¿Para qué sirve el miedo?

27 Agosto, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Marcelo Ceberio
¿Quién no ha experimentado miedo a lo largo de su vida? Ahora bien, ¿cuál es su función? ¿realmente el miedo nos sirve de algo? Parece ser que sí, mucha más de lo que creemos. Te lo contamos.

El miedo o temor es una de las seis emociones básicas (alegría, tristeza, asco, ira, miedo, sorpresa) que ha descrito Charles Darwin en 1872 y que tiene una gestualidad bien diferenciada: ojos abiertos, boca temblorosa y sensación de perplejidad. Ahora bien, ¿para qué sirve el miedo?

A pesar de que todos experimentamos esta emoción a lo largo de nuestra vida, muchos de nosotros no tenemos muy claro cuál es su función -si es que existe- y qué mensaje quiere transmitirnos. Porque ¿qué sería de nosotros si no existiera el miedo? ¿es posible una vida libre esta emoción? Veámoslo.

El miedo cumple una función importante

Todas las emociones cumplen una finalidad. Por ejemplo: la ira ayuda a colocar límites, la sorpresa a reconocer y descubrir, la alegría induce a compartir, el asco a rechazar, la tristeza a reflexionar y el miedo nos ayuda a protegernos frente al peligro.

El miedo como tal puede ser definido, según el diccionario de la Real Academia Española, como una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. El vocablo deriva del latín metus, que tiene un significado similar y hay algunos términos que se asocian al vocablo, como ‘espanto, alarma, temor, recelo, aprensión, peligro, horror, pavor, terror, pánico, fobia, susto’.

Mujer con cara de miedo

Así, experimentar temor es una respuesta biológicamente heredada que posibilita desarrollar una reacción defensiva ante el peligro.

  • Es una dotación genética ─modelada por siglos de evolución─ que nos permite ─por medio de respuestas rápidas y automáticas─ protegernos de situaciones amenazantes y potenciales peligros, o sea que permite nuestra supervivencia.
  • Es una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro (real o imaginario), que se manifiesta en todos los animales frente a una situación de amenaza.

El miedo posibilita estructurar un esquema adaptativo y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa que surgió para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, el miedo es una emoción normal y beneficiosa para la supervivencia no solamente de un individuo sino de la especie.

Puede considerarse un miedo como normal cuando su intensidad está en correspondencia con la dimensión de la amenaza. Es decir, que el objeto generador de miedo posee características que podrían atentar a la vida de la persona.

La relación entre el cerebro y el miedo

La máxima expresión del miedo es el terror, pero en el territorio de los miedos patológicos, en general, la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro que puede generar el objeto, como en el caso de las fobias a animales en las que las personas sienten pánico ante la presencia de un pájaro, una araña o un perro, por ejemplo. Además, el miedo está relacionado con la ansiedad.

Por otro lado, el miedo es una sensación subjetiva que nos lleva a desarrollar determinadas conductas y una respuesta fisiológica compleja. Por ejemplo, durante las situaciones de emergencia que amenazan la vida, se activa una reacción de alarma que parece estar programada en todos los animales, incluidos los seres humanos. La misma se llama respuesta de lucha o huida.

El circuito se inicia en la percepción de un estímulo a través los sentidos, supongamos oído o vista, pasa al tálamo que es una estación retransmisora y se produce una evaluación cognitiva en la que se identifica si el estímulo conlleva riesgo o no.

Si es peligroso, se activa la amígdala ─la alarma cerebral─ y el eje hipotalámico hipofisiario que estimula la glándula suprarrenal provocando una importante descarga de adrenalina de cara a situaciones límites, cuyo objetivo es movilizar al individuo para tener una reacción en la que pueda superar la situación.

El miedo alerta a varios sistemas

El miedo activa el sistema cardiovascular, por lo que los vasos sanguíneos se constriñen. Esto, a su vez, aumenta la presión arterial y disminuye el flujo de sangre hacia las extremidades. El exceso de sangre se redirige a los músculos del esqueleto, en los que permanece disponible para los órganos vitales que tal vez se necesiten durante una emergencia.

Con frecuencia, las personas palidecen como resultado de un flujo sanguíneo menor en la piel. Se produce estremecimiento y piloerección, reacciones que conservan el calor cuando los vasos sanguíneos están constreñidos. Estas reacciones de defensa pueden producir también los períodos de calor y frío que, a menudo, se experimentan durante el temor extremo. Además, la respiración se acelera y, por lo general, se hace más profunda, a fin de proporcionar el oxígeno necesario para que circule la sangre con rapidez.

El aumento de la presión sanguínea lleva oxígeno al cerebro lo que estimula los procesos cognoscitivos y las funciones sensoriales que permiten estar más alerta y ser capaces de pensar de forma más rápida durante las emergencias.

  • Por su parte, el hígado libera mayor cantidad de glucosa al torrente sanguíneo, dando energía a diversos músculos y órganos fundamentales, como el cerebro.
  • Las pupilas se dilatan, posiblemente para permitir una mejor visión de la situación.
  • El oído se agudiza para la detección del peligro y se suspende la actividad digestiva, lo que da por resultado un flujo menor de saliva.
  • A corto plazo, la evacuación de materiales de desecho y la eliminación de los procesos digestivos preparan más aún el organismo para una acción y una actividad concentradas, por lo que con frecuencia se produce la presión de orinar y defecar e incluso de vomitar.
Mujer corriendo con miedo

La lucha, la huida o la paralización

La acción de huida o lucha es importante, ya que hace miles de años –cuando las personas vivían en circunstancias de sumo primitivismo– era más probable que quienes reaccionaran fuertemente sobrevivieran a los peligros que aquellos que tenían respuestas débiles.

El hombre ─en su tarea de cazador en pos de traer alimentación a su clan─ estaba permanentemente amenazado por los animales, cuestión que ejercitó la amígdala cerebral de manera cotidiana.

Huir es una forma de eludir el peligro, aunque enfrentarlo forma parte de la defensa hacia el riesgo, pero la antesala de ambas reacciones es la paralización. Paralizarnos implica todo el proceso cognitivo y neurofisiológico que describimos, es el momento de la preparación para tomar una estrategia de acción.

El silencio paralizante, como conducta previa a la acción, hace que agudicemos nuestra visual y audición. Son esos momentos en los que se sienten los propios latidos cardíacos que se aceleran, la respiración se agudiza y los músculos se tensan, hay movida intestinal, congelación de movimientos, focalización de la atención, fantasías catastróficas, temblores y sudoración.

Si una de las funciones del temor es motivar la acción inmediata y decisiva, como huir o enfrentar, a su vez, la expresión facial provocada por el miedo permite comunicar a las demás personas que hay una amenaza inminente, lo que aumenta las probabilidades de supervivencia de otras personas del entorno.

Por lo tanto, no es necesario negar el miedo, puesto que es una emoción valiosa y, como tal, imprescindible para la supervivencia; tanto que es la que nos ha posibilitado desde los primeros homínidos hasta nosotros ─los Homo sapiens sapiens─ adaptarnos a la vida, defendernos de los riesgos y ayudarnos en situaciones límites a sobrevivir.