Hijos maltratadores: un fenómeno que crece

Edith Sánchez · 4 febrero, 2015

Las cifras vienen en aumento. Cada vez se conocen más casos de hijos maltratadores que atacan con violencia a sus padres, no solo verbal, sino también físicamente. Son precisamente los casos de agresión física los que han disparado las denuncias. Las estadísticas indican que este tipo de situaciones son más frecuentes entre hombres adolescentes y que las madres son las principales víctimas de ese comportamiento.

Durante el siglo XX la gran preocupación que rondaba el mundo de los jóvenes estaba asociada con lo que se llamó “la revolución sexual”. Todo parece indicar que durante el siglo XXI la problemática gira en torno a los elevados niveles de violencia que han alcanzado las nuevas generaciones.

El síndrome del emperador

“Síndrome del emperador”: así terminó denominándose a ese conjunto de rasgos que conforman a un hijo maltratador. Y es que pareciera que hay algo en ellos que los lleva a permanecer sintiéndose el centro del mundo. Ejercen una suerte de poder sobre sus padres, como si estos últimos fuesen sus subalternos o, en todo caso, dependieran de ellos.

“A veces, el pequeño cuerpo de un niño puede albergar desde bien temprano un gigantesco tirano, tan despiadado como inconsciente, tan poderoso como vulnerable”.

-José María Toro-

Niño pegándole a su madre

Los hijos maltratadores son narcisistas. Piensan que sus deseos y sus necesidades son más dignos de atención que los de cualquier otro mortal sobre la tierra. Por eso, son egoístas e incapaces de empatizar con las necesidades de los demás. Solo importan ellos mismos.

Los hijos maltratadores suelen ser bastante obstinados y, a la vez, muy poco perseverantes con sus proyectos personales. De hecho, les cuesta mucho trabajo trazarse un plan y seguirlo hasta el final. Para ellos el asunto va más por el lado de los caprichos: quieren algo y lo quieren ya, pero no buscan lograrlo, sino que alguien se los dé. Una vez lo obtienen, casi siempre dejan de desearlo rápidamente.

“Los narcisistas se pelean con todo el mundo y creen que siempre tienen la razón”.

-Anónimo-

Son también bastante insensibles. Carecen por completo de empatía: no saben, ni les interesa saber, qué se siente en el lugar de otro. Generalmente están invadidos de angustia. No encuentran un Norte y tampoco desarrollan valores, en el sentido profundo del término. Por eso mismo, agredir a sus padres no les parece ciertamente reprobable. “Se lo buscan”, dirá.

El hogar de un maltratador

En los casos de hijos maltratadores casi siempre hay algunos antecedentes de educación, que repercuten en la indolencia frente a sus padres. Si entre sus padres existía maltrato o algún tipo de violencia, es natural que ellos repitan esos patrones de conducta.

Por lo general, provienen de hogares en los que se alternaba la sobreprotección (entendida como control extremo) con la sobrexigencia. Probablemente había críticas severas frente a su comportamiento y luego, como para aligerar los excesos, se imponía la permisividad.

Niña tirana

También es frecuente que provengan de familias con altos índices de violencia, en los que el castigo físico era considerado una práctica “normal”. Tan “normal” que los chicos aprenden a asumirlo como norma para tramitar diferencias y conflictos.

“Si la violencia familiar enseña a los niños que no hay razón como en casa, ¿cómo vamos a esperar para curar el impulso inútil para resolver los conflictos mundanos con fuerza?”.

-Letty Cottin Pogrebin-

Hay quien califica a estos hijos maltratadores como una especie de “analfabetas emocionales”. No saben qué hacer con lo que sienten, porque nunca fueron educados para entenderse a sí mismos, ni para ejercer control sobre sus emociones. Indudablemente, detrás de un hijo maltratador hay una crianza con serias deficiencias.

La mala noticia es que no es nada fácil erradicar esos patrones de comportamiento. La buena, que tampoco es imposible. Se trata de un proceso que generalmente requiere intervención profesional y en el que deben comprometerse todos los miembros de la familia. El resultado, seguramente, siempre es bueno para todos.