Obsesión por el éxito, ¿epidemia del siglo XXI?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 2 enero, 2019
Vivimos en una sociedad donde la obsesión por el éxito es constante. Pero, ¿hasta qué punto esta concepción de éxito es natural o cultural?

La obsesión por el éxito se ha convertido casi en sinónimo de nuestra valía personal. No solo el éxito en sí, sino nuestra obsesión por él. Cuando alguien no tiene como objetivo ganar mucho dinero o tener un trabajo “envidiable”, suele escuchar preguntas como: “Entonces, ¿a qué aspiras?”. Es como si el éxito, traducido en dinero, tuviera que ser la columna vertebral de cualquier vida en todo momento.

¿Cuántas veces hemos sentido alguna gota de envidia al pensar que otros tenían más éxito que nosotros? ¿En cuántas ocasiones hemos comparado nuestro coche con otro de mayor gama? ¿O nuestra casa con otra más grande?

¿Por qué siempre aspiramos a más y por qué a veces mantenemos esa aspiración siendo conscientes de la cantidad de amargor que recibimos a cambio? Así, hoy nos preguntamos: ¿es inherente al ser humano querer alcanzar el máximo éxito o es un condicionamiento impuesto por la sociedad? 

La obsesión por el éxito: ¿natural o cultural?

Desde que somos pequeños nos bombardean con mensajes que hablan del plan de vida ideal. La imposición de una ideología concreta en muchas ocasiones limita nuestra visión sobre otros puntos de vista. Es decir, si nos enseñan a pensar que el éxito es tener mucho dinero, creeremos que, en última instancia, el objetivo del ser humano es acumular dinero. Si nos enseñan que el éxito es tratar bien a los demás, nuestro objetivo será intentar ser buenas personas. Así pues, la influencia social juega un gran papel en nuestras aspiraciones sociales y personales.

No existe una ley natural que afirme que el ser humano deba acumular mucho dinero ni tener una innumerable lista de propiedades. La obsesión por el éxito se trata de una imposición social y cultural. A pesar de ello, mucha gente no cae en la cuenta, ya que, por regla general, han predominado las exigencias surrealistas y desmedidas en la sociedad. Así, si desde pequeños asociamos el éxito con tener el mejor trabajo, es probable que creamos que eso sea el éxito real.

Entre todas las cualidades que desarrollan la felicidad, estoy profundamente convencido de que el amor altruista es las más eficaz”.

-Mathieu Ricard-

Niño con avión de cartón

Obsesión por el éxito y frustración

Algunas de las epidemias más extendidas del siglo XXI son la depresión y la ansiedad. La OMS (Organización Mundial de la Salud) afirmó en 2016 que más de 350 millones de personas padecían depresión. Y en 2012 aseguró que que lo más preocupante es que “en 20 años, la depresión será la enfermedad que más padecerán los seres humanos, superando el cáncer y a los trastornos cardiovasculares”.

¿Tendrá algo que ver la obsesión con el éxito? Absolutamente. La imposición de unas metas irreales nos frustra en la medida que no las conseguimos. Mucha gente afirma que su vida es un fracaso porque no tiene un buen trabajo, tiene un coche “normalito” y vive en una casa “no muy grande”. Sin embargo, no lo aprecian. Es como si lo natural fuese mirar al cielo, en vez de al horizonte o a la tierra. No obstante, con esto ya son más ricos que una inmensa mayoría de la población mundial. Poco a poco nos aproximamos a una concepción del éxito más saludable: ser felices aquí y ahora.

Apreciar lo que tenemos y estar encaminados en una dirección moralmente correcta es mucho más admirable que el deseo y el afán de acumular bienes materiales y prestigio. Es más, si nos fijamos bien en aquellos cuya obsesión por el éxito es demasiado alta, apreciaremos que son los que más sufren. Sin embargo, aquellos que se preocupan de los demás y son felices con lo que tienen, gozan de mayor felicidad. Aclarar que ser feliz con lo que se tiene no es sinónimo de conformismo, sino saber disfrutar con lo que cada uno tenemos en el momento presente.

“No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. 

-Facundo Cabral-

Mujer tumbada ene l campo disfrutando del dolce far niente

Diógenes y Alejandro Magno

Cuenta la historia que Alejandro Magno quiso tener un encuentro con Diógenes, que vivía en un tonel. De hecho, este era una de sus pocas pertenencias. Unos lo consideraban un perro y otros un sabio. Cuando Alejandro Magno se presentó ante él, le hizo conocedor de su admiración y entablaron una conversación. Alejandro se dirigió a Diógenes diciendo: Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar”.

Diógenes tenía la oportunidad de cambiar su vida de forma radical. De vivir en un palacio, de gozar de fortunas. Sin embargo, su respuesta no fue la que todos hubiéramos esperado. Diógenes le respondió: “Por supuesto. No seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Querría pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora mismo, mi más grande deseo. No tengo ninguna otra necesidad y también es cierto que solo tú puedes darme esa satisfacción”.

Se dice que Alejandro afirmó que “si no hubiera sido Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes”. Esta anécdota refleja lo cultural que pueden llegar a ser algunas necesidades. Para Diógenes el éxito era estar tranquilo y disfrutar de los rayos de sol, para Alejandro era la ambición desmedida por conquistar más y más tierras.

De la obsesión por el éxito a la compasión

Matthieu Ricard, doctor en biología molecular y monje budista, ha sido calificado como “el hombre más feliz del planeta”. Ricard asegura que la compasión, la intención de eliminar los sufrimientos de los demás y las causas de su sufrimiento, vinculados con el altruismo, el deseo de ofrecer bienestar a los demás es el único concepto unificador que nos permite encontrar nuestro camino en este laberinto de preocupaciones complejas.

Ricard, utiliza “laberinto de preocupaciones” como sinónimo del mundo en el que nos movemos -y al que de alguna manera le hemos dado forma-. Y asegura que la compasión da sentido a nuestra existencia. Por lo que en lugar de mirar solo nuestro éxito, la felicidad y gran parte del sentido de la vida pasa por cuidar los intereses de los demás.

Añade que la felicidad “no es solo una sucesión de experiencias placenteras. Es una forma de ser que proviene del cultivo de un conjunto de cualidades humanas básicas, como la compasión, la libertad interior, la paz interior, la resiliencia, etc.”.  Y también nos da la clave para desarrollar estas cualidades: “cada una de estas cualidades es una habilidad que se puede cultivar a través del entrenamiento mental y el altruismo”.

“Toda la felicidad de este mundo viene de desear la felicidad para los demás.
Todo el sufrimiento de este mundo viene de desear la propia felicidad”.

-Shantideva-