La enfermedad de Cupido: la mujer que cambió a los 90 años

Edith Sánchez · 14 octubre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 14 octubre, 2019
El caso de la enfermedad de Cupido describe la historia de una mujer de 90 años que pasó, casi de la noche a la mañana, de ser seria y reservada a abierta, coqueta y con un gran sentido del humor. Todo se debía a un problema neurológico, pero la situación la hacía feliz. Así, planteamos una pregunta ¿cómo es de precisa, clara y definida la línea que separa a la enfermedad de la salud?

La enfermedad de Cupido es el nombre que le dio el neurólogo Oliver Sacks a uno de los casos que atendió en consulta. Se trata de un caso clínico de carácter neurológico, que, sin embargo, tiene importantes implicaciones psicológicas y lleva a una reflexión sobre los conceptos de normalidad y anormalidad, salud y enfermedad, bienestar y malestar.

El caso de la enfermedad de Cupido está relacionado con una mujer de 90 años, llamada Natasha. Acudió a consulta por voluntad propia, después de haber tenido un gran cambio en su vida dos años antes. Sucedió que, poco después de cumplir los 88, despertó en ella un interés muy intenso por los hombres jóvenes. Señaló que se había vuelto “retozona” y calificó esa transformación como “deliciosa”.

En pocas palabras, se había vuelto muy coqueta. La motivación: hombres a los que duplicaba o triplicaba en edad. Además ese no fue el único cambio que tuvo. Hasta hacía poco, Natasha se comportaba como una mujer tímida y reservada. Con el cambio de los 88 años, también se había vuelto dicharachera y risueña. Pasaba el tiempo contando chistes y haciendo bromas.

No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.

-Gabriel García Márquez-

Mujer mayor con la enfermedad de Cupido

La enfermedad de Cupido

Natasha se veía completamente lúcida. Dejando a un lado el humor y la coquetería, no mostraba otros cambios. De hecho, ¿podía considerarse que una mujer mayor, que de pronto «se portaba como una jovencita», estaba enferma? Ella misma definía su estado como fabuloso. Así que, ¿por qué quería la consulta?

La respuesta apareció durante la entrevista con el médico. Natasha no siempre había sido una mujer reservada. Mucho tiempo atrás había trabajado en un burdel de Salomónica. Tenía 20 años entonces y su labor la había llevado a contraer la sífilis. Las chicas del burdel nombraban a ese mal como la enfermedad de Cupido.

En la época en la que Natasha había contraído la enfermedad de Cupido, los tratamientos para la sífilis eran muy precarios. Un hombre se había enamorado de ella, la había sacado del burdel y se había casado con ella. Él mismo le ayudó con el tratamiento. Todo indicaba que la infección había sido contenida, pero no erradicada. En aquellos años no se empleaba penicilina aún.

¿Una enfermedad?

La propia Natasha fue quien sospechó que los cambios en su comportamiento eran una nueva manifestación de la enfermedad de Cupido, es decir, de la sífilis. Más exactamente, de neurosífilis. El neurólogo pensó que esto podría ser cierto. Es raro que se presenten este tipo de manifestaciones 70 años después, pero no era descartable. Por eso, evaluó con detalle el caso.

Las pruebas clínicas corroboraron el autodiagnóstico que había hecho Natasha. Efectivamente, había señales de neurosífilis y esta era la responsable del cambio. Sin embargo, una vez establecido el diagnóstico, Natasha hizo un pedido inusual: no quería que la enfermedad de Cupido se agravara, pero tampoco quería deshacerse de ella.

Los cambios que había sufrido en su comportamiento y en su vida habían tenido consecuencias positivas. Se sentía renovada, vital, mejor de lo que había estado en muchos años. Por eso “curarse del todo” era para ella una opción a descartar.

De este modo, llegó a un acuerdo con el médico. Se le administraría penicilina para acabar con las bacterias que aparecían en su fluido espinal, pero no se le haría ningún tratamiento para los efectos neurológicos. Eso era exactamente lo que Natasha quería.

Penicilina

Salud y enfermedad

El caso de Natasha remitió a Oliver Sacks a otro caso de un hombre con manía, que había sido internado por esta razón. Tenía problemas para hablar, pero se comunicaba muy bien a través de dibujos. El neurólogo pintó un cuadrado y le pidió que lo replicara, pero el hombre, en cambio, pintó una caja llena de naranjas.

Días después repitió el ejercicio. Esta vez, el médico pintó una caja y el hombre partió de esa figura para hacer una cometa y un niño llevándola. Era claro que esa mente, perturbada de algún modo, también era vivaz y creativa. Sin embargo, días más tarde le administraron medicamentos para controlar su manía. Al pedirle que dibujara, apenas hizo unas cuantas líneas.

Casos como el de la enfermedad de Cupido de Natasha y el del hombre dibujante, llevan a un cuestionamiento sobre lo normal y lo anormal. Se conocen también casos de personas que, tras un ataque de epilepsia, quedan en un estado de gran equilibrio mental y emocional. ¿Qué conviene hacer en estas situaciones? Es una pregunta que no tiene una respuesta sencilla.

  • Arbiser, S. (2004). Una experiencia clínica inesperada: repensando los afectos. Revista de Psicoanálisis de Apdeba.