La ilusión: motor y aliento de nuestros deseos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 18 diciembre, 2017
Laura Reguera · 18 diciembre, 2017

Todos hemos sentido ilusión por algo o alguien alguna vez en nuestra vida, ¿verdad? Tratad de recordar algún momento en el que hayáis experimentado de forma muy intensa este sentimiento. Venía ligado a otras variables mentales, ¿verdad? Entre ellas, a una muy concreta: la motivación.

Cuando algo o alguien nos ilusiona de verdad y no lo “disfrutamos”, asistimos a cómo esa ilusión se trasforma en una fuerza. Una fuente de energía de la que tiramos para conseguir alcanzar aquello que se dibuja en nuestro horizonte como un deseo con posibilidades. Es decir, en este caso la ilusión actuaría como un elemento que nos predispone para la acción, al igual que el fuego calienta todo aquello que le acercamos. Así, cabe preguntarnos, ¿qué tiene la ilusión para conseguir esto? ¡Sigue leyendo y descúbrelo!

“No rechaces tus sueños. Sin la ilusión, ¿el mundo que sería?”

-Ramón de Campoamor-

¿Qué es la ilusión?

De forma intuitiva, si pensamos en qué es la ilusión, es probable que todos en la definición incluyamos ideas positivas. De hecho, la asociamos con valores positivos. Es algo que nos ayuda a buscar el cambio y a mejorar como personas. Pero no solo eso, también nos hace crecer y que nuestra calidad de vida aumente, sin olvidar que es un potente reforzador para aquellas acciones con las que nos sentimos bien.

Es decir, nos motiva a utilizar los medios necesarios para conseguir el objeto de esa ilusión. Es una esperanza inicial, alimentada por la idea o el presentimiento de que hemos localizado algo positivo en nuestro radar. ¿Qué significa esto? Que la ilusión es lo que nos estimula, al mismo tiempo que lo hace con las acciones que llevamos a cabo para conseguirlo, así como la propia consecuencia en sí.

“El talento es necesario, pero sin ilusión no se puede llegar realmente lejos”

-Fernando Trujillo Sanz-

Diente de león

Pongamos un ejemplo. La ilusión aparece cuando vemos la oferta del trabajo que queremos, es decir, el estímulo. Pero no solo ahí, también mientras preparamos el currículum y la posterior entrevista, o dicho de otra forma, en nuestra respuesta para lograrlo. Por último, cuando somos seleccionados para ese puesto de trabajo (la consecuencia), lo normal es que esta ilusión permanezca.

En definitiva, la ilusión en parte nace de la fe, de imaginar una posibilidad al menos de conseguir aquello que queremos. Se materializa cuando empezamos a andar el camino para lograrlo y firmamos un contrato en el que nos comprometemos a no rendirnos en el primer obstáculo, sea real o imaginario, anticipado o imprevisto.

¿Cuáles son los componentes de la ilusión?

Como hemos visto, la ilusión es estímulo, respuesta y consecuencia, pero no solo eso, sino que se compone de muchos más elementos. Así, aparecen algunos relacionados con las emociones, sobre todo de carácter positivo. De esta manera, la ilusión viene ligada a la alegría y a la felicidad, pero también a las ganas de vivir.

Por otro lado, la ilusión está asociada a procesos más cognitivos, como nuestros pensamientos y creencias. Los proyectos futuros y de vida, valorar lo cotidiano y las relaciones con nuestros seres queridos, confiar en nosotros mismos, tener esperanza en lograr nuestros objetivos y ser constantes serían elementos de este grupo.

Por último, ligado a la idea de que respondemos cuando aparece la ilusión, vemos que hay elementos de acción o comportamentales. Es decir, todas aquellas conductas que llevamos a cabo cuando algo nos ilusiona y nos motiva a querer conseguir un objetivo determinado.

La ilusión y su proyección

De todo lo hablado hasta ahora se desprende una idea clave: la importancia de la ilusión como impulsora de nuestro crecimientoCuando algo nos ilusiona, somos más capaces de hacerle frente a los distintos hándicaps que se nos presentan por el camino, sin paralizarnos ni perder energía. Es decir, nos empoderamos.

Así, logramos seguir adelante a pesar de la incertidumbre de si lograremos o no nuestro objetivo. Eso sí, como con mucho más ingredientes de nuestra vida, tenemos que quedarnos nosotros con el control. Si nos marcamos unos objetivos inalcanzables, lo que conseguiremos a la larga será perder el tiempo y sentirnos peor.

“Mi mayor ilusión es seguir teniendo ilusiones”

-José Narosky-

Mujer pensando en el karma

Me explico. Si a mí me gusta la pintura, pero hasta ahora le he dedicado pocas horas y no he realizado estudios superiores al respecto, pero considero la idea de dejar mi trabajo para vivir de mis cuadros, seguramente fracase y acabe en la bancarrota. De esta manera, me sentiré mal y seguramente no intente llevar a cabo otros proyectos que me ilusionen. Esta es precisamente la otra cara de la ilusión, la desilusión, que lejos de estimular el crecimiento, nos vuelve conservadores.

Lo que no quita para que me ilusione y me motive a seguir mejorando, pero seré consciente de que “no me va la vida en ello” y no lo priorizaré sobre otras actividades más importantes que van a requerir mi tiempo… ¿Veis a dónde quiero llegar? Es importante encontrar objetivos que nos ilusionen, pero que sean alcanzables y no una fuente de continuas frustraciones, de forma que las consecuencias de intentar lograrlo sean positivas y la ilusión aumente, en vez de hacerse más pequeña.

Imágenes cortesía de Marc Olivier Jodoin, Aleksandr Ledogorov y Crak Tibbs.