Las brujas de ayer y hoy

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 16 junio, 2015
Edith Sánchez · 1 noviembre, 2013

El asunto funcionaba con una sencillez pasmosa. Una persona acusaba a otra de practicar brujería si veía que algo no encajaba con el modelo de vida cristiana establecido. La señalada o el señalado (generalmente fueron mujeres) iba a una representación teatral (más que a un juicio) organizada y puesta en escena para fallar sentencia en contra de la acusada.

El tribunal inquisidor recurría a métodos o prubeas casi imposibles de superar por la acusada, como pedirle a la acusada que sacara algún objeto de un caldero con agua hirviendo. Pero ninguna podía ser ajusticiada si no confesaba su falta, así que la sometían al suplicio para “ayudarle” a revelar sus verdades. Después la quemaban en presencia y para escarmiento de todos. Llegaron a rostizarlas por detalles tan insignificantes y mundanos como tener un lunar demasiado grande, especialmente si este estaba en una nalga.

La historia detrás de la historia

No sólo se trató de una histeria colectiva impulsada por fanáticos. En realidad, la palabra “bruja” se utilizó para deshacerse de cualquiera que resultara incómodo, como hoy se despacha a muchos tachándolos de “terroristas”, “locos”, “sudacas”, o cualquier otro mote que desate la animadversión en un momento o un lugar dado.

El mecanismo funciona para proteger alguna suerte de “pureza” de la que algunos se sienten portadores. Hay un cálculo oculto: borrar al diferente. Desaparecerlo de la faz de la tierra porque representa alguna realidad a la que se odia. Y se odia porque se teme. Porque su sola presencia aparentemente pone en riesgo alguno cimiento no muy bien estructurado de nosotros mismos.

Fue célebre el caso de “Los demonios de Loudun” en Francia, en donde varias monjas ursulinas del convento de Loudun y el sacerdote Urbain Grandier fueron torturados y quemados en la hoguera después de que se les acusara de brujería. Por casualidad, ese sacerdote había sido un fuerte opositor del famoso Cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII.

Varios estudios señalan que muchas de las que llamaron “brujas” en los albores del renacimiento (justo cuando la ciencia comienza a tomar su lugar definitivo) fueron en realidad avezadas científicas y médicas. Mujeres que hacían uso de las plantas medicinales para atender enfermos, generalmente parturientas. Se afirma, no sin razón, que hubo mucho de persecución de género en el entramado de ese genocidio.

Las brujas modernas

No es que se haya detenido la cacería de brujas, sino que se volvió mucho más sofisticada. Hace presencia en la órbita política y en los corredores de la vida doméstica o laboral. Funciona siempre valiéndose de la ignorancia. Deliberadamente se difunde una información parcializada y tergiversada sobre un grupo humano o un individuo en particular. Con ello cuajan las condiciones para edificar el estigma y lo demás es historia.

Los estigmas y las cacerías de brujas operan mejor en momentos de incertidumbre o desorientación social. En otras palabras, cuando hay miedo. Darle nombre y forma al miedo reconforta a quienes perciben una atmósfera de amenaza que no termina de precisarse. Un supuesto enemigo colectivo bien diferenciado ayuda a capotear esas inquietudes. El mundo de alguna forma vuelve a ser un lugar seguro cuando podemos distinguir claramente “los buenos” de “los malos”. Es una estrategia que muchos poderosos, y no tan poderosos, conocen bien y manejan al dedillo.

Las “brujas” domésticas actúan de manera similar, pero en una esfera más privada. Actualmente suele llamarse “bruja” a la persona que se entromete en las vidas ajenas y dedica buena parte de su tiempo al chisme, al cotilleo a la maledicencia contra el prójimo. Roer el buen nombre de otro nos otorga un lugar de aparente superioridad. Y contribuye a exorcizar temores y erradicar sospechas, cuando la vida de esa otra persona, por una u otra razón, denuncia nuestras carencias y limitaciones.

A veces son modelos de revista, o presidentes, e incluso religiosos. O periodistas. No importa su vestido, o su cargo, su misión es siempre la misma: propagar el culto al diablo. Etimológicamente hablando, la palabra “diablo” proviene del griego “diabolos” que literalmente significa: “tirar mentiras” o “ser calumniador”. También se le interpreta como “el que separa”.

Las brujas modernas están en todas partes. A veces son mujeres y a veces hombres, pero, sin importar el género, siempre son intolerantes. Señalan con el dedo, juzgan sin piedad. Preparan pócimas hechas de incomprensión e injurias. De lenguas afiladas y venenosas, son seres tristes que tienen miedo de su propio desconsuelo y se apoderan de un discurso que siempre apunta al mismo blanco: denigrar de otros. Y no es una verruga en la nariz lo que las hace feas.

Foto: Andrés Nieto Porras – Vía Flickr