Interocepción: más allá de los 5 sentidos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 18 febrero, 2018
Valeria Sabater · 18 febrero, 2018

La interocepción es la capacidad de reconocer los estímulos y sensaciones que nos envía nuestro cuerpo. Es el arte de habitar y comprender este bello envoltorio físico tan lleno de conexiones, de receptores, células y delicados tejidos que nos envían los más variados mensajes, esos que no siempre escuchamos. Sin embargo, prácticas como el mindfulness nos pueden ayudar a conseguirlo.

Hay quien dice que en el fondo, debemos agradecer no tener este sentido tan bien desarrollado o tan perfectamente afinado como lo pueden estar la vista y el olfato. A nadie le puede resultar placentero escuchar cómo un leucocito se enfrenta a un agente infeccioso, cómo se segregan nuestros jugos gástricos o cómo es el sonido de una neurona al morir por ejemplo.

Entender el sentido de la interocepción, de todas esas señales que nos envía nuestro organismo nos ayuda a actuar de forma saludable en nuestro día a día.

Sin embargo, cabe decir que no hay que llegar a estos extremos para apreciar lo que en realidad puede permitirnos el sentido de la interocepción. Así y solo como ejemplo, algo que quedó demostrado en el 2011, gracias a un estudio realizado por el psicofisiólogo Hirokata Fukushima, es que esta función está íntimamente relacionada con la empatía.

Cuando conectamos con alguien para comprender sus emociones, sus necesidades o preocupaciones nuestro organismo reacciona de un modo muy particular, fascinante casi. Los estados afectivos ajenos son cómo estímulos que casi nunca nos son indiferentes: reacciona el cerebro y reacciona el corazón, a veces incluso la piel.

Comprender de un modo más profundo los misterios de la función interoceptiva nos permitiría sin duda saber un poco más sobre cómo se relacionan cuerpo y mente. Asimismo, y no menos importante, nos ayudaría también a cuidar mejor de nuestra salud al entender esos indicadores que en ocasiones nos avisan de que algo no va bien en nuestro interior.

figura femenina representando la interocepción

La interocepción en nuestra vida diaria

Las personas dedicamos una buena parte de nuestro tiempo al autocuidado. Atendemos nuestra higiene, nos alimentamos de forma balanceada, hacemos ejercicio, nos gusta mostrar buena imagen, elegimos ropa acorde a nuestro estilo, nos peinamos, maquillamos, cuidamos de nuestra piel y procuramos tener un descanso nocturno reparador.

Ahora bien, por curioso que nos parezca hay algo que pasamos por alto en esta rutina: escuchar a nuestro propio cuerpo. Descuidamos lo que nos dice cuando nos envía, por ejemplo, un mensaje de dolor: tensión acumulada en la nunca, una cefalea que nos martillea nuestras sienes de forma machacona… Nuestra mente está estresada y todo el organismo reacciona ante esa emoción desestabilizadora sin que le prestemos la atención que merece, sin que percibamos lo que ocurre realmente en nuestro interior.

Los deportistas, en cambio, suelen tener el sentido de la interocepción bien desarrollado. Los buenos atletas son capaces de discernir cuándo una sensación física es normal o patológica, cuándo ese dolor en un gemelo puede deberse a una simple sobrecarga o ser el indicio de un daño muscular. En ocasiones, incluso son capaces de transitar con el dolor durante horas para llegar a la meta o dar lo mejor de sí mismos a lo largo de un partido. La conexión mente-cuerpo en estos casos presenta una alianza efectiva para mejorar nuestro rendimiento cuando así lo necesitamos.

mujer corriendo para desarrollar la interocepción

La interocepción y la corteza insular

La interocepción ha sido un campo de estudio muy habitual en el ámbito de la psicofísica, la psicología de las emociones, el aprendizaje y el biofeedback. Así, en los últimos años es común encontrarnos cada poco tiempo un nuevo trabajo con el cual profundizar un poco más en este sentido tan especial y a la vez importante en el ser humano.

Un aspecto que es interesante tener en cuenta es que procesos tan básicos como la sed, el hambre, el sueño o la sensación de frío o calor son mensajes que nos envía nuestro sentido de interocepción. Son mecanismos que garantizan nuestra supervivencia y de los cuales, debemos ser conscientes. Otros, en cambio, nos son más sutiles y habitualmente desapercibidos.

Si nos preguntamos ahora sobre qué estructura o área de nuestro cerebro regulan estos procesos, nos podemos remitir a un trabajo publicado en el 2012 en una revista de neuropsicología. Es la corteza insular, un área muy profunda ubicada en la superficie lateral del cerebro, donde se regulan procesos como la conciencia de nuestras emociones y las sensaciones corporales.

La corteza insular es un centro de control donde, de algún modo, queda en evidencia también esa unión siempre interesante y desconocida para nosotros entre la mente y el cuerpo…

mujer practicando yoga para trabajar su interocepción

Mindfulness e interocepción

Lo señalábamos al inicio: un modo de tomar conciencia de nuestro sentido de interocepción es a través del mindulness. Esta práctica basada en la meditación y la atención plena nos permite conectar con nuestras sensaciones físicas para relacionarnos mucho mejor con el propio ser y entender así nuestra mente, nuestras necesidades y el modo en que el entorno y sus procesos impactan en nuestro organismo.

Ser capaces de escuchar y discernir cada una de las señales que nos envía a diario nuestro cuerpo es un modo de invertir en salud y calidad de vida. Gestionaríamos mucho mejor el estrés, anticiparíamos incluso indicadores de posibles patologías (como la hipertensión). Además, podríamos por ejemplo ser más productivos al conocer nuestros límites, al ser conscientes de que no somos máquinas, sino un maravilloso pero delicado entramado de células, tejidos y emociones…