No eres una persona fácil cuando disfrutas tu sexualidad

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 5 junio, 2015
Paula Díaz · 5 junio, 2015

“Tu cuerpo es templo de la naturaleza y del espíritu divino. Consérvalo sano; respétalo; estúdialo; concédele sus derechos.” 

Henry F. Amiel

 

Seguimos viviendo el machismo y los prejuicios muy cercanos a nosotros, sin poder ver la luz de su superación. Y eso nos conduce a categorizar a las personas de nuestro alrededor sin pararnos a escucharlas y respetar sus puntos de vista. Un apartado en el que esto sucede especialmente es el de la sexualidad, especialmente la que señala a las mujeres. Y esta es mi historia con ello.

Nunca le di demasiada importancia a mi vida sexual en cuanto a las primeras veces y su importancia. Comenzó sin ninguna mala experiencia y sí con gratas sorpresas. Aprender nuevas sensaciones, descubrir todo lo que puedes compartir con otro ser humano unido a ti, y simplemente disfrutar el momento. Con relax y buena letra.

Nunca me paré a pensar mucho si era el momento adecuado o no. Quiero pensar que ahí reside la magia de mi primera vez y su positiva experiencia. Ocurrió sin más. Lo veía algo simple, pero sentía que mi alrededor no lo percibía del todo así, sino lleno de prejuicios y tabús.

Mis primeras tomas de contacto con mi sexualidad fueron libres, sin más. No me sentía “castrada” ni mucho menos. ¿Acaso el sexo, la unión entre dos personas, tenía algo negativo?

Fui creciendo y esta parcela de mi vida seguía sin tener excesiva importancia para mí. Tal vez por el hecho de no haber disfrutado aun una pareja estable. Eso me hacía disfrutarlo sin muchos quebraderos de cabeza y cargas emocionales. Me gustaba como sentía todo lo que tenía que ver con el sexo y estaba cómoda. Libre.

Comenzaron a llegar mis diferentes y auténticas parejas de forma simple y sin complicaciones. Es cierto que si me preguntas si fui cuidadosa con cada una de ellas, te contestaría afirmativamente. También es verdad que todas ellas estuvieron cargadas de amor, cariño y ningún percance añadido. Mi entorno, aquellas personas que me quieren, me miraban como una persona de carácter liberal o, mejor dicho, libertina.

Se pensaban que para mí el sexo era un acto realizado cual máquina y sin sentimientos. Me invitaban a ser un poco más responsable de mis actos mientras me cargaba de todos sus prejuicios ante las relaciones sexuales.

 

Pero, ¿Y qué pensaba yo misma?

 

Con respecto a esta etapa, te seré sincera: hice lo que mi corazón sentía. Si me sentía a gusto y libre, disfrutaba. Sin demasiados pensamientos y siempre con responsabilidad hacia mi cuerpo y mi propio yo, obviamente.

Disfrutaba el momento, mi persona y la de él. No pensaba nada más.

La vida me había hecho un regalo precioso, sentir la unión de la persona que quería estar a mi lado en ese momento y compartir el amor. Del tipo que fuese.

Un amor íntimo donde confías en el ser humano que quiere ser participe durante ese tiempo, ese instante. Me planteaba la pregunta de ¿para qué ibas a traicionar la confianza de alguien que te ha visto totalmente expuesto?,  ¿desnudo?. En seguida sentí que no todas las personas contemplan esto.

No eres una persona fácil cuando disfrutas tu sexualidad

Y después de muchos años hacia adelante, aceptándome y diferenciándome así de mí alrededor comprendí que vivir el mundo y la vida con una mentalidad abierta hacia mi sexualidad hacía que las personas me percibiesen “fácil. Mis amigos y personas de confianza compartían conmigo que el saber esto me hacía más deseable.

Disfruté de esta nueva categoría y experiencia en la que me vi envuelta sin querer, pero en poco tiempo de nuevo volví a sentirme incómoda ante los prejuicios de aquellos que no me comprendían. De aquellos que no se paraban a valorarlo con libertad y cierta empatía humana.

 

¿Cómo actuaba al respecto?

 

Por mi parte, intentaba comprender a las personas que no se atrevían decir que deseaban disfrutar de la unión sexual. Dentro de mis experiencias nunca existió la falta de respeto, situaciones extrañas, retorcidas o abusos. Jamás. Simplemente llegábamos al acuerdo de vivir el momento y la unión, el placer.

Era y soy una persona con buena educación y experiencia vital. Buena persona, con un corazón lleno de amor incondicional y con ganas de disfrutar la vida. Respetuosa y siempre humana.

¿El problema? Que todos mis “dones” se veían ocultos detrás del “parecer” alguien fácil.

Llegue a la conclusión de que la gente piensa y habla demasiado. Y lo peor, sin conocimiento o verdad. Me dejé cambiar a mí misma, harta de los comentarios y prejuicios, hasta que conocí al hombre de mi vida. Le conté y sinceré todo. Y sin ser como yo, simplemente otro ser humano, me comprendió.

Enseguida compartió conmigo que el hecho de actuar o ser así no me hacía fácil. Todo lo contrario. Percibía en mí que tenía mi vida sexual controlada y me conocía a mí misma. Sabía cuales eran mis límites, y por ello, podía saber disfrutar con libertad y equilibrio.

Entonces me di permiso a mi misma: continué disfrutando de mi sexualidad y explorando mi cuerpo con alguien que me amaba. Hice lo que mi corazón me dictaba y callé los prejuicios aprendiendo a respetarme a mí misma. Entendí que nadie tiene derecho a catalogarte o cuestionar tu persona. 

Cada uno somos responsables de “para que y de qué forma” queremos vivir. Dueños de nuestras emociones y de nuestro cuerpo. No malgastes tu tiempo bailando al son de los que solo están llenos de dudas y miedo. Son aquellos que siempre tendrán un “te lo dije…” o “tú no puedes”. ¿Cuál es el mensaje final de estas personas? Que no somos merecedores de ser nosotros mismos. Se tú.

 

“Una mujer disfruta con la certeza de acariciar un cuerpo cuyos secretos conoce y cuyas preferencias son sugeridas por el suyo propio.” 

Colette