociones como vemos median en nuestra calidad de vida e impactan de forma directa en nuestra salud.

Cuidar y atender nuestro ecosistema emocional

Un ecosistema emocional rico en sensaciones, vasto en emociones aceptadas, nutrido en sentimientos descifrados y apreciados como valiosos aprendizajes, conforma un entorno psicológico más fuerte y más sabio. Debemos aprender a cuidar de esa emodiversidad siendo sinceros y valientes con nosotros mismos.

La tristeza, la rabia, el miedo o la decepción no son malas hierbas que arrancar. No son esas semillas de baobab que temía el Principito porque según él, harían explotar su pequeño planeta. Las llamadas emociones negativas junto a las positivas conforman lo que somos, no podemos actuar como depredadores vetando o escondiendo lo que no nos agrada.

Paisaje de un bosque simbolizando la emodiversidad

Debemos transitar con ellas, manejarlas, transformarlas y comprender que toda esa riqueza de nuestro ecosistema psicológico y emocional nos confiere valiosas herramientas para construir escenarios más resistentes ante cualquier adversidad y más nutridos para dar forma a una felicidad real (y no a un falso sucedáneo).