La incesante manía de quejarse

Edith Sánchez · 24 junio, 2014

Que alguien pase por un dolor físico o emocional concreto y se queje de ello es completamente normal y, además, saludable. Las exclamaciones de insatisfacción, en estos casos, ayudan a liberar parte de la carga que supone la situación. Son la expresión de la aflicción por una realidad que se escapa de las manos y frente a la cual, no queda más recurso que el lamento. Sin embargo, existe la incesante manía de quejarse, la parte más negativa de todo esto.

Hay otro tipo de queja que no corresponde a esos estados excepcionales de dolor. De hecho, quejarse se convierte para algunas personas en un verdadero deporte. En mi país se dice que “chillan más que una puerta de cuero”, para significar que estas personas actúan en función de un pequeño escándalo constante.

La incesante manía de quejarse no solo afecta a las personas que se quejan, sino también a su entorno

Los orígenes de la incesante manía de quejarse

Es claro que quien se queja está insatisfecho. Lo malo es que algunos eligen la queja como respuesta universal a todos sus problemas. Emplean más tiempo y energía en lamentarse, que en buscar soluciones para eso que les causa tanta insatisfacción.

La queja puede ser parte de una estrategia inconsciente de autocomplacencia. Es un recurso que utilizan quienes tienen fuertes sentimientos de culpa, y quieren probarse a sí mismos y al mundo que culpables no son. Más bien víctimas. Construyen la imagen de alguien que sufre mucho, para que los demás pasen por alto sus errores.

Consolar

En ese sentido, la queja infinita también es un mecanismo de manipulación. Una puesta en escena del sufrimiento. Se utiliza la insatisfacción, los problemas y las dificultades en provecho propio. Quejarse les provee atención y, además, los pone a salvo (piensan quienes actúan así) del cuestionamiento de los demás.

La incesante manía de quejarse puede ser tanto un mecanismo de manipulación como una imposibilidad para hacerse responsable de las circunstancias

Este tipo de comportamientos no son tan inútiles como parece. Con mucha frecuencia logran despertar una consideración especial en los demás. A veces, porque muerden el anzuelo del que “tanto” sufre, y a veces para quitárselos de encima, les conceden una escucha atenta o alguno que otro privilegio como compensación. Lo malo es que una persona que actúa así, nunca va a poder tener una vida genuina y tampoco va a resolver lo que lo afecta de fondo.

La queja como círculo vicioso

Las quejas, de tanto repetirse, se convierten en un estilo de vida. Un pésimo estilo de vida que deja preso al quejoso. Mental y emocionalmente se autocondiciona para estar atento a todo lo malo que pueda encontrar en el camino. Es como si cerrara las compuertas a lo bueno; deja de percibirlo, no le da importancia. Lo positivo no le sirve para alimentar su posición existencial.

La insatisfacción inicial pudo haber surgido por un motivo razonable. Una pérdida, un abandono, una mala experiencia. Pero cuando se instala en el lenguaje y en la vida de una persona, poco a poco va volviéndose cada vez más trivial. Si antes se quejaba por una experiencia traumática, ahora se queja del calor, del frío, del día, de la noche, de la tele, o de una mosca que voló.

Lo más curioso es que las personas más desfavorecidas, o quienes han atravesado por experiencias bastante duras, generalmente no son los que se quejan. Esta actitud no tiene que ver con las calamidades con las que se tuvo que lidiar, sino más bien con una cierta fijación en el ego.

Hombre esperanzado

La incesante manía de quejarse termina desgastando las relaciones

Estas personas son altamente desgastantes para quienes las rodean. En principio pueden despertar cierta solidaridad, pero con el tiempo se hacen insoportables. Cuando los demás le expresen sus reparos, el quejoso estará feliz: ya tiene un nuevo motivo para lamentarse. Esa es su tragedia.

¿Te quejas en demasía? ¿Hay alguien a tu alrededor que tenga la incesante manía de quejarse?