El niño trofeo o los efectos del favoritismo entre hermanos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 7 enero, 2018
Valeria Sabater · 7 enero, 2018

El niño trofeo es un muñeco de porcelana sonriendo ante la cámara. Es además el favorito entre todos los hermanos y quien está obligado a ser la extensión de ese padre o esa madre que ansía que su hijo perfecto satisfaga sus necesidades emocionales, sus fantasías o deseos no cumplidos. Aunque en el seno de la familia cueste reconocerlo, el trato preferencial entre hermanos existe y deja secuelas.

En nuestra sociedad nos gusta pensar que todas las familias que tienen más de un hijo, valoran y aman a sus pequeños de forma igualitaria y sin preferencias. Sin embargo, son varios los estudios que nos demuestran que esto no es del todo así. El trato preferencial en la crianza existe, es más, casi el 70% de los padres y de las madres admitieron que en algún momento, mostraron un trato diferente sobre un hijo de sus hijos.

“El mejor regalo que pueden darnos nuestros padres es uno: creer en nosotros”.

-Jim Valvano-

Hacerlo en un momento dado, ya sea por razones de edad o por las necesidades particulares de un hijo, no es algo sancionable. Ahora bien, el problema llega cuando esa parcialidad es desmesurada y constante. De este modo, cuando los progenitores empiezan a profesar un tratamiento diferencial sobre uno de los niños ensalzándolo, moldeándolo y dirigiendo sobre él todos los sueños, elogios y atenciones, estamos ya ante ese fenómeno conocido como “el niño trofeo”.

niño serio pensando que su hermana es un niño trofeo

El niño trofeo y las familias narcisistas

El hijo favorito no siempre es el mayor ni tampoco el pequeño. Así, algo que nos dicen muchos expertos en psicología infantil y en dinámicas familiares es que las relaciones entre padres e hijos no son estables, suelen cambiar por la propia interacción, por la edad de los propios niños y por algún que otro acontecimiento.

La razón por la que se erige un niño trofeo y se gesta de pronto ese trato preferencial no siempre está clara. Los padres (o alguno de ellos) pueden verse reflejados en uno de sus hijos y no en otros. Pueden también elegir a uno de ellos por sus características físicas o por sus habilidades o, sencillamente, percibir que uno de los niños es más manejable. Sea como sea, algo que debemos tener claro es que esa situación de favoritismo tampoco es fácil para el niño trofeo.

Esa criatura entenderá desde bien temprano que para lograr la consideración positiva de su progenitor, debe reprimir sus propios deseos y necesidades para encajar en ese brillante ideal, en ese listón a veces desmesurado que han erigido sus padres. Así, es común que orienten al niño trofeo hacia una serie de objetivos: practicar un deporte, tocar un instrumento, ser modelo, etc.

niño representando a los niño trofeo

Por otro lado, algo que suele verse con especial frecuencia es que tras un niño trofeo están un padre o una madre narcisista. Son personas que hacen de esa crianza preferencial su mayor placer y su obsesión. Estos hijos son su suministro emocional cotidiano, un modo de cumplir deseos frustrados y metas no cumplidas del pasado, que el niño trofeo está obligado a lograr para ellos en el presente.

De este modo, el padre o la madre narcisista no será capaz de reconocer que ese hijo tiene sus propias necesidades, sus propias preferencias, ni aún menos que el resto de hermanos han quedado en segundo plano. Una situación compleja que sin duda ningún niño merece experimentar.

El niño trofeo y sus hermanos, pequeños descuidados por igual

Cuando un niño tiene dos años, empieza ya a tener sentido de identidad y de pertenencia. Es entonces cuando aparecen las primeras comparaciones, cuando surge el “tú tienes esto y yo no lo tengo”, “tú puedes hacer esto y yo no”… Los celos marcan ya territorios de combate entre hermanos, y la cosa se intensifica mucho más cuando notan que hay un trato preferencial por parte de los padres.

Todo ello deja huella desde una edad muy temprana. Cuando un padre elige a su niño trofeo y lo colma de privilegios emocionales y materiales, provocará que el resto de hermanos empiecen a desarrollar problemas de autoestima e inseguridad. No obstante, si son capaces por sí mismos (a medida que crezcan) de gestionar el rencor, las emociones contradictorias y la mala calidad del vínculo afectivo con los padres, el niño desprotegido podrá convertirse en un adulto seguro de sí mismo.

Ahora bien, cabe destacar una vez más que la posición del niño trofeo tampoco es fácil. Ese trato diferencial donde él es el beneficiario tiene un alto coste: la negación de su propio proyecto vital en muchos casos. Asimismo, es común que desarrolle un carácter inmaduro, una baja autoestima y escasa tolerancia a la frustración.

Hermanos jugando felices por no ser un niño trofeo

Para concluir, algo que tenemos claro es que esta situación no es fácil ni para el niño sobrevalorado ni para el niño desprotegido. Ambas situaciones son el resultado de una crianza ineficiente, inmadura y, en muchos casos, narcisista. La crianza y la educación deben ser equitativas en todos los casos, deben ser coherentes, respetuosas y atentas para evitar que ninguno de nuestros hijos se sienta desplazado o menospreciado.

Debemos recordar que nuestra identidad se construye también a partir de la consideración positiva, de esa mirada donde vernos reflejados y reforzados a través del cariño y de un afecto sin fisuras ni preferencias.