El acto fallido: toda una revelación

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 13 marzo, 2016
Edith Sánchez · 13 marzo, 2016

El nombre de “acto fallido” se le da a todas esas acciones que, aparentemente, no deseaban realizarse, pero terminaron llevándose a cabo. Como cuando quieres llegar temprano, pero terminas presentándote una hora después. O como cuando quieres ir al norte, pero terminas tomando el autobús que va para el sur, “sin darte cuenta”.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, el acto fallido es en realidad una vía por la cual se expresan los deseos subconscientes. Una forma adecuada de definirlos sería decir que se trata de actos en los cuales se refleja una contradicción entre dos intenciones: una consciente y la otra subconsciente. Vence la intención subconsciente, el deseo desconocido.

“¿Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carretera equivocada?”

-Proverbio alemán-

Por lo general, el acto fallido no se expresa más allá de una sonrisa o algún desconcierto. Se piensa que simplemente fue producto de una distracción y que no tiene mayor importancia. Sin embargo, analizándolo en detalle puede destapar información valiosa para conocer y comprender esa zona de nosotros mismos que está sumergida en el subconsciente y que puede ser más relevante de lo que creemos.

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El acto fallido y sus manifestaciones

Hay varias clases de actos fallidos. Uno de los más conocidos y usuales es el lapsus linguae, o sea cuando se quiere decir una cosa pero termina diciéndose otra. Como el caso reciente de un conocido político que, cuando quería decir “Lo que nosotros hemos hecho es no engañar a la gente”, terminó diciendo lo contrario.

El lapsus linguae no es la única forma de acto fallido. A esta categoría también corresponden los lapsus de escritura y de lectura, los lapsus de escucha, los olvidos inexplicables, la pérdida de objetos, los accidentes absurdos y todas las acciones que se mueven dentro de esta lógica.

Vale aclarar que se han denominado “actos fallidos”, pero en realidad se trata de “actos logrados”. Lo que ocurre es que se impone en la realidad un deseo más profundo y auténtico de la persona, frente a un deseo más débil y superfluo. Pero la persona desconoce ese deseo que había en lo profundo de sí mismo y que solo emerge con el acto fallido. Por eso se dice que el acto fallido revela una verdad.

burbuja estallando representando el acto fallido

Por su parte, no son actos fallidos esas acciones que realizamos sin darnos cuenta, pero que no entrañan ningún tipo de contradicción. Por ejemplo, tararear una y otra vez la misma canción, jugar con un bolígrafo sin un propósito determinado o garabatear sobre una servilleta mientras hablamos. Esos actos reflejan lo que hay en nuestro subconsciente, pero no son fallidos porque no muestran un conflicto entre lo que se desea hacer y lo que se hace.

La revelación implicada en el acto fallido

Lo primero que nos dice un acto fallido es que hay una verdad reprimida que lucha por salir a la luz. ¿Por qué ha sido reprimida tal verdad? Sencillamente porque se trata de algo que incomoda o asusta a la persona que la experimenta. El contenido de esa verdad es rechazado conscientemente, pero sigue persistiendo en el subconsciente.

Esto quiere decir que la verdad que se manifiesta en el acto fallido no es cualquier verdad, sino una que pone en conflicto a la persona. Una realidad que ha tratado de suprimir sin éxito. De ahí el valor que tiene el acto fallido: nos permite aproximarnos a la identificación y el entendimiento de una realidad que sigue operando desde nuestro subconsciente.

El acto fallido es un ataque directo a eso que llamamos “yo”. Lo que revela exactamente es lo que ese yo no es. Revela también que ese “yo” no es una entidad plenamente coherente, sino que, en realidad está hecho de contradicciones e inconsistencias. Que aunque creamos conocernos muy bien, existe un territorio de nosotros mismos que escapa a la conciencia.

hombre frente a una ventana

Los actos fallidos están presentes en nuestra vida cotidiana y deberían ser motivo de reflexión. Si pierdes las llaves de tu casa, por ejemplo, quizás tu deseo de entrar en ella no es tan fuerte como te parece que lo sientes. Si olvidas siempre el nombre del cartero, tal vez se debe a que te recuerda a un padre ausente. Y es así, encadenando pequeños actos fallidos con grandes acontecimientos, como descubres esa otra verdad que lucha por darse a conocer.

*El contenido de este artículo ha sido escrito desde la perspectiva psicoanalítica, hay otras corrientes en psicología que ven a este tipo de “actos fallidos” como simples errores, como el de realizar mal una suma o resta. Es decir, sin significado psicológico alguno.