Jugadores obsesivos

Edith Sánchez · 12 junio, 2016

¿A quién no le gusta jugar? Es una de esas actividades que nos permite volver a sentirnos niños, aunque sea solo por un rato. Jugar, en esencia, es un acto de libertad, de creatividad, de felicidad. Sin embargo, hasta algo tan saludable como el juego puede convertirse en un problema cuando se distorsiona su sentido. Los jugadores obsesivos son un buen ejemplo de ello.

La verdad es que no todos los juegos son iguales. En el castellano tenemos solo la palabra “juego” para identificarlos, pero en otros idiomas aparece una diferencia. En inglés, por ejemplo, la palabra “play” se emplea para designar al juego más genuino: ese que se realiza con el único objetivo de recrearte. En cambio, la palabra “gambling” habla de otro tipo de juego: el que se lleva a cabo arriesgando algo para obtener una ganancia.

“La vida es un juego de probabilidades terribles, si fuera una apuesta no intervendrías en ella”

-Frank Clark-

En otras palabras, puedes jugar para liberarte y entretenerte o para poner en marcha un mecanismo compulsivo. En el primer caso, el juego te relaja, te hace sentir más feliz y pleno. En el segundo caso, operan impulsos obsesivos que, en más de un caso, pueden llevar a desenlaces trágicos ocasionados por conductas como el asesinato o el suicidio.

Los jugadores obsesivos

Cuando se habla de apuestas, la imagen de un casino es una de las más recurrentes. Sin embargo, actualmente hay un gran número de apostadores alrededor de todo aquello que implique competencia. Se apuesta en fútbol, en boxeo, en ciclismo y en todos los deportes en general. Se apuesta en los reinados de belleza, en la entrega de los premios Oscar y en todo aquello que tenga un aire de competición.

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Ese es el tipo de situaciones que atraen al jugador obsesivo. Lo que tienen en común es que implican un factor de azar y, por lo tanto, entrañan el riesgo de perder o ganar. Más allá de los beneficios que se puedan obtener, lo que seduce a quienes son víctimas de este tipo de compulsiones es el hecho de arriesgar.

El jugador obsesivo sufre y al mismo tiempo goza. Experimenta un deseo irrefrenable de “probar suerte”. De hecho, para cualquier persona es emocionante situarse en ese lugar en el que puede ganar una fortuna, por simple azar. Muchas personas compran la lotería por esa razón o pasan un buen rato frente a una ruleta esperando que la suerte sonría.

El problema viene cuando esto se convierte en una forma de vida y el jugador es literalmente incapaz de detenerse. Entra en un círculo vicioso en el que si gana, apuesta lo ganado para obtener más. Y si pierde, apuesta para recuperar lo perdido. Al mismo tiempo, el juego toma cada vez mayor protagonismo en su existencia, llegando a convertirse en una presencia invasiva que le asedia constantemente.

Los jugadores obsesivos siempre pierden

Son muy raros los casos en los que las personas se convierten en jugadores obsesivos de la noche a la mañana. Por lo general, este proceso tiene una incubación que dura varios años y que pasa por distintas fases. Lo usual es que al principio sean jugadores sociales a los que simplemente les llama la atención divertirse jugando de vez en cuando. Sin embargo, comienzan a crear fantasías alrededor de las posibles ganancias.

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Con el tiempo, las fantasías se vuelven cada vez más importantes en sus vidas. Piensan en las cantidades que podrían llegar a ganar y en todas las buenas obras que podrían realizar, de concretarse una buena ganancia. Así justifican su adicción incipiente: con sueños filantrópicos acerca de futuras realizaciones para las que se requiere dinero. Donarán a las iglesias, mejorarán la vida de su familia, etc. Solo necesitan un golpe de suerte.

Los jugadores obsesivos reparan muy poco en las pérdidas que tienen. Concentran su atención en las ocasiones en que ganan. A la vez, se tornan cada vez más ambiciosos al respecto. Su apetito de ganar se vuelve voraz y descuidan sus finanzas. Siempre necesitan dinero para apostar y, sin calcular consecuencias, adquieren deudas que sobrepasan su capacidad de pago. Suponen que, en todo caso, podrán saldar esas obligaciones con una buena jugada.

Más pronto que tarde, aparece un sentimiento de desesperación. El círculo vicioso ha tomado control sobre sus vidas y no encuentran salida. Por más que se proponen parar, no lo logran. Llegan a apostar su salario, su casa, sus muebles. Se sienten absolutamente fascinados con la lógica del riesgo y del azar. En realidad, son adictos a ello. Por eso mismo, requieren una atención similar a la que demanda alguien dependiente de las drogas.

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