La chica de las pulseras en la muñeca

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 14 febrero, 2018
Lorena Vara González · 14 febrero, 2018

Por dónde empezar a contar esta historia, mi historia. Cómo enseñarte que lo tenía todo y lo perdí sin saber cómo. Cómo hacerte entender que no es culpa mía lo sucedido, que ha sido una cuestión de todo o nada, de querer ser querida y evitar el vacío que siento todos los días. Porque sí, lo tenía todo, pero algo llamado Trastorno Límite de la Personalidad ha hecho que lo pierda poco a poco y pase a ser la chica de las pulseras en la muñeca.

Quizás no seas capaz de entenderme, la mayor parte de la gente no lo hace. Es muy difícil ponerse en el lugar del otro cuando el otro no se comporta, no siente o no piensa como la mayoría de la gente. Pero voy a contarte un secreto, aunque no pensemos o actuemos como tú, no significa que no tengamos sentimientos.

Ahora te pido que leas, que me escuches y trates de ponerte en mi lugar. Quiero contarte mi historia aunque no sepa cuando empezó ni haya llegado su final. Deseo que conozcas lo que se siente cuando tienes una enfermedad mental y nadie te entiende, obteniendo así a cambio todo lo que tratabas de evitar: la soledad y el rechazo.

Entre tú y yo solo hay un diagnóstico de diferencia. Pero esa etiqueta sirve para deshumanizarme y hacerte creer que eres mejor que yo.

Chica con pulseras

La historia de la chica de las pulseras en la muñeca

Como dije, no sé exactamente cuándo empezó todo, aunque creo que pudo ser con el cambio de ciudad al empezar la universidad. Nunca había estado sola en un lugar nuevo, siempre había vivido en el mismo sitio con la misma gente. Esto me producía una gran ansiedad, porque la idea de no encajar, de estar sola, me aterraba cada vez más.

Por eso y desde un principio me propuse ser la guay del grupo de la universidad. Esto implicaba estar delgada y siempre perfecta, o eso creía. Comencé a vomitar cuando pensaba que comía de más. Incluso me saltaba las comidas o procuraba no comer delante de la gente. Además, bebía demasiado, hasta perder el control, porque pensaba que así me aceptarían mejor y me desharía de mi timidez.

Y entonces apareció él. El chico de la sonrisa perfecta. El chico de mis sueños. Y el objetivo de toda mi existencia se basaba en que él me quisiera como lo quería yo. Daba igual que ya tuviese pareja, daba igual que no se interesase por mí. Yo le quería y haría cualquier cosa porque él me quisiera también. Pensaba, bueno no pensaba, estaba convencida de que nadie, jamás, podría darle a él lo que yo le daría.

Averigüé dónde vivía y comencé a dejarle cartas de amor en el buzón. Me montaba películas en mi cabeza en las que los dos éramos los protagonistas de una bella historia de amor, que con el paso del tiempo acabé creyendo que eran realidad. Intenté convencer al resto del mundo de que su novia era la mala para que rompiesen de una vez. Me obsesioné tanto que él era mi mundo, pero un mundo que no existía y eso hacía crecer el vacío en mi interior.

Chica con pulseras en el muello

Las pulseras que tapan mis vergüenzas

Perdí el control hasta de mis sentimientos. Todo se convirtió en blanco o negro, en quererme u odiarme, en esos “o estás conmigo o estás contra mí”. Porque era yo la dueña de los extremos de la realidad y me negaba a ver los puntos intermedios. Me convertí en un huracán de sentimientos, solo amaba con la mayor de las intensidades u odiaba con todas mis fuerzas. Pero dentro de ese huracán estaba el ojo de la tormenta, un ojo que mostraba el vacío que se hacía más y más grande en mi interior.

Ese vacío que cada vez se hacía más fuerte maquillaba mi realidad de tal manera que era toda emoción hacia el exterior, pero yo no sentía nada. Entonces, buscando dejar atrás ese vacío, buscando sentir, comencé a cortarme las muñecas. Y fue en ese momento en el que me convertí en la chica de las pulseras en la muñeca, porque esas pulseras eran las únicas que tapaban lo que no quería mostrar.

Pero las pulseras no lo curan todo, solo esconden aquello que no quiero enseñar. Esconden la parte de mí que no controlo. Esa parte por la que soy el hazmerreir de aquellos que me conocen porque para ellos soy la loca exagerada. Y yo… yo… yo solo quiero encajar y sentir algo bueno, por eso me animé a pedir ayuda.

Sé que va a ser un camino largo, muy largo, pero ahora hay esperanza. Gracias al tratamiento que sigo con mi psicóloga clínica y a algo de medicación pautada por un psiquiatra, voy siendo un poco más yo, mi yo anterior. He sido valiente y he buscado ayuda, por eso cuento mi historia. Si tú te sientes igual o conoces a alguien como yo, no te rías sin más; detrás de lo que ves hay un ser humano que se siente perdido y que puede que, como yo, esconda también debajo de las pulseras aquello que le causa dolor y, al mismo tiempo, vergüenza.