Muchas veces es la duda la que lo destruye todo

Sergio De Dios González · 2 junio, 2017

Hace poco tiempo un conocido tenista cambiaba de entrenador. En el deporte los entrenadores suelen ser los primeros en caer cuando un deportista o un grupo de deportistas comienza a cosechar malos resultados. De hecho, para que esto pase no es necesario en realidad que los resultados sean malos, es suficiente con que sean peores de los esperados. Una derrota es suficiente para que aparezca la duda, porque para dudar importa más el fracaso que el éxito.

En el resto de apartados de la vida no tenemos entrenadores, pero sí determinadas variables que tendemos a revisar (recurrentes) cuando percibimos, que no quieren decir que existan, ciertos problemas. Por ejemplo, si nos sentimos débiles o cansados empezaremos analizar las horas que dormimos o la configuración de nuestra dieta. Quizás estas no sean las variables que más influyen en nuestro nivel de activación, pero en cambio sí son las más populares y sobre las que más control tenemos.

“Fluctuamos entre los más diversos pareceres; no queremos nada con entera libertad, ni de un modo absoluto, ni constantemente”
-Michel de Montaigne –

Dudamos, luego existimos

La duda ha acompañado al hombre a lo largo de toda la historia. Ha habido dudas que han marcado la historia de la filosofía, como la duda destructiva de los sofistas o la duda metódica de Descartes. Los primeros, con su duda, buscaban el talón de Aquiles de toda certeza, para afirmar, precisamente, que no existía certeza alguna.

Descartes es sin duda el filósofo de la duda o mejor dicho, el filósofo de la búsqueda de la ausencia de duda. Su racionalismo, a parte de hacer frente al empirismo, vertebró su pensamiento. En él encontró la prueba de nuestra existencia. Una prueba fuera de toda duda: que los seres humanos pensamos. Pensamos gracias a que existimos.

“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”
– René Descartes –

Sin menospreciar a la filosofía, nuestras dudas sueles ser mucho más mundanas y en muchos casos la respuesta es más acuciante. Además, no solo entrañan conceptos, sino que también entran en juego personas. Por la duda nos damos la vuelta cuando hemos salido de casa para comprobar si hemos pagado la cocina o las luces.

Pero como decimos, la duda también afecta a personas. Por ejemplo, en un crimen se duda del testimonio de todas las personas que tenía un motivo y unos medios para haberlo cometido. Así, por un lado la duda lleva a la comprobación. Una comprobación que se puede volver obsesiva e que incluso puede acabar ritualizandose. Me lavo dos o tres veces la manos por si una no es suficiente y este ritual funciona como escape, momentáneo, que produce la ansiedad que genera la duda.

Hombre entre nubes

La duda como un motor de cambio

La duda también es un motor de cambio, lo veíamos al principio con el ejemplo de los entrenadores. Parece que para los deportistas o para los equipos supone un menor gasto de recursos cambiar de entrenador que comprobar si realmente el entrenador es la parte que no funciona del engranaje. Pocos se preguntan si sus expectativas eran realistas, si ha habido mala suerte o si es otra variable relacionada con el deportista o con el grupo la que influye.

Solo cuando se ha cambiado el entrenador repetidas veces se contemplan estas opciones. Es decir, se comprueba que el primer entrenador quizás no lo hacía mal cuando después pasan otros muchos y los resultados no mejoran. Así, el proceso de duda a partir de unos malos resultados percibidos suele ser un proceso ordenado. Ordenado hasta que se vuelve anárquico e incluso desquiciante.

En este sentido la duda nos estimula, pero también puede saturarnos y deteriorar relaciones. Hace unos años abrieron una frutería en mi barrio y el matrimonio que la regentaba era muy amable. Nos llevábamos muy bien y siempre que pasaba por allí charlábamos un buen rato sobre el tiempo y otros devenires de la vida. Nada trascendental.

Un buen día desapareció una caja de manzanas de las que solía comprar. He de decir que mi gusto respecto a las manzanas es un poco sibarita y creo que solo vendían de esa clase porque yo se las demandaba. Pues bien, ellos no me contaron dicha desaparición y coincidió con que esa semana yo no les pedí manzanas.

Ellos, después de buscar por todos los sitios concluyeron que alguien se las había robado y empezaron a buscar al ladrón. Por supuesto al principio no lo hicieron de mí, pero más tarde no pudieron caer en la tentación de hacerlo y utilizaron el hecho de que esa semana no había pedido manzanas como una confirmación de su hipótesis.

Era un matrimonio bastante receloso. Para ellos, identificarme a mí como ladrón suponía tener controlado a la persona que les podría volver robar en un futuro. Su duda prefirió abrir esa hipótesis y agarrarse a ella antes que mantener la relación de cordialidad conmigo.

Mujer mirando el móvil con duda

La duda y la tolerancia a la incertidumbre

En este y otros casos la duda genera incertidumbre. Una incertidumbre que no todos los seres humanos toleramos de la misma manera. De hecho, seguro que conoces a personas que pueden llegar a sufrir mucho mientras esperan un resultado, aunque su sufrimiento no pueda cambiar dicho resultado.

Esta falta de tolerancia al incertidumbre (o esta ansiedad ante la duda) también se manifiesta ante situaciones que son ambiguas o no tienen un significado claro. A las mayoría de las personas les pasa en las primeras fases del enamoramiento. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… Gestos que parecen indicar que sí, gestos que parecen indicar que no. En medio, la duda.

En cualquier caso, como hemos visto la duda es un elemento que forma parte de nuestra vida. Forma parte de las cartas que nos dan para desplazarnos en el mundo. Después, una vez que empezamos a caminar, nosotros somos los responsables de lo que hacemos con ella, teniendo en cuenta que los malos resultados y su gestión nos pueden inundar de ansiedad o hacer que nos precipitemos en la toma de decisiones.

La duda, bien administrada, ya sea después de unos buenos o unos malos resultados, despierta la curiosidad y el descubrimiento y puede actuar de motor del cambio hacia un mundo mejor, para los demás y para nosotros.