Los valientes son los que mejor conocen al miedo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 24 agosto, 2017
Sergio De Dios González · 24 agosto, 2017

Estos días todavía nos estamos recuperando del golpe que España ha sufrido en una de sus ciudades más importantes, Barcelona. El pueblo -la gente que lo forma, con independencia de su ideología– ha sentido las pérdidas y las heridas como propias y las manifestaciones de repulsa y rechazo se han sucedido. Eso sí, algunas con más acierto que otras.

De entre todos los mensajes que han ganado adeptos en manifestaciones y redes sociales me ha llamado especialmente la atención uno. Poco original, muy recurrente y no por ello menos interesante. Se trata de aquel que enuncia que no tenemos miedo. Ahora, la pregunta, ¿de verdad que no, que no es una emoción que estos días se haya podido dibujar en el rostro de los habitantes o turistas de la ciudad condal?

“Hablemos del miedo, porque yo sí lo tengo y lo tiene también mi abuela cuando me dice que ni se me ocurra pisar por aquellos lares”

Sí, tengo miedo

Este lema quizás recoge de manera inocente todo lo que todavía nos queda por comprender en el campo de las emociones. La Inteligencia Emocional está de moda, puebla escaparates de librerías y títulos de artículos, pero todavía estamos muy lejos de integrarse en nuestro discurso, que al fin y al cabo no deja de ser una manifestación cotidiana de cómo pensamos y sentimos.

Hablemos del miedo, porque yo sí lo tengo y lo tiene también mi abuela cuando me dice que ni se me ocurra pisar por aquellos lares. Prudencia, precaución, miedo. Miedo a que vuelva a pasar: por lo imprevisto, por lo inevitable, por lo aleatorio, por lo rápido que llegará el olvido para quienes han visto imágenes recortadas y no han escuchado sirenas o buscado de manera desesperada una salida de aquella trampa, lugar de paseo tranquilo adornado con rosas solo unos instantes antes.

Hablemos de que no queremos reconocer el miedo por el pánico que nos da mostrarnos vulnerables: porque de pequeños nos han enseñado que mostrar vulnerabilidad es un signo de debilidad. De esta manera, nos da pánico sentir que somos vulnerables, reconocerlo para nuestro diálogo interior consciente. Así, pasamos sobre el miedo de puntillas y lo negamos tres veces siete. Porque el producto no es múltiplo de seis y por lo tanto no hay diablo que en él se precie, ¿o sí?

¿Qué ocurre cuando negamos el miedo?

Ahora bien, ¿qué consecuencias tiene negar una emoción, en este caso, el miedo? En primer lugar, que la energía de esta emoción se dispersa o deriva en otras emociones que sí reconocemos, como pueden ser la rabia o el enfado. Al incrementar la energía de las emociones de este polo, lo que ocurre es que el control que tenemos sobre ellas se vuelve mucho más débil, provocando actos de venganza sin sentido contra quienes pensamos que comparten características con los terroristas. En este caso, la característica que tiene una mayor saliencia es la religión.

¿Y qué produce culpabilizar a los seguidores de una religión entera? Pues, por ejemplo, facilita la labor de las personas que se dedican a captar adeptos para la barbarie. Es decir, la consecuencia casi inmediata es que se multiplica el número de personas dispuestas a ganar el paraíso a costa de su vida y de la de quienes les “odian”.

Por otro lado, pensemos que cuando ignoramos el miedo escondemos nuestra valentía. Una valentía que merece la recompensa, al menos, de ser reconocida por las personas que la llevan o la añaden a su emblema. El miedo nos permite reconocer el esfuerzo y el mérito de los ciudadanos que al día siguiente han salido a la calle para decirles a los terroristas que no se esconderán, también nos permiten entender a aquellos que no lo han hecho.

Reconocer el miedo también facilita el descifrado de nuestro mundo interior o explicar la sintomatología característica de la ansiedad que podemos presentar. Negándolo, sin embargo, nos perdemos esta posibilidad y además corremos el riesgo de terminar disociándolo.

El miedo que puede producir un atentado, en un principio, es muy adaptativo. Nos dice, “¡cuidado!”, algo pasa, seamos precavidos. Además, reconocer este miedo nos permite empatizar o sumarnos a las personas que también lo sienten. De otra forma, impedimos que ellas se sientan como bichos raros, como débiles, cuando la emoción es consecuente con lo que ha ocurrido… y quizás los no consecuentes sean aquellos que pretenden negar lo que sienten.

A mi abuela le digo que entiendo su miedo y que yo también lo tengo, que no se preocupe, que tendré cuidado… y ella se queda más tranquila porque sabe que mi comportamiento no será ajeno a como los dos nos sentimos. Una emoción que nos da la oportunidad a ambos de ser valientes.