La huida en forma de un largo viaje

Edith Sánchez·
23 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
22 Diciembre, 2019
Todo viaje genera la ilusión de cortar con la vida habitual que llevamos. En algunas ocasiones, esto lleva a pensar que todo el malestar que nos aqueja se puede resolver haciendo un largo viaje, sin fecha de retorno. En esos casos lo que se produce es una huida, que generalmente fracasa.
 

Vivimos en un mundo complejo, en el que, lamentablemente, se ha extendido la idea de que no se debe dar cabida al malestar. A pesar de que este forma parte natural de la vida, hay ciertas corrientes que se empeñan en enfrentarse a esta realidad. Por eso, muchas personas no lo toleran y, cuando lo encuentran, huyen. A veces, la huida toma la forma de un largo viaje.

Es muy habitual escuchar que alguien está tan harto de todo, que quiere irse lejos. Hay quien convierte esta idea en realidad. Efectivamente, emprenden un viaje para dejar atrás todo lo que les origina conflicto o, mejor sería decir que emprenden la huida de su realidad, valiéndose de un viaje.

Por eso se habla de viajes de crecimiento y viajes de huida. Los primeros son aquellos que nacen de un deseo sano por ensanchar los horizontes y descubrir el mundo. Los segundos son travesías que usualmente parten de una idealización del destino y terminan con el desencanto frente al mismo y, tal vez, una gran confusión.

Viajar es un estado de mente, una forma de revisar nuestras perspectivas del mundo y de nosotros mismos, de explorar y de mirar. Pero nunca es la respuesta a todos nuestros problemas, nunca un método de eliminar ansiedades y a cierto punto esto mismo siempre será decepcionante”.

-Miranda Ward-

Mujer con una mochila en una montaña
 

Tomar distancia y viajar

Hay una diferencia sutil, pero a la vez profunda, entre tomar distancia para abordar un problema desde otra perspectiva y tomar distancia como una forma de huida. Lo complicado es que no siempre nos damos cuenta de si estamos haciendo lo uno o lo otro.

Un viaje es precisamente una de esas ocasiones que se presta o para cambiar de perspectiva o emprender la huida. De una u otra manera, todo viaje “desconecta” de la rutina habitual y de los problemas de siempre. Cuando se emprende un viaje largo, con el propósito de no regresar en el corto plazo, la desconexión es mucho más radical.

Cómo de sana o neurótica sea esa opción depende tanto de las motivaciones como de los propósitos. Si la motivación es romper con todo aquello que genera malestar, probablemente estemos hablando de un viaje de huida. Si el propósito es encontrar ese sitio en donde todo por fin va a estar en su lugar y nos espera la felicidad, es probable que estemos hablando de una huida con todas sus letras.

Viajar como huida

Un viaje de crecimiento se emprende cuando tenemos ganas de novedad, curiosidad frente al mundo y deseos de descubrir. No está asociado a los problemas que tenemos en nuestro día a día, sino con un fuerte deseo de ampliar nuestra perspectiva, aprender y vivir. Se planea y se disfruta de planearlo. No está precedido de conflictos, sino de parabienes.

Un viaje de huida, en cambio, se emprende desde el hartazgo. Desde el deseo de no saber más de lo que nos atormenta y de eliminar todo aquello que nos disgusta. No se quiere escribir una nueva página, sino borrar las anteriores.

 

Se planea de manera relativamente superflua y tiene más que ver con el impulso que con la razón. Suele estar precedido de silencios densos, gritos o portazos.

La verdadera dificultad está en que podemos huir de todo menos de nosotros mismos. Lo más común es que los problemas que deseamos dejar atrás se reproduzcan de nuevo en nuestro lugar de destino. Si bien cambia el escenario, la esencia de lo que nos ocurre sigue siendo la misma. De hecho, es muy probable que todo empeore.

Mujer reflexionando sobre el pensamiento contrafáctico

El viaje hacia dentro

Hay ocasiones en las que los seres humanos nos resistimos a explorar dentro de nosotros mismos porque no queremos renunciar a ciertas fantasías o porque tememos hurgar en heridas sobre las que hemos asumido que no cicatrizarán. No emprendemos la huida porque seamos cobardes, o porque nos falte carácter. Lo hacemos porque pensamos que es una solución eficaz, pero no lo es.

Siempre que se viaja hay novedades que cautivan porque dan en verdad la ilusión de estar protagonizando una nueva vida. Sin embargo, con el paso de los días, de las semanas y los meses, las cosas cambian. No hay ningún lugar de la tierra exento de tristezas, desilusiones, egoísmos, envidias, ira y todo aquello que, al principio, y a primera vista, no se capta.

 

Cuando la novedad termina, es probable que resurja el malestar. Quizás adopte otras formas o se manifieste de otras maneras, pero ahí estará. Entonces, tal vez pensemos que nos equivocamos de destino, que el tesoro oculto está en otro país, en otro continente. Y es posible que emprendamos un nuevo viaje de huida.

Vicente, A. F. (Ed.). (2010). Nomadismos contemporáneos: formas tecnoculturales de la globalización (Vol. 16). EDITUM.