Los esquemas: la parte sumergida del iceberg

7 junio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Alicia Escaño Hidalgo
Los esquemas son la parte más sumergida del iceberg, la herida que dejaron las necesidades no resueltas. Se activan con el objetivo de concluir aquello que se quedó en el aire. ¿Cómo podemos sanarlos?

El término «esquema» se emplea en muchas áreas de estudio. En términos generales, un esquema es una estructura, un marco de referencia o un perfil. Este concepto presenta un historial especialmente abundante en la psicología, fundamentalmente en el área evolutiva.

Un esquema sería un patrón impuesto sobre la realidad o experiencia para ayudar a los individuos a explicarla, para mediar la percepción y para orientar sus respuestas.

Desde la terapia de esquemas de Young, este término florece a partir de diferentes experiencias infantiles que podríamos calificar de tóxicas. De esta forma, definió una serie de esquemas que bautizó como «esquemas precoces desadaptativos».

Tendríamos entonces un patrón o tema amplio y generalizado, constituido por recuerdos, emociones, cogniciones y sensaciones corporales. El esquema sería relativo a uno mismo y a la propia relación con el entorno. Se habría desarrollado durante la infancia o la adolescencia, perpetuándose a lo largo de la vida y además, sería disfuncional para la persona en un grado significativo.

Los esquemas precoces son, por tanto, patrones emocionales y cognitivos contraproducentes que se inician al comienzo del desarrollo y se van repitiendo una y otra vez a lo largo de nuestra vida. En este sentido, podemos visualizar al esquema con la metáfora del iceberg, de forma que este sería la parte sumergida, inconsciente, la que no se ve.

El esquema se activaría en el momento en que surge algún acontecimiento presente similar al experimentado en la infancia. Cuando se activa uno de nuestros esquemas, se experimenta, por tanto, una intensa emoción negativa, como el dolor por alguna pérdida, la vergüenza, el miedo o la ira.

Mujer con timidez

El origen del esquema

Cuando somos niños, albergamos necesidades emocionales nucleares que deben ser satisfechas. Nadie podría discutir que un niño necesita afecto, alimento o arropo. Es una necesidad de supervivencia. Las cinco necesidades nucleares que se contemplan desde la terapia de esquemas son:

  • El vínculo seguro con los demás, sobre todo con los progenitores.
  • La autonomía, competencia y sentido de identidad.
  • La libertad para expresar necesidades y emociones válidas.
  • La espontaneidad y el juego.
  • Los límites realistas y el autocontrol.

Se trataría de necesidades universales que todas las personas tenemos que satisfacer. El problema es que, en ocasiones, algunos niños no satisfacen esas necesidades nucleares. Las experiencias infantiles tóxicas constituyen el principal origen de los esquemas precoces desadaptativos.

Por lo tanto, cuando los pacientes se encuentran en dinámicas adultas que activan sus esquemas infantiles, lo que experimentan es el drama de su infancia, que además normalmente tiene que ver con alguno de los padres.

Otras influencias, como las de los amigos, la escuela, el vecindario o la misma cultura en la que se cría el niño, adquieren una importancia mayor a medida que este madura y también pueden influir en el desarrollo de esos esquemas. No obstante, estas influencias no son tan poderosas ni tan intensas como aquellas que tienen que ver con el núcleo familiar en la etapa infantil.

Los esquemas en la adultez

Como hemos comentado, los esquemas se forman en la infancia debido a necesidades no satisfechas, a carencias emocionales que se clavan como estacas y crean una herida. Esa herida no sanada sigue doliendo aunque el individuo haya madurado. Al concebirse como la parte sumergida del icerberg, se mantienen latentes, sin efectos aparentes. Pero en el momento en el que un acontecimiento nos resulta familiar, el esquema se activa y florece en todo su esplendor.

Cuando decimos que se activa el esquema, queremos decir que nuestra parte infantil se pone en marcha en aras de conseguir satisfacer esa necesidad que se quedó en el aire. El problema es que en la actualidad, y desde un plano racional, el adulto ya no necesita eso que añora.

Pero sin embargo, aquel niño está escondido de algún modo dentro de ese cuerpo maduro. Este niño oculto, esa zona sumergida, activa ciertas emociones en el adulto y le hacen revivir el pasado una y otra vez.

Chico mirando por la ventana

Por lo tanto, el objetivo es sanar al niño y romper los esquemas. El adulto tiene que darse cuenta de que esas necesidades no fueron saldadas en su día y es importante que empiece a aceptar esa realidad.

Una vez aceptado que el pasado no puede modificarse, sería convierte emprender acciones que vayan en contra de ese esquema que nos ancla en la niñez. Una de las maneras de conseguir esto es con procedimientos conductuales.

Si por ejemplo, un niño fue «abandonado» por sus padres y tuvo que criarse con alguna cuidadora, puede ser que de adulto sienta que sus parejas van a abandonarle. Esto puede provocar que no se abra a establecer relaciones de este tipo.

En este caso, un objetivo terapéutico podría ser exponernos a conocer parejas potenciales y a arriesgarnos a un nuevo «abandono». Ahora bien, este nuevo «abandono» no supondría una necesidad no satisfecha, como ocurría en la infancia, puesto que ningún adulto necesita a otro adulto para funcionar.

También es deseable que el adulto comience a proteger a ese niño que tuvo carencias. Es decir, darse amor a sí mismo, cuidarse, aceptarse y validarse. La idea es dejar de lastimar al niño interior y ayudarle a superar sus vacíos y heridas desde el plano de la adultez.

  • Young, J. (2013). Terapia de esquemas. Guía práctica. Descree de Brouwer.