Me gustan mis pausas, esas donde me limito solo a sentir

Valeria Sabater · 20 noviembre, 2017

Nuestras pausas, nuestros paréntesis de soledad, silencio y desconexión sensorial son auténticas vitaminas para nuestros corazones y cerebros. Es un modo de reiniciarnos, de tomar conciencia de otro tipo de percepciones más profundas: aquellas que surgen de nuestro interior y que nos permiten restablecer el equilibrio, la armonía mental y el bienestar con uno mismo.

Hoy reflexionaremos sobre el concepto de “pausas”. ¿Cómo las definiríamos? Si preguntásemos a una persona cualquiera probablemente nos diría aquello de que a lo largo del día hace infinitas pausas en su rutina. Las lleva a cabo cuando va en tren o autobús y aprovecha para leer, cuando sale del trabajo para comer y vuelve al cabo de media hora o una hora o cuando va al gimnasio.

“El comienzo de la sabiduría es el silencio”

-Pitágoras-

Ahora bien, ¿son estos ejemplos un reflejo auténtico de lo que debemos considerar como “pausas”? La respuesta es no. De hecho, estas situaciones podrían entrar dentro de lo que hoy se conoce como “pausas activas”, es decir, actividades donde a pesar de no estar llevando a cabo una tarea laboral, generamos una serie de movimientos y dinámicas en las que mente y cuerpo están en “activo”.

Las auténticas pausas son aquellas donde establecemos una desconexión real con nuestros entornos, con nuestras obligaciones y  más aún, con el flujo opresivo de nuestros pensamientos. Son momentos que nos auto-regalamos: en ellos no hay presiones ni ruidos ni conversaciones que mantener sin ganas, donde no hay esperas ni demandas ni tareas que cumplir, ni mundo al que complacer…

Taza de café en la ventana

Por qué nos cuesta tanto hacer pausas reales en nuestro día a día

Hemos de admitirlo, para muchos de nosotros hacer una pausa es sinónimo de no hacer nada, y no hacer nada es poco más que un sacrilegio en medio de esta sociedad donde el tiempo es “oro”, es decir “dinero”. Reducir la velocidad, parar las manecillas del tiempo y optar por dedicarnos una hora para nosotros mismos no es un propósito fácil de cumplir. Así, algo tan simple como cerrar las puertas a lo que otros esperan de nosotros, para limitarnos solo a “ser y a estar”, no es una tarea a la que estemos acostumbrados.

Nos han convencido de que las pausas son un privilegio, no un derecho. Eso es lo que alguien nos dijo alguna vez y eso es también lo que seguimos trasmitiendo a las generaciones actuales. Lo vemos a diario, cuando nuestros pequeños llegan del colegio solo tenemos que hojear sus agendas: están llenas de tareas que cumplir. No obstante, antes de eso deben ir a sus clases extraescolares, a inglés, a música, a baloncesto, a las clases de apoyo para las mates y quizá, al psicopedagogo para tratar su dislexia o su hiperactividad.

Las pausas para jugar o simplemente para no hacer nada son ya un privilegio en el mundo infantil. Acceden a ellas solo si se portan bien, si cumplen con anterioridad sus tareas. Todo ello es razonable, queda claro, porque cada uno de nosotros tenemos nuestras obligaciones; sin embargo, no es difícil ver, al llegar a la edad adulta, como nos ocurre lo siguiente: somos incapaces de disfrutar de auténticas pausas…

Hombre aburrido en el trabajo

Nos cuesta un universo entero convencernos de que sí, de que son nuestro derecho, de que poner en modo de espera al resto del mundo para reencontrarnos no es una ofensa, ni un sacrilegio, en realidad es sinónimo de salud. No obstante, gran parte de la población sigue teniendo este tipo de dificultades a la hora de llevar a cabo esas pausas:

  • Sentimiento de culpabilidad. ¿Qué va a pensar de mí esa amiga o ese familiar si le digo que no, que prefiero estar solo/a?”
  • Se prioriza el cumplir las expectativas ajenas.
  • Pensamientos distorsionados o disfuncionales: las pausas son sinónimo de no hacer nada, de ser vago…
  • Dar la propia salud por sentada. Nos decimos aquello de que todo va bien, de que no necesitamos descansar, que podemos dar más de nosotros mismos, cuando en realidad, estamos quemando todos nuestros recursos y la propia salud.

Sí, a las pausas diarias de una hora

Decía Daniel Goleman, en su libro “Focus”, que la habilidad de hacer una pausa es vital para recuperar el control de nuestra atención. Solo así dejamos de actuar por impulsos y de forma automática, como si no fuéramos dueños de nuestras propias vidas. Dar el paso, asumir esta clave de salud tiene además muchos más beneficios de los que podamos creer.

Veamos unos cuantos a continuación:

  • Nuestra corteza prefrontal lateral se activa con más intensidad. Cuando logramos dedicarnos a nosotros mismos entre media hora o una hora de relajación, esta parte de cerebro nos ayudará a ver las cosas desde una perspectiva más racional, lógica y equilibrada.
  • Es un área que además está involucrada en la modulación de respuestas emocionales, como el miedo o la ansiedad. Además, se reduce el flujo de los pensamientos automáticos para ayudarnos a estar más presentes.
  • A su vez, también lograremos potenciar otra estructura cerebral muy valiosa: la corteza prefrontal medial. Se trata de una parte del cerebro que los neurólogos definen como el “centro del yo”… Es aquí donde se procesa toda la información relativa a nuestro estado físico y emocional, a reflexionar sobre nuestras relaciones, nuestra felicidad, lo que nos gusta o nos disgusta…
cerebro con hombre frente al mar que disfruta de sus pausas

Para concluir, regalarnos pausas cada día, poner el móvil en silencio, decir a los demás que vas a dedicarte tiempo y que por un momento eliges solo ser y sentir, no hará de ti una persona menos válida o productiva. Al contrario, estarás ganando en salud, en crecimiento personal, en fortaleza emocional.

Al fin y al cabo también la vida y la naturaleza se toma sus tiempos, sus pausas, también las nubes se quedan quietas, los mares tienes sus instantes de calma y la Luna sus momentos de observación y reflexión…