La culpa depresiva y la culpa persecutoria

Edith Sánchez·
19 Noviembre, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González al
19 Noviembre, 2020
La culpa es un nudo emocional que no siempre es fácil de deshacer. Una mala estrategia para abordarla puede generar que se hagan más nudos alrededor, complicando más el proceso.

La culpa es un sentimiento complejo que se expresa de formas muy variadas. Dos de esas manifestaciones son la culpa depresiva y la culpa persecutoria, las cuales tienen sus respectivas modalidades neuróticas.

Tanto la una como la otra son formas de la culpa que implican malestar. Desde una corriente psicoanalítica, los conceptos de culpa depresiva y culpa persecutoria fueron analizados en principio por Melanie Klein, desde el punto de vista de la angustia. Y más tarde, desarrollados a fondo por el doctor León Grinberg.

Los dos autores reconocen la complejidad que puede llegar a rodear a la culpa. Se trata de un sentimiento que, con frecuencia, involucra aspectos inconscientes muy profundos; también es habitual que no se reconozca de forma consciente, sino que se manifieste a través de conductas de autocastigo o percepciones de indignidad personal.

“El crimen real no sería la causa de la culpa, más bien sería su resultado”.

-L. Grinberg-

Mujer con sentimiento de culpa por duelo

El concepto de culpa

Desde el punto de vista del psicoanálisis, la culpa se aborda como un estado afectivo y como un sentimiento. Como estado afectivo, surge cuando se lleva a cabo un acto, o se tiene una fantasía, que genera autoreproches o remordimientos a una persona. Ese sería el caso típico o clásico.

Es considerada un sentimiento cuando no hay arrepentimiento como tal, sino que la culpa se convierte en una percepción de uno mismo como un ser indigno. Esto se traduce en conductas que llevan al fracaso o al sufrimiento, una y otra vez, sin que el sujeto sea consciente de que se siente culpable.

Quien tiene sentimiento de culpa también desarrolla una necesidad de castigo, que termina concretándose en hechos que lo conducen a este. También se suele desarrollar una extrema severidad consigo mismos, lo que se manifiesta en un continuo señalamiento o reproche a todo lo que se hace, dice o piensa.

La culpa depresiva

La culpa depresiva se caracteriza por la fantasía de haberle hecho daño a un objeto amado; dicha fantasía nace del hecho de que se tienen sentimientos destructivos inconscientes hacia ese objeto. Melanie Klein señala que este tipo de culpa tiene su origen en la relación primitiva entre la madre y el hijo.

El niño pequeño ama a su madre, pero también quiere despojarla de todo lo que ella pueda darle. El conflicto puede resolverse de forma adecuada o perpetuarse en el tiempo. Si la culpa queda instalada, habrá un deseo continuo de ofrecer una reparación por ese daño imaginario que se ha llevado a cabo.

En la culpa depresiva hay miedo de perder al objeto que se ama y frente al cual también hay sentimientos destructivos. Para inhibir estos últimos, se llevan a cabo conductas más amorosas o simbólicamente más sacrificadas. Es una manera de compensar ese daño imaginario.

La culpa depresiva se hace claramente manifiesta en los procesos de duelo. La pérdida del objeto amado lleva a volverse especialmente indulgente u obsequioso con este. Es una forma de retenerlo y pedir perdón por haber tenido la fantasía, inconsciente, de haber querido que desapareciera.

Hombre sintiendo culpa por la ventana

La culpa persecutoria

La culpa persecutoria implica un proceso más complejo. En la depresiva, se temía y, hasta cierto punto, se deseaba la destrucción del objeto amado. Sin embargo, ese sentimiento puede complejizarse aún más y llevar a que ese objeto se vea como amenazante. Así pues, ya no solo existe el riesgo de perder a esa persona, sino que es posible que ese alguien persiga y ataque.

Ese objeto bueno se convierte ahora en malo y entonces los sentimientos destructivos que antes convivían con el amor, ahora toman fuerza y desplazan o inhiben los sentimientos amorosos. Como el otro se vuelve perseguidor, los sentimientos destructivos hacia él comienzan a percibirse como plenamente justificables.

Uno de los mecanismos de defensa que con más frecuencia aparecen en la culpa persecutoria es la proyección. Esta consiste en adjudicarle al otro los sentimientos destructivos que se experimentan. De este modo se cambia el “te odio” por el “me odias”. Grinberg señala que el caso extremo es una conducta descontrolada que lleva al asesinato o al suicidio, por un aumento de la destructividad.

En un niño pequeño, el amor de la madre es capaz de absorber los sentimientos destructivos y lograr que el hijo supere la culpa. Si esto no ocurre, la culpa depresiva evoluciona a culpa persecutoria y entonces se instala la semilla de un trastorno grave, como puede ser la psicosis o la perversión.

Grinberg, L. (1963). Sobre dos tipos de culpa: su relación con los aspectos normales y patológicos del duelo. Revista de psicoanálisis, 20(4), 321-332.