Neurosexismo: las supuestas diferencias en el cerebro

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Paula Villasante
· 7 marzo, 2019
En contra de este neurosexismo aparece el neurofeminismo. Este se basa, lógicamente, en que las hipótesis sobre las diferencias entre los cerebros masculino y femenino se basan en resultados falsos.

En lo que se refiere a la investigación neurocientífica, durante años se ha tratado de perpetuar las diferencias en el cerebro entre hombres y mujeres. A esto se refiere el neurosexismo. A dar por hecho que, dependiendo del sexo con el que nace la persona, existen diferencias en ciertos tamaños y/o formas de ciertas partes del cerebro.

La investigación en las neurociencias se ha valido de lo que se llaman neuromitos. Estos se han utilizado en muchas ocasiones como base para afirmar las diferencias en el cerebro entre mujeres y hombres. Se trata de un hecho curioso al que ha contribuido gran parte de la comunidad neurocientífica. De hecho, han sido pocas personas, la mayoría mujeres, quienes se han atrevido a cuestionar estos mitos.

La profesora Sonia Reverter-Bañón de la Universidad Jaume I de Castellón nos explica su reflexión crítica frente al neurosexismo. 

Pensamiento crítico vs. neurosexismo

En su trabajo, Reverter-Bañón nos explica una anécdota curiosa. En 1915, un neurólogo llamado Charles Dana expresó su opinión sobre el voto femenino en el periódico New York Times. Esto es lo que el doctor dijo:

«Si las mujeres alcanzan el ideal feminista y viven como los hombres, incurrirán en el riesgo de demencia un 25 por ciento más de lo que tenemos ahora».

Pero, ¿en qué se basó para expresar esta idea? Pues, al parecer, lo hizo en que la mitad superior de la médula espinal, que controla las extremidades y la pelvis, es menor en las mujeres. Ello afecta, según el doctor, a la eficacia de las mujeres en la evaluación de iniciativas políticas o de autoridad judicial. Por eso, según este científico, la participación de las mujeres en la política sería «peligrosa para su salud«.

Estas palabras, según la profesora Reverter-Bañón, podrían ser catalogadas como «pensamiento pseudocientífico». Con esta etiqueta se refiere a aquellas creencias que, de forma prejuiciosa y acientífica, son mantenidas por parte de la misma comunidad científica.

Así, el del Dr. Dana es un ejemplo de lo que, durante años, la comunidad científica ha establecido como una especie de obviedad. Esto es, las diferencias en el sistema nervioso entre hombres y mujeres.

Cerebro con funda azul

Neuromitos y neurosexismo

Un neuromito, según lo define la OCDE (2002) en su texto sobre neuromitologías, es un malentendido. Una mala interpretación o incluso una «deformación deliberada» de los hechos científicos con un propósito determinado (3).

Por su parte, el término neurosexismo es un neologismo. Precisamente pretende ser la etiqueta que englobe todos aquellos posicionamientos y teorías que utilizan la investigación neurocientífica para reforzar ideas prefijadas sobre las diferencias inherentes entre sexos.

El término fue utilizado por primera vez por Cordelia Fine en 2008. Luego, se popularizó a raíz de su libro Delusions of Gender: How Our Minds, Society and Neurosexism Create Difference, de 2010 (1).

En contra de este neurosexismo aparece el neurofeminismo. Este se basa, lógicamente, en que las hipótesis sobre las diferencias entre los cerebros masculino y femenino se basan en resultados falsos.

Resultados además de mala calidad, malas metodologías, supuestos no probados y conclusiones prematuras. Además, se da una apreciación insuficiente de la profundad y alcance de los patrones culturales, creencias y expectativas en nuestras mentes. También la constatación de una contaminación en las neurociencias por los prejuicios que guían la investigación de este campo concreto. (1)

Así, a la hora de estudiar las diferencias sexuales en el cerebro, tienen impacto las siguientes cuestiones.

1. Confusión entre conceptos ‘sexo’ y ‘género’

Según Reverter-Bañón, se considera al género como el principal elemento de continuidad de los roles. Estos pueden ser patriarcales o no, en la educación, en la cultura y en los diferentes procesos de socialización del individuo (4).

Por lo general, entendemos que el género parte de la dualidad de los sexos. Sin embargo, cuando hacemos esta deducción, no estamos teniendo en cuenta algunos términos, como el transgénero o el intragénero. Así, una diferencia sexual biológica una construcción de género diferenciada; al menos no desde una visión crítica de las ciencias (1).

De esta manera, continúa explicando Sonia, es necesario un análisis de la investigación del sexo. Realmente, ¿Existe una base científica que dé sentido a separar los sexos (presocial) en roles diferenciados y crianzas distintas (social)?

Hombre y mujer mirándose de frente

2. Insuficiencia de evidencias y prejuicios que guían las conclusiones

Como algunos autores han indicado (5, 6) y algunos estudios con metadatos confirman (7, 8, 9), las supuestas evidencias científicas no nos llevan de forma científicamente probada a las conclusiones de que las diferencias sexuales están en el cerebro. Así, según C. Vidal (2011), hay que dejar claras tres ideas en este sentido:

  • Las diferencias en el cerebro de una pequeña muestra de participantes no son significativas estadísticamente. La evidencia ha dejado claro que cuando hay un número grande de sujetos analizados, las diferencias de género normalmente desaparecen. Esto se debe a la variabilidad interindividual del funcionamiento del cerebro.
  • Los hallazgos han sido normalmente obtenidos en un contexto artificial de laboratorio.
  • Si se trata de datos de fMRI, la visualización de estos solo provee una imagen parada del estado puntual del cerebro de un individuo. Esto no puede darnos evidencia directa sobre los factores biológicos o los procesos socioculturales que han influido ese estado.

Así, parece totalmente necesario poner al día las aportaciones científicas sobre estas supuestas diferencias en el cerebro entre hombres y mujeres. El neurosexismo es una sombra sobre la que tenemos la oportunidad de arrojar luz tanto desde el feminismo como desde una neurociencia crítica con los pensamientos que una buena parte de la sociedad ha asimilado sin cuestionarlos.

  1. Reverter Bañón, S. (2016). Reflexión crítica frente al neurosexismo.
  2. Bem, S. L. (1983). Gender schema theory and its implications for child development: Raising gender-aschematic children in a gender-schematic society. Signs: Journal of women in culture and society, 8(4), 598-616.
  3. Pallarés Domínguez, D. V. (2016). Neuroeducación en diálogo: neuromitos en el proceso de enseñanza-aprendizaje y en la educación moral.
  4. Bañón, S. R. (2010). La deriva teórica del feminismo. Daimon Revista Internacional de Filosofia, 153-162.
  5. Vidal, C. (2012). The sexed brain: Between science and ideology. Neuroethics, 5(3), 295-303.
  6. JORDAN-YOUNG, R. M. (2010), Brain Storm: The Flaws in the Science of Sex Differences. Harvard University Press.
  7. Hyde, J. S. (2005). The gender similarities hypothesis. American psychologist, 60(6), 581.
  8. Hyde, J. S. (2006). Gender similarities still rule.
  9. Hyde, J. S. (2007). New directions in the study of gender similarities and differences. Current Directions in Psychological Science, 16(5), 259-263.