La moralización, una forma de violencia

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 23 diciembre, 2018
Edith Sánchez · 23 diciembre, 2018
La moralización es una forma de violencia psicológica, en tanto pretende imponer un discurso de valores por la vía de la aprobación y reprobación. Se sustenta en la generación de sentimientos de culpa en los demás y no en la construcción de convicciones éticas.

La moralización es una forma de violencia psicológica que suele pasar desapercibida. Imponer valores o principios, cuando estos son compartidos, en muchos casos es una acción aplaudida. Así, en ocasiones, actitudes agresivas y humillantes pueden llegar a ser admiradas y defendidas.

Hay un pretexto favorito para quienes acuden a la moralización: lo hacen por el bien de todo el mundo. Quieren que los demás se ajusten a determinados valores, aunque los medios que utilicen sean reprobables. Si los destinatarios de la agresión no obedecen, a menudo son objeto de críticas, desprecios, denuncias públicas y persecuciones.

Por lo general, el ciclo de la moralización comienza con actitudes paternalistas. Personas vendiendo consejos con poca información y que nadie les está pidiendo. Evalúan al otro, como si hubiera una varita que hubiese privilegiado su juicio. Lo más desconcertante es que este tipo de actitudes son muy propias de quienes no son exactamente un modelo de comportamiento. Sin embargo, suelen ocupar un cargo o tener una posición que para ellos confirma la idea de que son mejores que los demás.

Aquel que no usa su moralidad sino como si fuera su mejor ropaje, estaría mejor desnudo”.

-Khalil Gibran-

La moralización y el sometimiento

La principal característica de la moralización es que quien la esgrime busca imponer pautas de conducta a los demás. La palabra clave en la dinámica que describimos es precisamente esa: imponer. La persona busca que su discurso axiológico, o de valores, sea adoptado por los demás, por una sencilla e incontestable razón: “ese es” el que “debe” adoptarse.

Quien esgrime este tipo de actitudes cree que es portador de una suerte de superioridad moral. Porque es padre o madre, o porque es jefe, psicólogo, sacerdote, o simplemente porque tiene más habilidad verbal que otros. A veces se piensa que ocupar esas posiciones o cargos otorga patente para influir sobre la conducta de los demás. No es así.

La moral y la ética, cuando son auténticas, deben contar con el concurso de la reflexión y de la convicción. No se adoptan por presión ni se practican por miedo o coacción. Es cierto que durante la crianza los niños necesitan de la guía de sus padres para integrarse constructivamente a la sociedad y la cultura. Sin embargo, hay una gran diferencia entre educar y moralizar. Lo primero apunta a crear conciencia; lo segundo, a controlar.

Hombre culpando a otro

La violencia asociada a la moralización

La moralización engendra en sí misma una forma de violencia psicológica. En principio, porque pretende que el otro es moralmente inferior. Ese tipo de jerarquías son del todo artificiosas. ¿Quién puede decir que realmente un ser humano es moralmente superior a otro? ¿Hay plena certeza de que el uno es más coherente éticamente que el otro? ¿Son del todo nítidas las motivaciones e intenciones que rigen sus conductas?

No son pocos los casos de líderes religiosos que tienen una doble cara. De los políticos, mejor no hablamos. Lo mismo ocurre con padres, maestros, etc. Incluso si estas figuras fueran plenamente consistentes con lo que pregonan, su primera muestra de elevación moral sería la capacidad de respetar la individualidad e integridad del otro.

Por otro lado, hay que ver que este tipo de conductas no se quedan solamente en un discurso y en una actitud proselitista. Lo habitual es que se acompañen con gestos de aprobación o reprobación. Esto ya entra en el terreno de la manipulación, la cual también agrede al otro.

Mujer preocupada por la relación entre enfermedad y culpa

Otras características

La moralización suele ir acompañada de otras conductas que hablan de control y falta de respeto. Por ejemplo, es usual que los moralizadores se sientan con derecho a interrogar o cuestionar al otro. ¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué hiciste esto o lo otro? ¿Qué me estás ocultando?, etc.

También es habitual que hablen en tono imperativo. “Haz esto”. Pretenden mandar, porque es una forma de construir y ratificar su supuesta superioridad. De igual modo, habitualmente se autoadjudican el derecho de interpretar las acciones del otro: “Lo hiciste simplemente porque era más cómodo para ti”, etc.

Lo más grave es que también ridiculizan, menosprecian e intentan reprender a quienes no piensan o no se comportan como ellos. Su objetivo es provocar sentimientos de vergüenza y culpa. No tanto porque estén preocupados genuinamente por la moral de los demás, sino porque quieren que su discurso se convierta en ley y ellos en los jueces. Sin embargo, la verdadera moral no tiene nada que ver con esto.