La tristeza del amargado es la misma desdicha que siembra en los demás

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 3 marzo, 2019
La amargura no sólo nos aleja de los demás y nos convierte en personas tóxicas, sino que puede llegar incluso a cambiarnos a nosotros mismos. Por suerte, este proceso se puede llegar a revertir. No será fácil, pero sí posible.

El mundo del amargado está lleno de ventanas a través de las que ve solo injusticia, desde donde gusta asomarse para volcar su rencor, su melodía amarga y sus sentimientos pesimistas. El amargado quiere cautivos, pero también clama ayuda.La amargura suele ser en muchos casos una forma de depresión encubierta donde la persona se focaliza casi en exclusiva en el mundo exterior.

Seguro que, ahora mismo, muchos de nosotros tenemos en mente a más de una persona cercana que, por momentos, nos puede dar la sensación de tener una inclinación placentera por amargarnos la vida con sus razonamientos, consejos y comportamientos. Sin embargo, la realidad suele ser muy lejana a este supuesto placer -inferido de la frecuencia con la que lo repiten-, lo cierto es que no dejan de ser personas infelices.

La amargura y el rencor son anclas que siempre quieren cautivos, porque sus barcos quedaron varados y perdidos en una deriva donde antes hubo felicidad y ahora, solo quedan tristezas no afrontadas.

El amargado siente, por encima de todo, que ha perdido el control de su vida. Estamos ante un estado tan derrotista que la persona, tremendamente negativo. Asume el papel de víctima y se deja llevar. Es, pues, necesario saber intuir y aportar estrategias para ayudar, porque a pesar de que nos incomoden estas conductas, estamos ante alguien que necesita ser ayudado.

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El amargado y las raíces de la amargura

Nadie viene al mundo con el corazón habitado por la amargura. Aunque en ocasiones, la infancia es un escenario idóneo donde más de uno empieza ya a descubrir cómo se gesta y a qué sabe esta sensación. Una comunicación poco afectiva o una crianza sin cariño pueden abrir ya a una edad temprana la tierra, permitiendo que en el corazón arraiguen esas raíces que tendrán como fruto esas sombras que moran en el alma del amargado.

La amargura es una semilla que se siembra y que no suele germinar al instante. Su presencia, al principio, es silenciosa. Una decepción duele, pero no nos cambia, dos nos hacen pensar. Pero cuando alguien acumula demasiadas piedras en el camino y hace una atribución claramente negativa de su existencia, deja de sentir que tiene control sobre su vida. Entonces las semillas germinan… y nos enferman. 

En palabras de Watzlawick (1983) “Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende.”.

Un dato que también deberíamos tener en cuenta es el relativo a la clásica imagen del «anciano amargado». Todos hemos conocido a ese abuelo o abuela que reacciona con apatía. Aquel que anticipa cosas negativas, y que tanto rencor parece tener sobre el mundo y la propia vida. Tal y como nos explican en la revista «Health Psychology«, todo ello son, en la mayoría de los casos, indicadores de una depresión subyacente. Es importante tenerlo en cuenta.

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La amargura y el entumecimiento emocional

A menudo se describe a la amargura como el clásico comportamiento «tóxico«. Estamos acostumbrados a utilizar la etiqueta de «toxicidad» muy a la ligera, casi con la necesidad de ponernos una máscara y alejarnos rápidamente sin tener en cuenta a la persona y su realidad personal; su cárcel emocional. No es lo adecuado. No al menos en lo que se refiere a la amargura.

La persona que no está en paz consigo misma estará en guerra con todo el mundo.

Como ya hemos indicado anteriormente la persona amargada no nace, se hace con el tiempo y a raíz de diversas situaciones que no han sido gestionadas, y que en un momento dado, han superado a la propia persona. No hay que abandonarlas, no hay que dejarlas a la deriva en este entumecimiento emocional. Sabemos que una mente amargada -deprimida- no pasa de la noche a la mañana a ser una mente feliz. Pero nunca está demás conocer unos consejos básicos.

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Cómo cambiar la actitud de un amargado

Tal y como hemos señalado a lo largo del artículo, en ocasiones, la amargura es un indicador de una depresión. Por ello, es importante animar a la persona a que acuda a un profesional de la salud para que valore su estado. Es un primer paso necesario y esencial. Más tarde, podemos poner en práctica lo siguiente.

  • Haz uso de la compasión y el optimismo. Sabemos que el amargado desea atraparnos con su cinismo, con su rencor y fatalismo. Sin embargo, lejos de claudicar es preciso no variar nunca nuestra actitud siendo capaces de responder a su negatividad con optimismo.
  • No personalices sus ataques, sé paciente. Quien habla no es el corazón de la persona, es la raíz de su amargura y sus decepciones no gestionadas, sus traumas no asimilados, sus vacíos no comprendidos. Guarda la calma y responde siempre con la voz de la cercanía, de la amabilidad más serena.
  • Invita al amargado a adquirir nuevos hábitos. La amargura es pasiva, corrosiva y se alimenta de los pensamientos de la persona. Una forma de «romper» ese ciclo de negatividad es intentando que la persona cambie de costumbres. Que adopte nuevos hábitos, que transite por otros escenarios. Así pues, sin presionar, basta con sugerirles que salgan a caminar. También, a hacer deporte, que se apunten a algún curso, que conozcan a otras personas…
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Enfrentarse a uno mismo

La persona que no está en paz con su corazón, con su pasado y con sus pensamientos, estará en guerra con todos aquellos que le rodeen. Permite que hallen ese equilibrio, esa llave para sanar sus heridas y encontrar la calma a sus batallas internas. Es necesario prestarles ayuda, pero cuidando a la vez de nuestros propios límites y sin descuidar nuestra autoestima.

  • Corcóles, R., & Taboada, L. (2014). Dejar de amargarse para ImPerfectas. Grupo Planeta Spain.
  • Santandreu, R. (2018). El arte de no amargarse la vida (edición ampliada y actualizada): Las claves del cambio psicológico y la transformación personal. Grijalbo.
  • Watzlawick, P. (2013). El arte de amargarse la vida. Herder Editorial.