Esperar lo peor para no decepcionarse

Esperar lo peor para no decepcionarnos, como estrategia de defensa por sistema, esconde un profundo miedo a ser dañados. Ahora, ¿qué efectos reales tiene adoptar esta actitud?
Esperar lo peor para no decepcionarse
Angela Carrascoso Tobias

Escrito y verificado por la psicóloga Angela Carrascoso Tobias el 23 noviembre, 2020.

Última actualización: 23 noviembre, 2020

Las decepciones forman parte de nuestra vida. Pero duelen a veces tanto que podemos pensar que es mejor esperar lo peor para no decepcionarnos en el futuro. ¿Realmente funciona y nos evita el sufrimiento? ¿Es posible prepararse para la decepción?

En este artículo te explicamos por qué nos posicionamos a veces como si ya ninguna desgracia nos afectará por el simple hecho de esperarla. También hablaremos sobre qué puede acarrear situarnos en esta concepción del mundo y si esta estrategia, realmente, nos evita el sufrimiento que tememos.

Hombre decepcionado

¿Por qué a veces preferimos esperar lo peor para no decepcionarnos?

En algún momento, a todos nos ha decepcionado alguien o los acontecimientos le han vuelto la cara a nuestras expectativas. Es un momento de desequilibrio. Sentimos que nunca hubiéramos esperado ese tipo de trato por parte de alguien o cómo una situación tan dolorosa nos ha tocado vivir a nosotros. Se teje una red de desesperanza y decepción que hiere y desmonta nuestra visión del mundo.

Cuando esto sucede, nuestros instintos más primarios de supervivencia se activan. Empleamos los llamados mecanismos de defensa para protegernos frente a un posible daño futuro. Uno de los mecanismos de defensa más habituales es tomar como costumbre esperar lo peor para evitar, de esta forma, la decepción.

Este mecanismo de defensa que, en apariencia, viene a nuestro rescate, nos sumerge en una desconfianza y alerta constantes ante posibles decepciones. Este proceso es tan instintivo e intenso que, muchas veces, acaba desencadenando lo que en psicología se conoce como distorsiones cognitivas.

Las distorsiones cognitivas nos llevan a hacer una mala interpretación de lo que sucede a nuestro alrededor. No somos capaces de analizar y ver al otro, porque estamos inmersos en el miedo y la desconfianza. Es habitual que las personas, en estos casos, padezcan distorsiones cognitivas como la visión catastrofista o sobregeneralización. Actuando como una constante falsa confirmación de que la opción acertada es esperar lo peor para no decepcionarse.

Prepararse para la decepción

¿Es posible prepararse para la decepción? Las decepción y las frustraciones forman parte de la vida. Las cosas y las personas, muchas veces, no son como deseamos o esperamos. Querer preparar un escudo para cualquier decepción que exista, es como tratar de detener una gran corriente de agua con una mano.

De hecho, cuando intentamos no encontrarnos con emociones que son parte de la vida, como la tristeza o la decepción, nos limitamos enormemente. Esperar lo peor para no decepcionarse significa cerrar la puerta a todo lo que nos puede dañar. Pero, también, conlleva detener todo aquello que nos emociona, ilusiona, remueve o nos hace soñar. El filtro es tan minucioso que no deja pasar esas otras cosas que dan sentido a la vida.

Es difícil entonces esperar lo peor para no decepcionarse. Al igual que no es posible vivir sin dolor o sufrimiento, ya que de alguna forma nos hace dar sentido al amor. La decepción a veces puede ser el precio del amor y la vida. Y la pregunta es: ¿estás dispuesto a renunciar a ello para no sufrir nunca más?

¿Realmente funciona esperar lo peor para no decepcionarse?

A parte de los costes que supone mantenerse en una postura de esperar lo peor para no decepcionarse, la pregunta es ¿realmente cumple su cometido? Esperando el dolor, ¿este será menos intenso? Difícilmente. Además, es muy complicado anestesiar el dolor sin pagar el precio de privarnos del resto de emociones.

De hecho, estar sumergido en esperar lo peor para no decepcionarse nos dejará sin recursos ante una posible frustración. Si cuando las cosas van bien, estamos inmersos en esa ola de pesimismo, difícilmente vamos a cargarnos de energía de la misma forma. Este catastrofismo nos desnuda de recursos y nos hace mucho más vulnerables ante la decepción.

Esperar lo peor para no decepcionarse significa no confiar. Y, precisamente, lo que nos hace seguir adelante muchas veces en este mundo, a veces convulso, es esa confianza. Confiar en que todo saldrá bien, confiar y amar a las personas esperando que nos cuiden, confiar en que las cosas se arreglarán o confiar en que de este bache saldremos fortalecidos.

Mujer pensando en las decepciones

Esperar lo peor para no decepcionarse o elegir confiar

Todos en algún momento hemos sentido frustración o decepción. Es algo tan doloroso que nuestros instintos más básicos nos hacen crear alertas que nos permitan evitar ese daño en el futuro. Uno de esos mecanismo puede ser esperar lo peor para no decepcionarse, lo que se puede tornar en una distorsión cognitiva basada en una visión catastrofista de la vida.

Esperar lo peor para no decepcionarse tiene que ver con intentar prepararnos para aquello que nos daña. Sin embargo, la decepción forma parte de la vida. Intentar poner una barrera de esta forma a algo tan inespecífico puede limitarnos demasiado. Cerrarnos las puertas a experiencias vitales y llevarnos a actuar de forma estereotipada, comprometiendo nuestra salud mental.

Además, no sólo no funciona esperar lo peor para no decepcionarse, también es contraproducente. Nos priva de la confianza y esperanza de la que se alimentan nuestros recursos personales. Con esta visión pesimista de la vida, nuestros recursos personales disminuyen, mientras que vulnerabilidades, como el aislamiento o la rigidez, se engrandecen.

Por todo ello y, a pesar de las grandes decepciones vividas y por vivir, preferimos escoger la esperanza. Elegimos confiar en que saldrá la luz y que la oscuridad servirá para que ésta ilumine con más intensidad. Elegimos no evitar el sufrimiento porque no queremos evitar el amor y la vida. Compañero, por favor, confía.

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