Pensaba que era diferente, una historia de desamor

Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Francisco Javier Molas López
28 febrero, 2019
Una historia de desamor lleva consigo alegrías, desengaños, sufrimiento y desencanto. Sin embargo, las expectativas juegan un papel importante, ¿hasta qué punto nos dejamos condicionar por ellas?

El día que la conocí algo me llamó la atención. Quizá fue su forma de pensar o de cuestionarse todos aquellos interrogantes relativos a la existencia humana. Su inquietud sobre nuestro paso entre la vida y la muerte le llevaba a plantearse hipótesis de lo más interesantes. Aquello me capturó de forma inmediata y alargaba nuestras conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Lo que desconocía era que se trataba del principio de una historia de desamor.

Las puertas de la ilusión y el entusiasmo se abrieron de par en par y dejaron paso a la pasión, la compenetración y la búsqueda de un sentido a todo aquello que nos rodeaba. Desde mi mente comenzaron a brotar diferentes ideas y expectativas sobre ella.

Nuestro interés común nos llevaba a pasar una gran parte del día hablando y compartiendo conocimientos. Un nuevo velero estaba surcando los mares en busca de nuevas tierras. ¿Encontraríamos un tesoro perdido? Quizás a raíz de una historia de desamor se encuentren tesoros insospechados…

Pareja hablando mientras toman café

No es oro todo lo que reluce

A pesar de tener inquietudes parecidas a nivel existencial, poco a poco, fuimos teniendo pequeños desacuerdos. Ambos, desde nuestra experiencia, actuábamos como creíamos correcto. Sin embargo, en lugar de acercar posturas, nos alejábamos cada vez más.

Ella comenzó a distanciarse de mí. Y donde antes existían razones para hablar, ahora había excusas para no hacerlo. Me sumí en un estado de desilusión y tristeza que, lentamente, fue alejándome de una pasión que prometía ser explosiva.

«Me enamoró con cada palabra, me destruyó con cada acción». 

-Frida Kahlo-

Su interés sobre los objetivos de la existencia humana parecían haberse difuminado en pro del trabajo, en favor de típicos comportamientos sociales alejados de cualquier tipo de inquietud intelectual. Transitaba lugares demasiado comunes para mí…

Como escribió Jack Kerouac en su obra En el Camino: «la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni hablar de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!».

Recordé que en uno de mis libros de psicología, el catedrático Alberto Acosta, de la Universidad de Granada, afirmaba que «cuando el amor es correspondido, suele mejorarse la autoconfianza y se reafirma la valía personal. Pero, si no lo es, la autoestima se puede resentir y el abatimiento nos puede embargar».

Durante varios días me sentí identificado con esta explicación, sentí que la confianza que me transmitía mejoraba mi autoconcepto. Sin embargo, comprendí que caer en ello era un error. Dejar que nuestra autoestima dependa de la valoración de alguien ajeno, nos coloca en una posición de debilidad.

Una historia de desamor: nuestras expectativas

Pretender que nos amen como queremos es un acto egocéntrico y egoísta. Inconscientemente, en muchas ocasiones, exigimos a la otra persona que nos trate como nos gustaría. La amamos por quien creemos que es y no por quien es realmente.

Nuestras expectativas comienzan a tejer sus redes. Cada vez nos formamos ideas más perfectas sobre esa persona. Sin embargo, cierto día, de forma lenta, pero sin pausa, comenzamos a observar que nuestro imaginario no se corresponde con la realidad.

En ese momento, caemos en la cuenta de que nos hemos dejado llevar por una imagen creada por nuestras ganas de encontrar un amor perfecto. En lugar de aceptar al otro tal cual es y quererlo y amarlo con sus virtudes y defectos, hemos creado un molde sólido sobre su forma de ser.

Un día, ese molde comienza a resquebrajarse y observamos que el oro no era más que yeso dorado. Cuando la historia de desamor comienza a fraguarse, la bajada es lenta pero dolorosa. Se trata, más bien, de un alejamiento emocional de alguien que creíamos compatible con nosotros. Y quizá lo era, pero nuestras expectativas desmesuradas nos han pasado una mala jugada.

«Madurar es aprender a querer lo bonito, extrañar en silencio, recordar sin rencores y olvidar despacito».

-Frida Kahlo-

Hombre con manos en la cabeza pensando en su historia de desamor

A pesar de ello, en muchas ocasiones, no cejamos en nuestro empeño de reavivar las llamas de la pasión. Soplamos las ascuas de aquello que fue con la esperanza de que alguna llama cobre fuerza y mantenga con vida una relación llena de pasión.

Una vez más, nos encontramos con pensamientos diferentes a los nuestros. Nos percatamos de que ya no se trata de no aceptar al otro, sino que en ciertos aspectos fundamentales somos como imanes de polos opuestos.

¿Qué nos está pasando?

¿Nos empeñamos en mantener algo que realmente tiene poco futuro? Aferrarse a una expectativa irreal, nos puede llevar por senderos un tanto tumultuosos.

Desde la psicología budista, se defiende nuestro excesivo aferramiento a las expectativas que nos formamos sobre la otra persona. Realmente no nos enamoramos inicialmente de ella, sino de nuestros pensamientos sobre ella.

Así, cuando su comportamiento no se corresponde con lo que esperábamos, sufrimos y la culpamos de nuestra infelicidad. De este modo, no es complicado comprender por qué una historia de desamor puede suceder con cierta facilidad.

Sin embargo, los responsables de las expectativas somos nosotros. Abrir la mente y aceptar al otro tal cual es, intentar formarnos las menos expectativas posibles, nos ayudará a vivir una realidad cambiante.

Por último, es importante mencionar que esta aceptación de la realidad no garantiza que la relación sea exitosa; pero, al menos, no nos obstinaremos en una idea creada por nosotros mismos, sino que seremos capaces de ver la realidad tal cual es, sin velos conceptuales ni prejuicios.