Mitos y verdades en las relaciones abiertas - La Mente es Maravillosa

Mitos y verdades en las relaciones abiertas

Edith Sánchez 18, Septiembre 2014 en Psicología 270 compartidos

Los irreverentes años sesenta volvieron a traer algo que parecía erradicado de la sociedad occidental: la poligamia explícita. Desde muchos frentes comenzaron a bautizarla de diferentes maneras: poliamor, pilifidelidad, amor confluyente o simplemente amor libre (¿existe el amor no libre?). Actualmente todo parece englobarse en el término “relaciones abiertas”.

Se trata de una modalidad de pareja en la que cada uno puede tener relaciones sexuales con otras personas, por fuera de la unión, con pleno consentimiento de parte de su “cónyuge”. No hay reglas fijas. Cada pareja determina cómo y hasta qué punto llegan esos acuerdos.

Este nuevo modelo de relaciones parte de la idea de que la monogamia es una forma de matrimonio antinatural, que induce a obligaciones desmesuradas para la pareja y que finalmente fracasa por su propia estrechez.

La polémica

El tema sigue siendo polémico. Muchos se preguntan si en verdad las parejas con relaciones abiertas son más felices, maduras y sólidas. Otros, indican que el objetivo de estos vínculos no es la estabilidad, la madurez o la solidez; por tanto, sobra el debate.

Quizás sería más válido preguntar si en verdad ese tipo de relaciones garantizan una mayor libertad para quienes las componen y, en consecuencia, mayor felicidad en sus vidas.

La sexualidad humana es un terreno que se ubica a medio camino entre la biología y la cultura. Así que esgrimir argumentos que acuden solamente al llamado “instinto” es plantear un sesgo muy protuberante. Igual al contrario: suponer que debe primar la costumbre, porque sí, es ignorar que hay demandas básicas en el animal humano que somos.

Se podría decir que “instintivamente” somos un animalito peligroso, que sería capaz de matar a otros simplemente para apropiarse de algún bien que ellos poseen y nosotros deseamos. “Instintivamente” podríamos sentir deseo sexual por nuestros hermanos o nuestros padres, en algún punto de la vida. Es ahí donde la cultura juega un papel para ponerle límites a esa inclinación natural que potencialmente podemos tener.

Culturalmente, y muy particularmente debido a las religiones, el sexo se convirtió en un tabú a lo largo de la historia. Controlando el deseo sexual de las sociedades, ideologías y poderes controlaron también la cosmovisión de los sometidos. Tener dominio sobre lo que ocurre bajo las sábanas de las parejas ayuda mucho al engranaje del mundo que han construido los poderosos.

¿Y entonces?

La sexóloga Ana Calle, terapeuta de pareja en España, indica que las relaciones abiertas generalmente no son una opción para los más jóvenes. Acuden a este modelo personas con algún tipo de recorrido o experiencia con varias parejas, la cual generalmente ha sido negativa.

Indica también que casi siempre son los hombres quienes proponen este tipo de vínculo. Y que en algunos casos están poniendo sobre la mesa no su deseo de libertad, sino su necesidad de sacar a flote una homosexualidad disfrazada. De ahí que necesiten que haya otros hombres involucrados con su pareja.

La relación abierta también puede estar encubriendo algún problema afectivo. ¿Es una solución cínica al eterno desencuentro que está implícito en el amor? En algunos casos lo es. La dificultad para establecer vínculos profundos de intimidad con otras personas es algo que en una relación abierta puede quedar sepultado y olvidado, contribuyendo así a eludir el conflicto interno como tal.

No hay suficientes estudios que documenten con certeza cuál es el destino de una relación abierta o que permitan compararla con los vínculos tradicionales. Lo que sí es cierto es que los modelos familiares han cambiado profundamente en las últimas décadas.

También es cierto que toda relación no depende del vínculo en sí mismo, sino de la calidad humana de quienes la componen. De sus creencias, de sus valores y sus prioridades. Por eso, las relaciones abiertas no son para todo el mundo, especialmente cuando no están basadas en el amor o en una comunicación sincera.

Alguien podría decir: ¿Si hay ese amor y esa comunicación sincera, para qué involucrar terceros? Otros responderán que nada protege a una pareja de la rutina, del deseo de experimentar, de la necesidad de sentir la emoción de lo novedoso. Entonces, nuevamente sería interpelado para preguntarle si todo eso no es más bien una expresión de cierta fútil adolescencia a la que no se quiere renunciar.

El debate continúa.

Imagen cortesía de Augusto Barbosa

Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

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