Pena de muerte: el infinito poder del perdón

07 Marzo, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera
Esta película retrata a dos personajes atormentados por la mochila que arrastran, por los recuerdos de una vida pretérita. Hablamos de todo un clásico: Pena de muerte
 

Pena de muerte nos cuenta la historia de un joven condenado a muerte, Matthew Poncelet (Seann Penn). Su delito es haber asesinado brutalmente junto a otra persona a una pareja de enamorados, además de violar previamente a la chica. Mathew solicita que la monja Helen Prejean le ayude y le acompañe hasta el final de sus días, sin saber muy bien qué quiere o necesita de ella.

Las películas con un argumento tan fuerte y controvertido como Pena de muerte tienen ingredientes que aportarnos para diferentes etapas de la vida. Dependiendo de la época en la que te encuentres, puedes pensar como una villana o como una víctima. Poder hacer esta revisión se debe a la honestidad de las películas, en el top de las cualidades artísticas y filosóficas que una cinta requiere para ser un clásico.

En buena medida, eso se debe a la maestría de su director Tim Robbins para no posicionarse moralmente por los hechos que se narran, pero sí por el tema legal que transciende.

Las críticas de Tim Robbins al gobierno de los EE.UU. y al sistema de justicia no solo se refieren a la pena de muerte, sino también a esta sociedad capitalista donde prevalece la corrupción, donde se puede comprar todo, incluso la justicia.

Hombre en prisión en la película Pena de muerte
 

Pena de muerte: dos personas con problemas de moral

Seann Penn y Susan Sarandon están a un nivel interpretativo tan creíble que conviene no perder detalle. Existe una total sutileza en reflejar la complejidad de una relación entre una monja atormentada por sus propios demonios y un asesino que ha cometido el crimen más atroz.

Son dos personas con una moral antagónica, pero existente. Sus hechos se diferencian en que unos causan dolor y otros amor. Aun así, logramos empatizar con ambos personajes. En el caso de Matheww a través de una ternura inesperada hacia su madre y hermanos.

En el caso de la hermana Helen, por su capacidad de llevar el bien libre de todo prejuicio y con un sentido escrupuloso de la realidad. Se plasma la diferencia de ambientes sociales y familiares en los que ambos han sido educados y tratados. A él solo le ha quedado ira. A ella, gratitud.

Pena de muerte: la hermana Helen y sus recuerdos

Se podría decir que el papel de Susan Sarandon en esta película era un regalo para su carrera. La monja Helen Prejean ejerce como consejera espiritual de Matthew, un asesino que pasa sus últimos días en prisión antes de ser ejecutado.

La hermana Helen vive para servir, para ser útil de verdad en barrios en conflicto. Ella misma entiende la violencia. Recuerda atormentada recuerdos de la niñez, cuando otros niños y ella apalearon a un animal hasta su muerte.

Pasan los años y Helen no puede superar el hecho que ha marcado su conciencia. Toda la empatía que utiliza para los demás no existe para que ella lidie con su paz interior. Quizás sin saberlo, este hecho traumático para ella fue la que la transformó completamente y determinó su carácter. Su capacidad para otorgar un perdón sincero, pero no a cualquier precio.

 

Pena de muerte: la compasión y el perdón pasa por nuestra asumir responsabilidad

Cuando la sociedad exige la piel de alguien que se considera un monstruo desprovisto de humanidad, ella misma se hunde inmediatamente en la facilidad de la barbarie.

Es más simple practicar una inyección letal en lugar de armarse de inteligencia para comprender qué empuja al hombre a ceder ante su parte más oscura, entregándose a ella de esa forma antinatural. Fuera ya de todo instinto casi animal. De una forma planeada y llena de odio.

Saber cómo proceden las personas que cometen crímenes no es querer justificarlos. Asomarnos a nuestra parte oscura es descubrir lo que podemos llegar a hacer bajo ciertas circunstancias. O lo que otros con nuestro mismo cerebro son capaces de llegar a hacer.

Tim Robbins ignora todo cinismo. Prefiere filmar esta historia con una objetividad desarmadora que da voz tanto a la persona condenada como a las personas cercanas a las víctimas. En lugar de enfatizar el odio que conduce a la violencia, el cineasta destaca la posibilidad de que el hombre se arrepienta, perdone y sea perdonado.

Eso sí, mostrándonos la crudeza de lo sucedido, poniéndonos al límite, imaginando el indescriptible dolor de las familias. Ahí es cuando entendemos el respeto absoluto por ellas en toda la película. Se les da en todo momento su lugar. Están en nuestro pensamiento al igual que las víctimas. Sin embargo, en la pantalla, ya hay otra historia presente que entender.

 

El perdón y su poder infinito

Toda la fuerza del personaje encarnado por Susan Sarandon se debe a la empatía por el desgarrador dolor de las familias y por el deseo de ayudar a que los últimos días del condenado a muerte sean de reflexión y calma. «Pena de muerte» por tanto no deshereda de razón a nadie; denuncia, pero no juzga.

Con independencia de las predisposiciones políticas e ideológicas de todos sobre el tema, la película es más relevante que nunca. Gracias a la delicadeza de la mirada de Robbins, surge un trabajo fuerte, humano y universal.

La película no excusa el acto de Matthew Poncelet, no lo justifica por su dolor. Al cumplir con el cuidado y el amor encarnados en la persona de la hermana Helen, Matthew comprendió que sus actos tenían consecuencias.

Si no puede evitar la venganza de todo un Estado, puede aliviar su conciencia, ayudar a dejar su disfraz como «víctima» de la sociedad. Una percepción que odia por su comparativa con la historia de los judíos o negros.

Es un personaje con un comportamiento ruin hasta el final. Que reconoce finalmente muchos sus errores y paga como pocos por haberlos cometido. Nos da la sensación de que ese arrepentimiento vale mucho más para todas las víctimas que cien inyecciones letales.

Hombre triste y mujer consolándolo
 

Más allá del odio…

Tim Robbins trasciende aquí lo que podría haber sido una súplica contra la pena de muerte. En lugar de poner odio en la encrucijada de su tema, el cineasta prefirió darle un lugar de primer nivel al amor, encarnado por el personaje de la hermana Helen Prejean.

A riesgo de ser rechazada por todos y en nombre de un Dios a quien intenta restaurar su capacidad inherente de amar y perdonar al prójimo.

La película opera una obra de humanización en el mismo lugar donde se cree que se pierde para siempre. Lo que le interesa a Robbins, como la hermana Helen, son los pasos que conducen al perdón, la aceptación de lo inaceptable, el largo camino que lleva al hombre a tomar conciencia del alcance de sus acciones.

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