¿Por qué nos gusta sufrir?

Quizás has entrado en este artículo negando la mayor. Si a mí no me gusta sufrir... Sin embargo, puede que cuando termines de leerlo, descubras lo contrario.
¿Por qué nos gusta sufrir?
Sergio De Dios González

Escrito y verificado por el psicólogo Sergio De Dios González el 02 julio, 2021.

Última actualización: 02 julio, 2021

Si hacemos una encuesta rápida a pie de calle y le preguntamos a las personas que pasan si quieren sufrir, podemos anticipar que nos encontraremos con una abrumadora colección de respuestas negativas. Sin embargo, si algo sabemos hoy es que no siempre nos mueven las motivaciones que pensamos. Así, ¿por qué nos gusta sufrir?

La semántica muchas veces es muy reveladora en este sentido. Por ejemplo, pensemos en el concepto de amor. ¿Cuántas veces nos hemos referido a él como locura? ¿Qué pensamos de la persona que empieza una relación después de terminar otra? Así, asociamos al sufrimiento, por canales paradójicos, con el acto de querer, e incluso lo podemos emplear para utilizar o valorar o cuantificar la calidad de este sentimiento.

Sucede un hecho curioso y es que muchas personas llegan a consulta diciendo que se sienten mal porque no se sienten mal. Porque tienen la sensación de que han rehecho muy rápido sus vidas después de perder, por ejemplo, a un ser querido. En sus esquemas aparece con nitidez la imagen de la persona que se deshace en lágrimas después de haber perdido aquello que tanto querían.

¿Nos gusta sufrir?

Pareja joven de enamorados

En inglés, enamorarse va con el verbo fall, cuya traducción más común es ‘caer’. De hecho, puede que nos sea fácil comparar el acto de enamorarnos con una sensación parecida a la que podemos sentir cuando nos dejamos caer por un tobogán muy alto o nos tiramos en paracaídas. Es la respuesta emocional a una suerte de entrega a la voluntad del azar.

De manera especial, en la juventud solemos manejar un concepto de amor muy separado de otras palabras como estabilidad, rutina o voluntad; mucho más cercano a otros, como espontaneidad, locura, entrega o ceguera. Según Iñaki Piñuel, autor del libro Las 5 trampas del amor, el deseo humano se refuerza si encuentra oposición o dificultad y se debilita tras su satisfacción.

De hecho, no son pocas las personas que se cuestionan la existencia del amor cuando llevan semanas sin sentir esa sensación de mariposas en el estómago. Echan de menos la dinámica de subir muy alto y de bajar muy bajo; de reír a carcajadas y de que la cara se llene de lágrimas. Queremos sufrir, en este sentido, porque deseamos lo que para nosotros significa.

Esta es una de las muchas razones por la que algunas personas no quieren dejar esa relación tóxica que tanto dolor les causa. Ellas mismas confiesan que las mantienen en “un sin vivir”, pero al mismo tiempo encuentran en ellas emociones muy intensas (señal de que están muy vivas).

El sufrimiento como reforzador secundario

Pero, bueno, si nos queremos poner sentimentales, podemos volver la cabeza hacia el trabajo. ¿Cuál es el mensaje de la meritocracia imperante? Esfuérzate y… conseguirás lo que quieras. Es la vela del sueño norteamericano, buena parte del aquello que nos devuelve la ilusión de control sobre el mundo que nos rodea. Si la cantidad de esfuerzo que invertimos en un objetivo no está asociada con el resultado, ¿qué nos queda? ¿Por qué levantarnos por la mañana? ¿Con qué información contar para anticiparnos a lo que sucederá?

Muchos trabajadores sienten que, si no tienen la percepción de haberse esforzado mucho, no merecen una mejora salarial, un reconocimiento público o la mejora de otras condiciones laborales. Es ese pensamiento el que no le permite disfrutar de su nueva posición, celebrar el mérito; los regalos no se celebran -si acaso se disfrutan-, porque solo merece una fiesta aquello que nos ha hecho sufrir.

De esta manera, llegamos al sufrimiento como reforzador. Un peaje que algunas personas no temen pagar porque a cambio reciben elementos de los que disfrutan, como puede ser el cariño o el cuidado de otros. Se niegan a quitarse la camiseta que las identifica como víctimas porque es esta la que hace que los demás estén pendientes de sus necesidades hasta un grado del que verdaderamente disfrutan. Así, temen que, si dejan de sufrir, terminen también estas atenciones.

Por otro lado, si dejan de sufrir, tendrían que enfrentarse a una disonancia aunque las atenciones siguieran. Entonces tendrían que preguntarse si están actuando de manera egoísta, si son egoístas. Un adjetivo que nadie quiere para su autoconcepto. Además, la cardióloga Georgia Sarquella Brugada afirma que “el límite entre el placer y el dolor no está muy claro y el terror genera adrenalina, endorfinas, epinefrina y dopamina, no tanto por los sustos, sino por el estado de suspense, ese estar en vilo sin saber qué sucederá”. Esta es otra razón por la que nos gusta sufrir.

Otro beneficio secundario del sufrimiento es la sensación de ser útil a los demás. En este caso el sufrimiento constituye la prueba de que le estamos entregando un recurso de valor a los demás, siendo capaces de ser útiles para ellos, y en última instancia merecedores de consideración.

Nos gusta sufrir haciendo deporte

Mujer subiendo una rampa

Además, muchas personas buscan el sufrimiento haciendo deporte -y su consecuente liberación hormonal-. Buscan ese punto en el que el cuerpo empieza a sufrir, ya sea por estar corriendo muy rápido o por subir una rampa con mucha pendiente. Son miles los ciclistas aficionados que a lo largo del año suben los puertos más duros y exigentes de las principales vueltas. Buscan a la naturaleza, al paisaje, pero también al placer que supone enfrentarse cara a cara con sus propias limitaciones, en un sitio en el que no pasa nada por no lograrlo, como si puede suceder en otros entornos, como el laboral.

Al poner nuestro cuerpo al límite, este reacciona liberando endorfinas para protegernos frente al dolor. Seguro que todos hemos escuchado aquello de “lo que me cuesta ir al gimnasio, pero lo bien que me siento cuando vuelvo“. Claro, porque en ese momento estamos paladeando a nivel mental una concentración alta de endorfinas en el espacio intersináptico.

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