Noche de paz, noche de amor

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 19 diciembre, 2013
Edith Sánchez · 19 diciembre, 2013

Independientemente de cuál sea tu creencia religiosa, es indudable que la Navidad es una celebración hermosa. Como lo es el “Día de Acción de Gracias” en los Estados Unidos, el “Día de los Muertos” en México o la “Fiesta de Santa Lucía” en Suecia, entre muchos otros. Se trata de celebraciones colectivas que evocan valores humanos esenciales.

La Navidad llama a la fraternidad universal. Especialmente nos invita a enfocar la atención en todas las personas que están en una condición de fragilidad, comenzando por los niños. Lo que llaman el “espíritu navideño” es un estado privilegiado para sentir como propias las necesidades y los anhelos de otros.

La familia ocupa un lugar destacado durante la Navidad. Es el tiempo en que vuelven a casa los que se fueron, vienen a la memoria aquellos que ya no están y, acaso, sentimos que en ese hogar también tienen lugar amigos cercanos o vecinos queridos.

Hay quien extiende la magia de la Navidad mucho más allá de su propio entorno. Elizabeth es una de esas mujeres a quienes eufemísticamente se les llama “habitante de la calle” o “sin domicilio fijo”. Conversando con ella me contaba conmovida su propio recuerdo de lo extraordinario que a veces brilla en Navidad.

Hace unos cinco años estaba ella durmiendo bajo un puente de la ciudad, junto con algunos de sus compañeros y uno de sus hijos. A la media noche del 24 de diciembre se detuvo un lujoso automóvil frente a ellos. Un hombre se les acercó y les pidió que le ayudaran a bajar algunas cosas que traía en su vehículo.

Todos sintieron desconfianza, pero después de comprobar que iba solo accedieron. Lo que el hombre llevaba para ellos era “una comida como para quince días”, recuerda Elizabeth. “Y juguetes. Fue el primer juguete nuevo que tuvo mi hijo en toda la vida”, agrega.

Lo que la conmueve a ella de ese recuerdo no son los obsequios. Lo que realmente le abrió los ojos a una dimensión humana que ella no conocía fue que el hombre se sentó con ellos a comer. Y uno a uno les fue preguntando por su historia.

Dice Elizabeth que el misterioso personaje los escuchó atentamente y en silencio, “mientras lloraba sin hacer ruido. Lloraba y lloraba. Pasó toda su Nochebuena llorando con nosotros”. Cuando amaneció abrazó a cada uno y se marchó. Nunca volvieron a verlo. Pero de una forma u otra, se quedó con ellos para siempre.

Hay quien ve la Navidad como una celebración triste. Evoca lo que no tuvo, una infancia desdichada o el abismo del ser querido al que ya no podrá abrazar por siempre jamás. Hay quien se duele de ese día en donde tantos tienen una familia para compartir, mientras él o ella solo cuentan con su propia soledad.

Niños que esperan el juguete que nunca llega. Otros que aguardan a ese alguien que venga a terminar con sus días de su orfandad. Enfermos que escuchan el rumor de la fiesta desde entre las luces blancas de un hospital. Presos que lloran su libertad mientras afuera todos celebran con algarabía. Ancianos que entretienen la desesperanza con uno que otro recuerdo al azar.

Con ellos, con alguno de ellos, quiero compartir mi espíritu de Navidad. ¿Y tú?

Imagen: cortesía de Lyrimac