Familias ensambladas, un desafío de estos tiempos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 17 diciembre, 2013
Paula Aroca · 17 diciembre, 2013

 

El grupo familiar tradicional compuesto por papá, mamá y los hijos de ambos ya no es tan predominante como hace unos años. Con el vertiginoso incremento de la tasa de divorcios, cada vez son más frecuentes las familias en las que hay madrastras, padrastros e hijastros, sin que necesariamente los dos primeros sean los malos del cuento. 

Está claro que después de un divorcio con hijos de por medio, tenemos derecho a rehacer nuestras vidas. Sin embargo, siempre deberíamos tener presente que esto nos pone en una situación delicada, aunque no imposible de manejar.

Conflictos y soluciones

Si ya de por sí la convivencia y la armonía en una familia “clásica” es difícil, los nuevos modelos de familia (en las que se agrupan miembros provenientes de distintas familias de origen) representan un desafío aun mayor porque dan cabida a conjuntos de sentimientos aún más complejos y variantes. Veamos algunas de los aspectos comunes en las familias ensambladas y cómo podemos afrontarlos:

-¿Quién manda a quién? La autoridad es un problema común en estas familias, ya que los niños o adolescentes pueden resistirse a respetar y obedecer a la nueva pareja de su padre o madre. Pero el panorama se complica aún más si la pareja se pone siempre de parte de sus hijos propios, por un deseo exagerado de protegerlos. Esto puede crear un ambiente caótico y tenso, haciendo de la convivencia una verdadera pesadilla.

Lo recomendable es que el padre o la madre sea la principal figura de autoridad para sus hijos, pero que su pareja tenga voz y voto cuando sea necesario; por ejemplo, cuando se encuentra solo con los niños o cuando una situación está irrespetando sus derechos. Por supuesto que, en este punto, es muy importante tener una actitud cariñosa con los hijastros, ya que, sin duda, la amabilidad es el mejor catalizador de las relaciones, y cuando toque ejercer la disciplina, será más fácil que los niños cooperen.

-Los celos: Es natural que estos surjan, y lo pueden hacer en distintas direcciones, ya sea de los hijos hacia la nueva pareja o viceversa, o entre los hijos de ambos miembros de la pareja. En este caso, hay que partir del principio de que el amor no es excluyente y que es necesario abrir el corazón para que quepan todos.
-Las ex-parejas: Cuando dos adultos con hijos de parejas anteriores deciden convivir, es fundamental que tengan en cuenta que de alguna u otra manera y sean capaces de admitirlo o no, pasarán a compartir también muchos aspectos con los ex cónyuges de ambos, pues es un hecho que el vínculo entre ellos y sus hijos continuará de por vida. Por lo tanto, sería prácticamente imposible simular que no existen. En otras palabras, es importante comprender que, guste o no, no serán pocas las ocasiones de encuentros (¡a veces hasta con los ex suegros, ex cuñados, etc…!). Cada fiesta, cada acto escolar, cada enfermedad, cada cumpleaños y cada graducación serán momentos en los que se tendrá el grandísimo desafío de compartir en armonía. 

La familia, algo más que parentescos

Podemos ver que en la actualidad, ante estos nuevos modelos de familia, ya no son los parentescos de sangre los que organizan los vínculos, sino que parecen tomar más fuerza los lazos sinceros de cariño y afecto. En estos casos, si el objetivo de una pareja es estar juntos y construir una relación que perdure en el tiempo, es requisito fundamental ser abiertos y estar dispuestos a tolerar lo diferente.

Claro, hay otros ingredientes importantes como asertividad, buena comunicación, inteligencia, tacto… pero estos vienen por añadidura. Porque (aunque suene a frase hecha) el amor es la única fuerza capaz de limar cualquier aspereza y vencer cualquier amenaza, aun dentro del enorme reto que representa construir una familia de estas características.

Integrar dos familias para dar origen a una nueva demanda una actitud generosa por parte de sus componentes, pues ya no estaríamos hablando solamente del amor de una pareja, sino que esos dos adultos son responsables de cultivar un amor aún más amplio que también impregne a aquellos pequeños que, aunque no sean hijos “propios”, tienen derecho a sentirse en su hogar. 

Sin dudas, entrar a formar parte de una familia mixta es toda una aventura donde la armonía no está garantizada automáticamente. Pero, acaso… ¿En qué familia lo está? Es esencial que haya amor suficiente y que, además, no se deje nunca de alimentarlo; solo de este modo el calor del hogar alcanzará para “los tuyos”, “los míos” y “los nuestros”.

Imagen cortesía de amira_a