La indefensión aprendida: un pozo profundo y sin esperanza

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 3 octubre, 2017
Alicia Garrido Martín · 3 octubre, 2017

La indefensión aprendida es uno de los estados más angustiosos en los que podemos caer. Es el perfecto caldo de cultivo para desarrollar síntomas de ansiedad y depresión. Además, es consecuencia y al mismo tiempo causa de la falta de asertividad (“¿Para qué causar un conflicto expresando nuestra opinión o nuestros gustos si no va a servir para nada?”), convirtiéndonos en cuerpos vacíos con un alma apagada para luchar.

Esta condición la podríamos resumir en un “hagas lo que hagas, estará mal”. O hagas lo que hagas, da igual, no solucionarás nada. El resultado será siempre el mismo. Y es aquí donde surge la indefensión aprendida. Indefensión que hemos aprendido como consecuencia de haber probado diferentes maneras de actuar y comprobar que estas no guardan ningún tipo de asociación con el resultado que obtenemos. Así, no solo se termina extinguiendo un conjunto de respuestas, sino que también termina desapareciendo la propia iniciativa por responder.

Quizá te hayas visto en este tipo de situación. En el trabajo, con una pareja, o en algún entorno en el que convives. En este entorno hay una persona que es la que juzga si lo que haces es correcto o no. No hay sentido común. No hay congruencia. Lo que haces, sea como sea, casi siempre estará mal y las veces que está bien no tienes ni idea de cómo o por qué está bien, de manera que no puedes repetirlo, por mucho que te esfuerces.

La indefensión aprendida hace que terminemos cediendo el control

De alguna manera, detrás de esta actitud incongruente, estamos escuchando algo así como “Yo soy el que juzgo lo que haces. Yo dictamino mis propias leyes. Ahora sí, ahora no. Porque yo lo digo así”. Las personas que causan indefensión aprendida son aquellas que, teniendo influencia sobre la persona que la causan, realizan un juicio de valor (está bien o está mal), sin explicarlo.

Mujer con una jaula

Así que… ¿qué lectura hace una persona cuando recibe todo esto? Que no vale la pena realizar un esfuerzo por un resultado que a sus ojos es prácticamente aleatorio. La sensación es la de que haga lo que haga, no puede incrementar el control sobre lo que sucede.

Esa ausencia de control sobre lo que nos acontece es angustiante y muy limitante. Ya que, aparentemente, no podemos revertirla. Por ejemplo, este es el germen de muchos maltratos emocionales. “Yo decido cómo te vas a sentir. No lo decides tú. Tú no tienes control, lo tengo yo.”

Aunque la solución sea huir, la indefensión aprendida nos lo impide

Martin Seligman ya destapó este fenómeno en los años 70. En un experimento que hoy no se podría realizar por sus implicaciones éticas (como muchos otros en la historia de la psicología), demostró que los perros, al ser sometidos a descargas con independencia de sus intentos de escapar, terminaban adoptando una actitud pasiva frente a ellas y “resignándose” a sufrirlas en silencio.

Rápidamente se vio en este fenómeno un paralelismo con las causas y la actitud de muchas de las personas que caen en el pozo de la depresión. La ansiedad, la depresión, la falta absoluta de motivación terminan por controlar la actitud y el comportamiento de la persona, hasta llevarla a la pasividad más absoluta.

Así, si aparece una oportunidad de cambiar el rumbo de la situación no la verán o pasará de ella. Su fe y su esperanza han desaparecido porque sienten que hagan lo que hagan con el timón, elijan la dirección que elijan, siguen sin avistar tierra.

Este fenómeno psicológico es muy potente ya que secuestra totalmente nuestra capacidad de acción. Secuestra nuestra creatividad para generar otras alternativas y solucionar los problemas. Nos vuelve incapaces de ver soluciones a nuestro problema. Aunque ya sean soluciones evidentes, como la de intentar escapar de un “lugar” en el que nos hacen daño.

La indefensión se apodera de nuestros pensamientos, conductas y emociones

De ahí que tantas personas se sientan incapaces de salir de una situación que les está perjudicando. Porque están totalmente condicionados por esta indefensión que han aprendido. Indefensión que se apodera de los pensamientos, conductas, emociones de aquellos que la han interiorizado.

Para romper esta espiral que cada vez es más grande y profunda en muchas ocasiones hay que acudir a la raíz de esta. No podemos quedarnos en la superficie, y limar las pequeñas consecuencias de este fenómeno. Decirle a alguien que busque alternativas, que salga de esa cárcel en la que ha entrado, que…”¿cómo no lo ves?” No ayuda. Nada de ello ayuda.

Mujer intentando salir de una jaula

Ya que la persona no quiere sentirse así. No ha buscado sentirse así. Por ello, esta persona ha de entender qué es lo que le ha llevado a pensar así, cómo ha terminado entregando el control de lo que le sucedía. El objetivo será empoderarla, devolverle el control sobre su propia vida.

Un control que perdió hace tiempo. Que donó al destino o a quien la maltrató, con sus dobles mensajes cargados de incongruencia y falta de sentido común. Pero ese control sobre su propia vida es suyo, y hemos de trabajar por devolvérselo. Entender lo que le ha pasado y aceptarlo es el primer paso de este camino. Un camino en el que uno se vuelve a apropiar de lo suyo, de lo que algún día dejó en unas manos que no eran las suyas.