¿Por qué el lobo de Caperucita no es malo?

20 junio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Rafael Guerrero
Solemos etiquetar a los niños como buenos o malos según sus comportamientos. La cuestión es que los actos no representan por completo a una persona. El ejemplo del lobo del cuento de Caperucita nos ayuda a comprenderlo.

La sociedad nos atrapa con su ritmo vertiginoso y esto nos impide parar a reflexionar sobre lo que hacemos y decimos a nuestros hijos. ¿Cuántas veces habremos dicho o escuchado la siguiente frase u otra similar? «Pedrito, eres muy malo, no se pega a tu hermana». ¿Te suena? A mí me resulta muy familiar. La he escuchado infinidad de veces y, en alguna ocasión, la he pronunciado yo. ¿Qué estamos haciendo?

Parece que la conducta de Pedrito no ha sido nada afortunada, pero de ahí a decirle que él es malo hay una gran diferencia. Una de los aspectos que más relevante me parece para tomar conciencia de esto es diferenciar entre el acto en sí, la conducta del niño, y por otro lado, el niño en sí. Debemos diferenciar entre acto y persona y tener mucho cuidado con las etiquetas. 

Padre enfadada con su hijo

El peligro de las etiquetas

Estoy seguro de que si el padre de Pedrito le dice eso a su hijo es porque lo que ha hecho es reprobable y su conducta no es adecuada. Ahora bien, lo desadaptativo o lo incorrecto es la conducta en sí, no Pedrito. Si constantemente confundimos las conductas y acciones de nuestros hijos con ellos, muy probablemente estemos minando, poco a poco y sin darnos cuenta, su autoestima. No es lo mismo decir “eres muy despistado” (variable de personalidad) que decir “te has despistado” (conducta).

Por todo ello, siempre me ha llamado poderosamente la atención que los niños y las niñas dijeran que el lobo de Caperucita era malo. Le atribuimos esa característica de personalidad (“es malo”) porque se quería comer a Caperucita.

La conclusión es bien sencilla: si se la quiere comer es porque es malo. Solo los malos hacen ese tipo de cosas. Y claro, de tantas veces que han leído cuentos de lobos (Caperucita roja, Los tres cerditos, Los siete cabritillos, Pedro y el lobo, etc) y nosotros nos hemos encargado de decirles que son malos porque quieren hacer daño a los protagonistas, se han quedado con la etiqueta de malos. Y la realidad no es esa.

Claro que el lobo no es malo. El lobo quiere comerse a Caperucita porque tiene hambre, no porque sea malo. Si les damos a nuestros hijos esta explicación, podrán tener unas expectativas más realistas, sanas y positivas. ¡Pobres lobos, la mala prensa que tienen! Por lo tanto cambiemos las atribuciones que hacemos.

El arte de describir conductas

Luis Cencillo, filósofo y psicólogo, solía utilizar un concepto que a mí me resulta muy práctico: resemantización. La resemantización consiste en cambiar una atribución por otra más adaptativa. Por ejemplo, en vez de decir que este niño es muy raro y huidizo, resemantizar esto (re-etiquetar) como tímido.

¡Qué difícil es quitar una etiqueta una vez puesta! ¿Verdad? Muy difícil. Como bien dice el psicólogo valenciano Alberto Soler, las etiquetas son muy fáciles de poner, pero luego cuesta mucho quitarlas. Para ello, Soler utiliza el símil de las etiquetas de los botes de conservas. Una vez que hemos etiquetado a un niño (nervioso, malo, listo, colaborador, inquieto, etc), después costará mucho retirarla a pesar de que la evidencia no vaya a su favor. Por este motivo, ten mucho cuidado con las etiquetas que pones.

El ser humano tiende a comportarse de acuerdo a las etiquetas o juicios que emitimos. Generalmente asumimos las etiquetas. Decía Henry Ford “tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”.

Madre hablando con su hijo

Una historia clásica que suelo utilizar para explicar las consecuencias de asumir una etiqueta o un rol es el paseo de Galton. Francis Galton era primo de Charles Darwin. Una mañana decidió entrar en un parque pensando que era la peor persona del mundo. En ningún momento habló con nadie, solo pensaba para sí mismo que era un ser despreciable. ¿Qué observó el propio Galton en las personas con las que se cruzaba en este paseo? La mayoría de gente con la que se encontraba tendía a alejarse de él y mirarle con cara de miedo. Sorprendente, ¿verdad? Este es el poder de las etiquetas.  

Volviendo a la explicación que daba sobre por qué el lobo no es malo, también estoy convencido de que no existen niños malos. A pesar de esto, es frecuente escuchar “Fulanito es muy malo”. Siempre, ante un mal comportamiento, hay motivo que debe ser escuchado y atendido.

No digo que haya que justificar la conducta (ni mucho menos), pero sí comprender por qué el niño se está comportando habitualmente de determinada manera. Por eso, lo mejor que podemos hacer con nuestros hijos y alumnos es describir conductas en vez de calificarles.

Pensemos en las explicaciones y etiquetas que les damos a nuestros hijos y en las consecuencias de las mismas. Tu visión de las cosas puede hacer que su visión sea más flexible, sana y adaptativa.