La ciencia del mal

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 18 marzo, 2019
Sonia Budner · 18 marzo, 2019
Las investigaciones que llevan décadas realizándose sobre la maldad en los seres humanos nos han dejado muchos y valiosos datos. Aunque es cierto que seguimos lejos de encontrar el factor con mayúsculas que lo defina. Vamos a tener que empezar a aceptar que las personas malvadas son bastante más parecidas al resto de las personas de lo que seguramente estamos preparados para admitir.

Muchos han sido los investigadores que han intentado acercarse al concepto de ciencia del mal en un intento de averiguar qué hay detrás de las conductas malvadas. La neurociencia investiga hace tiempo qué hay en el cerebro de las personas que hacen el mal y muchos psicólogos sociales han desarrollado experimentos con la misma esperanza.

Lo cierto es que parece que tengamos verdadera necesidad de saber qué esconden las personas malvadas y cuánto son de diferentes a nosotros. Como seres humanos buscamos incansablemente dónde puede estar esa diferencia.

En el fondo a todos nos gustaría que se encontrara algo que pudiera darnos una pista para poder evitar la amenaza que representan, quizás. O poder asegurar que nosotros somos diferentes. Que hay una diferencia física que nos define.

A pesar de que tenemos ya algunas pistas y hemos encontrado pequeñas diferencias a nivel estructural en el cerebro, seguimos sin tener una clave absoluta y libre de error. Y es que parece que esta cuestión no es tan sencilla como separar a los buenos de los malos. Estos seres malvados se nos están revelando más semejantes a los “seres no malvados” de lo que estaríamos dispuestos a aceptar.

Vamos a hacer un repaso a los posibles factores que influyen en que una persona se convierta o actúe de forma malvada. Son más de cuarenta años lo que llevamos de investigaciones a este respecto. Parece que hemos conseguido aislar algunos de estos factores que condenan a los individuos a ese grupo amenaza.

Hombre con el rostro oscurecido

La calidad del apego

El tipo de apego que se desarrolla durante la infancia parece ser uno de los factores que más precipita que la maldad se instaure en un individuo. Las investigaciones sobre trastornos de personalidad en adultos revelan un alto índice de abuso y negligencia emocional en la primera etapa de sus vidas.

Obviamente, este hecho por sí mismo no moldea a la persona malvada, pero sí parece ser un denominador común a una buena parte de ellas. El desarrollo de esta idea nos explica que el maltrato emocional en la infancia supone un obstáculo para desarrollar la capacidad de cuidar de otros. Este sería el nivel más leve de todos.

Aún así, este hecho no explica por sí mismo la maldad. En algunos casos de personas realmente malvadas no se encontraron sospechas de haber sufrido este maltrato. Así, seríamos demasiado reducccionistas si apuntásemos a este factor como predictor absoluto.

La biología

Algunos genetistas han encontrado que la versión del gen MAO-A puede afectar el riesgo de desarrollar un trastorno de conducta, incluso episodios reiterados de delincuencia durante el período adolescente y la edad adulta.

Este descubrimiento llevado a cabo por Avsshlom Caspi encontró además una interacción de este gen con abusos sufridos en la infancia. Es decir que, nuevamente, parece que la biología se vería condicionada por el ambiente en el que se desarrolla un ser humano.

Otro factor biológico que parece tener algo que ver con la ciencia de la maldad es el nivel de una hormona esteroide sexual prenatal: la testosterona. El nivel de esta sustancia al que está expuesto un bebé durante el tiempo de gestación en el vientre materno parece influir en el desarrollo del circuito de empatía del cerebro humano.

La ciencia del mal: el lado oscuro del ser humano

Una brillante criminóloga, Julia Shaw, ha publicado recientemente sus estudios en un libro que intenta abordar también el porqué de la maldad en el ser humano. Shaw revisa cuidadosamente los descubrimientos neurocientíficos sobre el bajo nivel de activación prefrontal ventromedial en el cerebro de las personas malvadas.

Este parece ser otro factor relacionado con lo que Shaw denomina un proceso de deshumanización y autojustificación del daño ejercido sobre terceros. Este tipo de “anomalía” en combinación con cierto grado de paranoia fomentada por una cultura ansiosa y falta de dirección, podría, todo junto, generar una persona dispuesta a hacer el mal sobre otras personas.

De la misma manera Shaw analiza lo que se conoce en psicología como “triada oscura”: la psicopatía, el narcisismo y el maquiavelismo. Y ella añade uno más a la triada. El sadismo. De hecho, esta autora hace un extraordinario análisis sobre los dos tipos de narcisismo.

Julia Shaw determina que los narcisistas vulnerables son mucho más peligrosos que los narcisistas grandiosos. Parece que los primeros tienen más propensión a la rumia enojada y la hostilidad y que en las condiciones adecuadas actuarían de forma tremendamente malvada.

Perfil de maltratador

Los monstruos no nacen monstruos

Lo cierto es que, revisando toda la literatura que hay hasta el momento, no podemos aseverar que la ciencia del mal tenga el factor clave con el que nace una persona malvada. Todo lo contrario. Parece que la maldad se desarrolla y que son factores ambientales lo que terminarían influyendo de manera definitiva.

En este sentido, los brillantes experimentos de Philip Zimbardo, Stanley Milgram y otros investigadores de la ciencia del mal ya nos pusieron en antecedentes sobre lo sencillo que podía resultar que personas buenas, de repente, actuasen de forma malvada en determinadas condiciones ambientales.

Esto querría decir que en muchos casos la distancia que separa a un acto bueno de un acto malo no es la persona que lo comete, sino las circunstancias. Esto nos obliga a un ejercicio de comprensión sobre los juicios que hagamos sobre las personas que actúan de manera malvada. No se trata de justificarlas, obviamente no. Pero parece que la ciencia del mal va a terminar resultando compleja al reconocer que sobre nuestras acciones influyen muchas variables, y no todas personales.

Así que no parece que de momento vayamos a encontrar un “trastorno de personalidad del mal”. De manera que el objetivo de crear los medios efectivos que consigan prevenir este tipo de conductas pasará por desarrollar una disposición a humanizar a las personas que actúan de una forma malvada, entendiendo el papel que juega el entorno.

 

  • Julia Shaw (2019). Evil: The science behind humanity’s dark side. Abrams Press.
  • Katherine Ramsland (2019) The Science of Evil. Psychology Today
  • Simon Baron-Cohen (2017) The Science of Evil. Huffpost
  • David M. Fergusson (2011) MAOA, abuse exposure and antisocial behaviour: 30-year longitudinal study. The British Journal of Psychiatry