¿Por qué hacemos daño a las personas que amamos?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 13 septiembre, 2018
Eva Maria Rodríguez · 6 diciembre, 2013

A veces hacemos daño a quien apreciamos, a pesar de que el cerebro humano está programado para empatizar con las personas queridas. Investigadores de la Universidad de Virginia han demostrado que ante una situación de peligro, nuestra mente no distingue entre su propia seguridad y la de las personas que le importan.

La capacidad de las personas para ponerse en el lugar de otro depende de si la persona es un extraño o alguien conocido. Según los investigadores, el cerebro humano separa a la gente conocida de los demás, de modo que la gente del entorno social se entrelaza con el sentido de uno mismo a un nivel neurológico.

En este sentido, Jame Coan, profesor de la Universidad de Virginia, afirma que “con la familiaridad, otras personas se convierten en parte de nosotros mismos”. Los seres humanos han evolucionado para tener una identidad propia en la que los seres queridos forman parte del propio entramado neural. Por eso necesitamos tener amigos y aliados.

La respuesta a una amenaza

Mente humana

Los investigadores encontraron que las regiones del cerebro responsables de la respuesta a la amenaza entran en actividad cuando un amigo corre peligro de forma básicamente idéntica a la actividad que se muestra cuando la amenaza es propia. Sin embargo, cuando la amenaza se refiere a un extraño estas áreas del cerebro apenas muestran actividad.

Según Coan, el hallazgo demuestra la gran capacidad que tiene el cerebro para integrar a los demás, de tal modo que las personas cercanas se convierten en una parte de uno mismo. Esto provoca que realmente una persona se sienta bajo amenaza cuando un amigo o una persona amada está en peligro.

En palabras del propio Coan, “si un amigo está en peligro, se hace lo mismo que si nosotros mismos estuviéramos bajo amenaza. Podemos entender el dolor o la dificultad que pueden estar pasando del mismo modo que podemos entender nuestro propio dolor.”

¿Por qué entonces hacemos daño a los que amamos?

Teniendo en cuenta lo anterior resulta inevitable hacer las siguientes pregunta: ¿Por qué, entonces, algunas veces hacemos daño a las personas que queremos? ¿Por qué se producen arrebatos de ira? ¿Qué ocurre cuando una persona se comporta de manera cruel con otra?

Estas actitudes, que suelen ser cortas y ocurren de forma episódica, muestran la parte más vulnerable de las personas. Son una respuesta para separar al otro del propio entramado neural, una respuesta natural de autoprotección.

Una solución para romper este patrón de comportamiento es reforzar el amor propio y reconocer que las conductas negativas hacia las personas queridas cuando las consideramos odiosas son una manifestación del odio uno siente hacia sí mismo.

Estos patrones de comportamiento se aprenden muy a menudo en el seno familiar y se transmiten generación tras generación.

Este estudio ofrece interesantes pistas para poder romper el ciclo. Si una persona intenta no defenderse de sí mismo será posible mantener a los otros formando parte del propio entramado neurológico, lo que fortalecerá el sentido de ser digno de amor entre ambos. De este modo, todos se sentirán más seguros.

Chico rodeado de mariposas

Necesitamos a los otros más que a ninguna otra cosa

Uno de los aspectos más interesantes de este estudio es que refleja que el hecho de no ser empático con los seres queridos refleja la falta de amor propio. Comprender que ese odio hacia uno mismo es neurobiológico y que por eso hacemos daño a los seres queridos debe servir para darse cuenta y no continuar con ese ciclo de ira hacia el otro.

Así es posible entender que la reacción instintiva ante la amenaza es para contraatacar en defensa propia, lo cual desvirtúa el círculo vicioso de la ira y la desconfianza. Si uno se odia a sí mismo, tiene sentido que su respuesta empática hacia los que quiere falle. Por eso es tan importante construir el amor propio y la autoestima.