Oxitocinas: la hormona social

Alex Bayorti · 31 agosto, 2012

 

“El hombre es un ser social. Nacemos en estado más inmaduro que cualquier otro animal. Ello exige que el ser humano necesite de los demás en un modo absoluto. Necesita de los adultos, de los padres, que le ayudarán a sobrevivir y a madurar. Y hablamos no sólo de maduración psicológica, sino evidentemente de maduración física.”

Así definía de manera magistral el filósofo Aristóteles, uno de los pilares de la humanidad que la ciencia ha tardado siglos en conocer empíricamente. No obstante en la actualidad, ya se sabe que los procesos de sociabilidad están definidos desde poco después de nuestro nacimiento.

La oxitocina interviene activamente en el apego materno y se intuye –aunque los estudios al respecto aun no sean concluyentes– que el orgasmo también está íntimamente relacionado con esta hormona. Este tipo de estudios, son solo el iceberg de un largo etcétera, que tiene como colofón una evidencia en la que se afirma que esta hormona, también interviene en los procesos de socialización, así como de establecimiento de lazos sociales.

La hormona oxitocina es social y sexual

 

Denominada también “hormona del amor” u “hormona de los mimosos”, ésta es una de las más importantes en materia de desarrollos de vínculos sociales durante la infancia, según numerosos estudios realizados desde diferentes perspectivas, como el diseñado por la Universidad Complutense de Madrid, en torno a la relación que existe entre las redes sociales y el bienestar personal, el cual demuestra que ésta se libera en grandes cantidades cuando se está vinculado a un grupo de pertenencia así como a grupos de apego.

Estas redes también se extienden al impulso que sienten todos aquellos que buscan en los lazos solidarios su propia felicidad ya que, en este caso, el nivel de oxitocinas también aumenta perceptiblemente con respecto al de aquellas personas que no están vinculadas a ningún grupo.

Con todo esto se concluye parcialmente que la oxitocina es la hormona humanista por excelencia, en la que intervienen procesos más complejos de intercambio y que conforma en cierto modo el carácter social de cada ser humano.

TEA (trastorno de espectro autista): cuando no se liberan oxitocinas

 

En el reverso opuesto se encuentran todas aquellas personas que padecen de unas carencias significativas para poder concebir la vida en sociedad. Para una persona con TEA, el resto de seres humanos es ajeno a su propia persona. Por supuesto, existen numerosos grados de autismo, pudiendo encontrarse los casos más acusados con incapacidad para realizar acciones como hablar, o a otros que aparentemente no deberían tener ningún problema, en sus relaciones con el resto puesto que disponen de las habilidades básicas para el intercambio social.

El principal inconveniente aparece cuando determinados comportamientos, como la falta de contacto visual, de empatía, o de asertividad, conllevan problemas laborales; y en las relaciones sociales de estos individuos que se hallan atrapados en un universo que es muy diferente al suyo. Es entonces cuando pasan de ser “personas raras” a “personas con un trastorno de espectro autista”.

De hecho, durante años se les tuvo como personas con discapacidad intelectual y, aun hoy, continúan existiendo determinados juicios en torno a las personas con TEA. Sin embargo, la realidad es que estas personas tienen unas aptitudes y capacidades intelectuales amplias sólo que a nivel funcional, a nivel de utilidad en la sociedad, no cumplen con las expectativas y roles sociales.

A este respecto, la oxitocina como tratamiento ha sido propuesta como una de las causas estrella de este milenio, para convertirse en la responsable del desarrollo de las relaciones sociales. Así pues, según diversos estudios realizados en los 90, se saca a la luz que puede resultar un hecho determinante en el desarrollo del TEA.

Sin embargo, aun queda mucho para que se desvelen todos los secretos de uno de los trastornos más misteriosos y, en cierto modo, apasionantes dentro del mundo neurocientífico.