El recuerdo de aquellas llamadas a través de un teléfono fijo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 14 mayo, 2017
Cristina Roda Rivera · 14 mayo, 2017

La comunicación ha cambiado, pero no la necesidad de expresar nuestros sentimientos. Hoy se materializan en (emot)iconos de tristeza, sorpresa o risa, pero no contienen el timbre y la sintonía de los que queremos. Ahora están automatizados y son fáciles de procesar, dejan ligeros nuestros mensajes pero apresan nuestras dudas.

Me recuerdo con ese teléfono fijo en la mano, cableado y conectado a la pared, de tono beige y con grandes teclas. Intentando mantener la puerta entreabierta, solo el espacio suficiente como para que pasara el cable sin quedar aplastado, e intentando que las conversaciones fluyeran en la privacidad que toda intimidad requiere.

Se nos paraba el corazón cuando alguien parecía haber cogido el teléfono de otra habitación. ¿Nos habrán escuchado? ¿Se habrá dado cuenta mi padre de que hablábamos de la fiesta de ayer? ¿Habrán descubierto que no fuimos a casa de nuestra mejor amiga a dormir? Cuántas dudas maravillosas en ese pequeño encuentro de voces ilusionadas, temerosas, apresuradas y atropelladas entre susurros y gritos ahogados.

Conversaciones de teléfono guardadas en nuestra memoria

En esa charla colgábamos antes de la hora el teléfono y volvíamos a llamar para que no hubiera sustos con la factura. Había ganas de aventuras, risas y silencios que decían todo. Un cierto misterio que no siempre se hacía explícito con palabras. El eslabón perfecto y perdido entre una conversación cara a cara y con emoticonos.

Teléfono fijo antiguo

En esas conversaciones eternas con mis amigas se guardaron secretos, sustos y planes emocionantes. El sonido de la llamada hacía que saltaras de la cama porque solo querías saber qué paso finalmente la noche anterior, si te retiraste antes de que ocurriera algo interesante.

Echo de menos esas conversaciones, porque las voces y sus tonos siempre perduran en mi memoria sabiendo que ya no existen ni volverán. ¿Dónde habrán ido a parar todas esas palabras? ¿Por qué no logro recordar todas las horas y horas de esas conversaciones eternas?

La magia de la voz que la prisa nos ha arrebatado

Es un hecho que la tecnología ha cambiado nuestras vidas. Ha traído consigo unas ventajas enormes, su uso ha aligerado operaciones bancarias y ha logrado ubicarnos en un sitio al caminar sin necesidad de cargar un con un mapa débil a los caprichos del viento. Sin embargo, a veces descubríamos sitios al perdernos, escondidos a los que de otra forma no habríamos llegado

Quizás tardaban más en llevarnos a nuestro destino, pero no secuestraban nuestros sentidos. Eran auténticos ejercicios de orientación, desafíos a las actualizaciones urbanísticas que nos desesperaban y recompensaban casi por partes iguales.

“Y a falta de palabras, me mordí la voz”

-Carlos Ruiz Zafón-

También es cierto que la tecnología nos ha dado la posibilidad de acortar la distancia con quienes están lejos. Programas, como skype, han hecho cuajar relaciones a distancia y aminorar las lágrimas de los que emigran, además de poder ver el rostro de los que añoramos. Un mundo global, necesita de una tecnología que lo permita.

Mujer haciendo videollamada

La añoranza de imprevisto

El teléfono de nuestro comedor sonaba estando preparadas/os para ello o no. Las llamadas saltaban a su antojo y hablábamos horas, aunque la conversación comenzara sin muchas ganas. Ahora se conecta todo y a mí sigue gustándome que me sorprendan. Estar en casa y que suene el fijo como anuncio de un conversador inesperado: escuchar su voz, su tono y su respiración.

“La voz de la gente no cambia nunca, como tampoco la expresión de su mirada. En medio del derrumbamiento físico generalizado en que se resume la vejez, la voz y la mirada aportan el testimonio dolorosamente irrecusable de la persistencia del carácter, las aspiraciones, los deseos, de todo lo que constituye una personalidad humana”

-Michel Houellebecq-

La transición de ese teléfono fijo con grandes botones a la mensajería instantánea fue demasiado corta con las llamadas de móvil. Llamadas perdidas que requerían respuestas, palabras, oídos y voces. Intuir, por la forma de hablar, lo que necesita el que está al otro lado, sin que sea necesario un dibujo que lo escenifique.

Ahora hasta nos sentimos extraños cuando suena el teléfono y nos llaman. Ha sido un salto temporal demasiado trepidante y escurridizo y a veces eso se nota en nuestra forma de vivir, de amar y de añorar.

Tu voz alberga los suspiros de la memoria, el anhelo de un despertar mejor y el ansia de la comunicación presente que acompaña a la vida. No la pongas entre paréntesis ni intentes modularla, permite que sean otros elementos de tu voz los que alcancen allí donde las palabras no llegan. Que sea tímida, triste, ansiosa o alegre, pero haz que se escuche (¿por qué no?) en llamadas inesperadas.