La preocupación patológica: ¿cómo es y cómo se trata?

9 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
La preocupación excesiva, además de una fuente inútil de sufrimiento, es la mecha que enciende la ansiedad. Debemos aprender a entrenar la calma mental para centrarnos mucho más en las soluciones dejando de anticipar fatalidades y hechos negativos.

La preocupación patológica es como una habitación que poco a poco se va quedando sin oxígeno. Es perdernos en un laberinto sin salida, es una casa sin ventanas y a su vez, caminar hacia una pendiente sin entender muy bien por qué no somos capaces de dar la vuelta. Este estado psicológico configura, como bien podemos imaginar, la base de los trastornos de ansiedad.

¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué la mente humana tiene tanta facilidad para derivar en este tipo de situaciones angustiantes? Algo que debemos entender es que la preocupación es, efectivamente, el componente cognitivo de la ansiedad. Es lo que la alimenta y lo que, a su vez, la hace tan resistente. Asimismo, tampoco debemos pasar por alto otro aspecto: las preocupaciones se alimentan de los miedos.

Tendemos a preocuparnos cuando no estamos seguros de lo que sucederá, cuando nos decimos a nosotros mismos que va a pasar algo malo o cuando, en nuestro intento por resolver un problema, dudamos de casi todo. Podríamos deducir que detrás de todo esto se halla el negativismo. Sin embargo, nos equivocaríamos; tras el negativismo se halla, en realidad, la sombra del miedo.

La preocupación, cuando esta es patológica, se transforma en angustia mental. En este escenario psicológico no crecen las ideas ni las ganas… ni aún menos la esperanza. Por tanto, debemos detectar este tipo de patrones mentales para desactivarlos. Veamos más aspectos sobre este tema.

«La catástrofe que tanto te preocupa, a menudo resulta ser menos horrible en la realidad, de lo que fue en tu imaginación».

-Wayne W. Dyer-

chica sufriendo preocupación patológica

¿Por qué nos preocupamos y qué utilidad tiene?

Por sí misma, la preocupación es un proceso psicológico normal. Su finalidad es resolver un problema, una inquietud que, por la razón que sea, nos está quitando la calma. Esa activación cognitiva, emocional y psicofisiológica nos conduce a emplear, en circunstancias normales, unas estrategias de afrontamiento determinadas para reducir la incertidumbre, los miedos y dar solución a dicho evento.

Asimismo, es interesante saber que en los últimos años ha aumentado de manera notable el interés de la ciencia por la preocupación. Hasta no hace mucho se ponía el foco de manera casi exclusiva en saber «cuánto» se preocupa el ser humano y cómo afectaba esto a nuestra ansiedad.

Ahora bien, en los últimos años, estudios, como el llevado a cabo por el doctor Mark Freeston, de la Universidad de California, Estados Unidos, intentan identificar aquellas fuentes de preocupación que lo son para casi todos.

Tus preocupaciones por dos causas muy concretas

Según el trabajo del doctor Freeston y su equipo, la mayoría de nuestras preocupaciones tendrían dos orígenes:

  • Nos preocupamos porque anticipamos un suceso negativo. Tememos, por ejemplo, decepcionar a otros, no lograr lo que esperamos, perder algo que nos es significativo o, más aún, experimentar sensación de culpa al no hacer ciertas cosas de determinada manera.
  • La segunda razón por la que nos preocupamos resulta bastante curiosa. Por término medio, llegamos a pensar que «preocuparnos mucho» por las cosas nos convierte en personas más responsables. Es como si al dedicar muchas horas a pensar en ciertas cosas nos ayudara a dar con la solución y a tener mayor sensación de control. Cuando en realidad no siempre es así, porque la preocupación excesiva lo que hace en realidad es alimentar la ansiedad.
figura que se deshace en hojas sufriendo preocupación patológica

La preocupación patológica y el ciclo de retroalimentación

La preocupación excesiva deriva en preocupación patológica. Son estados donde la mente no deja de pensar en las mismas cosas, anticipando además, resultados negativos. Se trata de un tipo de rumiación donde lejos de resolver un problema, lo magnifica, intensificando además el malestar emocional.

Por otro lado, es importante tener en cuenta un aspecto. La preocupación patológica se origina por un curioso ciclo de retroalimentación entre nuestra amígdala y la corteza prefrontal. La amígdala es esa región destinada a detectar los riesgos y a enviar un mensaje de alarma al cerebro, una señal que se traduce en un estado emocional muy concreto: en miedo y angustia. Ante este estado, nuestra corteza prefrontal se ve incapaz de pensar de manera lógica y reflexiva para dar respuestas más acertadas ante nuestras preocupaciones.

¿Qué podemos hacer entonces ante estas circunstancias?

Psicóloga con paciente

Tres claves para afrontar la preocupación patológica

Un modo de reducir la preocupación patológica y esa energía negativa que retroalimenta nuestro cerebro, es hablar. Se sabe que las estrategias verbales actúan como mecanismos catárticos para reducir la angustia. Por tanto, no dudemos por ejemplo en mantener un diálogo con alguien que sepa escuchar, comprender y ser cercano. Al hablar con otras personas, podemos detectar más rápido nuestras ideas irracionales y esos enfoques que en realidad, alimentan más el sufrimiento.

El segundo es lograr una mente en calma. En un escenario mental sosegado las emociones se equilibran, el cerebro respira, las ideas fluyen y la angustia pierde poder. Para lograr ese estado interno tan idóneo, existen estrategias tan interesantes como la relajación, salir a caminar o practicar el mindfulness.

El tercer paso es dejar de obsesionarnos en el problema y centrarnos en las soluciones. No importa cómo hemos llegado a esa situación. Más aún, lo último que debemos hacer es anticipar qué puede o qué no puede pasar. Lo esencial es definir de manera objetiva el problema y pensar en estrategias de afrontamiento.

Para concluir solo cabe destacar un aspecto: cuando nos vemos supeditados a un estado de preocupación patológica de manera persistente, es recomendable consultar con los profesionales especializados. Existen terapias altamente efectivas para generar cambios y ganar en bienestar; no lo olvidemos.

  • Freeston, M. H., Rhéaume, J., Letarte, H., Dugas, M. J., & Ladouceur, R. (1994). Why do people worry? Personality and Individual Differences17(6), 791–802. https://doi.org/10.1016/0191-8869(94)90048-5