Hay quien teme los cambios: yo temo que las cosas nunca cambien

Valeria Sabater · 1 noviembre, 2016

Hay mentes cuadradas que luchan para que nada cambie, para que toda estructura no pierda ni un ápice de esa pátina de óxido caduco. Yo, en cambio, no temo los cambios: los espero con la madurez de quien sabe que nada de lo que llega se queda, y nada de lo que se va se pierde del todo.

Si nos fijamos un momento en la mayoría de manuales sobre salud mental o sobre autoayuda, nos daremos cuenta de que hay un tipo de mensaje que abunda sobre los demás. “Cambia para mejorar tu vida”, “Los cambios dan miedo, pero a veces, son necesarios”. Ahora bien, no por mucho repetir la misma idea llega a aplicarse como de verdad se necesita. Las personas, lo creamos o no, somos obstinadas y muy reacias a los cambios.

“La especie que sobrevive no es la más fuerte, tampoco la más inteligente: es la que mejor responde al cambio”

-Charles Darwin-

A veces, preferimos habitar en zonas conocidas independientemente de si nos hacen felices o no. Porque cruzar la frontera de lo conocido es adentrarnos en las marismas del miedo. ¿Y si lo que encuentro es algo peor? Al fin y al cabo, se dicen muchos, siempre será mejor una infelicidad conocida y asumida que la propia incertidumbre. La resistencia al cambio, como vemos, hunde sus raíces para erigir un bosque denso y caótico por donde no entra más la luz del sol.

Sin embargo, quien es capaz de ir más allá de las fronteras del miedo propicia algo similar a un salto cuántico. Es una sensación intensa y reveladora donde de pronto, somos más receptivos a todo lo que nos rodea. Las ideas fluyen más fácilmente con ese cambio y ante nosotros, se abren mil posibilidades.

Mil caminos llenos de luz.

gif pájaro

Los cambios y los desprendimientos

Hay un hecho curioso del que no siempre somos conscientes. A lo largo de nuestra vida asumimos un sinfín de pequeños cambios que, sin darnos cuenta, conforman un cambio considerable. Modificamos aspectos de nuestro carácter como reacción a determinados hechos o experiencias. Nos adaptamos o incluso desplegamos nuevas conductas para consolidar relaciones o para evitar aspectos que en algún momento nos hicieron daño.

Sin embargo, cuando echamos la mirada atrás y tomamos plena conciencia de que ya no somos la misma persona que hace unos años, le damos un nombre a esa sensación: “crisis”. Este sutil desprendimiento del “yo” del ayer ocasiona miedo y angustia porque no sabemos muy bien qué va a traernos ese “yo” del futuro.

Nos asusta madurar, cumplir años. Romper una relación de pareja nos deja sin aliento porque supone no solo dejar ir a alguien a quien amábamos. Con esa persona se desvanece también una parte de nosotros mismos.

Un cambio siempre implica un desprendimiento de algo, no hay duda, y eso provoca miedo. No obstante, nada se deja ir del todo porque lo que hacemos es transformarnos. Ampliamos áreas de actuación y ensanchamos nuestros senderos interiores para dar espacio a mucho más sabiduría. Porque con los cambios se crece, porque una crisis no es más que una oportunidad ante la cual, ser más receptivos.

hombre mirando cielo con ballenas

 

Conectarnos para despertar

Son muchas las personas que intentan generar un cambio en sus vidas. Ahora bien, no hablamos en exclusiva de la necesidad de romper con todo y con todos, oprimiendo ese botón rojo a modo de reinicio. Nos referimos a la capacidad de generar un cambio interno para que aquello que nos envuelve, también cambie.

Hay quien ve su propia vida como un contínuo proyecto fallido. Cada vez que inicia algo, fracasa. Cada vez que cree haber encontrado algo o alguien emocionante y especial, se desvanece de sus manos. ¿Existe quizá la mala suerte? En absoluto. Lo que existe es una desconexión interna. Los cambios no deben propiciarse al azar como quien echa los dados o como quien se lanza a una piscina tapándose la nariz.

Porque quien asume riesgos o decisiones sin conectar primero con sus sentimientos, intuición y experiencia previa, lo más probable es que termine asumiendo que su vida está regida por el azar. Por ese capricho díscolo del destino que ofrece y quita sin ajustarse nunca a nuestras expectativas. A nuestros deseos.

mujer vestido verde

Por otro lado, todos sabemos que los cambios nos acercan a un territorio inexplorado. Ello nos genera miedo e incertidumbre. Sin embargo para garantizar el éxito de esa “oscilación” en nuestras vidas, debemos llevarlo a cabo sintonizando con todas las dimensiones antes citadas.

“Yo hago este cambio porque sé que es lo que necesito, porque sé que para crecer y permitirme ser más feliz, tengo que dejar ciertas cosas, ciertas personas y algunos escenarios”. Asimismo, para llegar a este convencimiento pleno y auténtico debemos “despertar”.

Abrir los ojos desde el interior para descubrir las oportunidades que nos envuelven nos obliga en primer lugar a calmar la mente. Quita poder al dragón de los egos, al fantasma del miedo, y al tambor del “qué dirán”. Despertar es ante todo conectarse en paz y equilibrio a nuestros sentimientos, escuchando a su vez aquello que nos susurra el corazón

Porque ahí, en ese palacio de paz, ya no existe el miedo. 

Imágenes cortesía de Ashley Longshore